Hartwig Weber
Punto de encuentro: Plaza Bolívar
Pepe llega en bote a la selva, con cincuenta niños recogidos en las calles de Bogotá. Antes de eso: la finca perdida, la ciudad, el basurero, la cárcel. La novela de Hartwig Weber sobre dos niños de la calle, completa y en español.
Contenido
- El salvavidas
- La marca de fuego
- Caimanes y otros animales
- La despedida
- Polvo y lágrimas
- El espíritu de la cabeza
- El nacimiento
- Marihuana
- La leche de la Madre de Dios
- La ciudad, un milagro
- Robados
- Construido sobre barro
- Los tierreros
- La conspiración
- La toma de tierras
- La defensa
- La construcción
- Celador
- El Divino Niño
- Una vida de mierda
- Carlitos
- El atraco de Pepe
- Cristo Salvador
- Un trabajo para toda la vida
- Mandados peligrosos
- En la trampa
- El interrogatorio
- La Modelo
- Juana la del basurero
- La banda «La Soledad»
- Nacido muerto en la calle
- La ciudad de los niños de la calle
- Epílogo
El salvavidas
Es un milagro, se dijo Pepe, que todavía esté vivo. Los rápidos habrían podido arrastrarlo al fondo, los cocodrilos y las pirañas despedazarlo. Había tenido suerte. Con cuidado aspiró el aire. Cuando estiraba el cuerpo tropezaba con otros cuerpos, con piernas, brazos y pies de muchachos y muchachas que, apretujados, llenaban la plataforma del remolque. Los que iban en el borde dejaban colgar las piernas desnudas. El calor caía del cielo con fuerza. A pesar del poco viento de la marcha, el pelo y las camisas se pegaban a la piel.
No solo tuve suerte, pensó Pepe, encima salvé a Pacho. La lancha en la que habían pasado dos días y una noche había chocado contra un tronco enorme que venía a la deriva bajo la superficie del agua. Al pequeño Pacho, que estaba sentado en la borda para sacar agua y refrescarse la cara, la fuerza del golpe lo lanzó por fuera. Cayó al agua de un chapuzón, los otros, dentro de la lancha, salieron volando unos sobre otros.
—¡Pacho! ¡No sabe nadar!
Sin dudarlo, Pepe se había tirado detrás de él. Cuando alcanzó a agarrar aquel bulto que se sacudía, los ojos de Pacho estaban abiertos de puro pánico. Pepe lo cogió del pelo, la mano de Pacho se aferró a la camisa de Pepe. Manotazos furiosos en el agua, gritos.
Brazos incontables pescaron hacia ellos, los arrastraron por encima de la borda; quedaron tendidos en el fondo, sin fuerzas, jadeando, escupiendo agua.
Desde entonces a Pepe le parecía que los otros lo miraban con un asomo de admiración. Juana le había apartado el pelo de la cara. Eso le hizo bien. La lancha había virado y retomado su rumbo.
La noche había caído de golpe. Del negro de la maleza, que colgaba pesada sobre las orillas, llegaban de vez en cuando, además del alboroto de siempre de los micos y del chillido de los loros, los gritos de animales desconocidos. Cincuenta muchachos y muchachas en una lancha, recogidos en las calles de Bogotá. Iban acurrucados unos contra otros. Así solo lograban dormirse por ratos cortos. Cuando despertaban sobresaltados de sus sueños apurados y febriles, se quedaban mirando una oscuridad impenetrable. El aire se fue enfriando. Una franja delgada de luz anunció la mañana que subía, después un resplandor rosado se tendió sobre el cielo y el sol disparó sus primeros rayos.
Hacia el mediodía del día siguiente, el que manejaba la lancha puso rumbo a un barranco bajo, una mancha de color café claro en el verde eterno de la orilla. Cuando se acercaron, unas cuantas figuras se pararon de un salto. Señas con la mano, gritos.
Los estaban esperando. Una manada de muchachos. Habían bajado al río con el tractor y el remolque. El griterío subía de tono. Unas manos se estiraron hacia ellos. Sacaron la lancha a tierra. Los primeros pasos torpes dolieron. Entonces se tiraron al agua, resoplaron, se salpicaron. Risas de alivio. Al final, de bienvenida, hubo una manzana para cada uno. Masticaban despacio mientras se apretujaban en el remolque.
Pepe encogió los hombros, agotado por la noche y por los largos días de viaje penoso. Al ruido del motor pesado se le mezclaba el chirrido agudo de los grillos. ¡Y ese calor! Nadie decía una palabra. En su tensión estaban todos de acuerdo. Sus miradas recorrían el horizonte. Ante ellos se abría una llanura ancha. En franjas anchas, la tierra estaba arada a la derecha y a la izquierda del camino. Había árboles de media altura sembrados en hileras: veían los frutos pequeños y verdes que apenas empezaban a formarse. En la tierra encostrada se marcaban las huellas del riego artificial.
La punta de la lengua de Pepe pasó por su labio de arriba: sudor salado. Allá adelante, en algún punto del horizonte, iba a aparecer su destino —¿cuándo, por fin?—, el mundo nuevo de los niños de la calle, su patria futura. Pepe cerró los ojos.
¿Qué habría sido de mí si no me hubiera encontrado con el padre?, pensó para sus adentros. Frente a él veía las calles de la ciudad; ahora estaban a mil kilómetros de ella. Veía sus edificios altos, sus almacenes. Qué pobre sonaba el ruido del motor de un tractor comparado con el bramido de los carros en la ciudad. Creía oír el estruendo del tráfico. En el recuerdo, el chirrido y el resoplido de los buses anaranjados de la capital le parecían las fanfarrias de una pieza musical grandiosa. Y frente a los almacenes de la Avenida Décima, en medio del apretujón, se veía a sí mismo, él entre el revoltijo de los vendedores ambulantes, él empujado por la muchedumbre que iba y venía como un oleaje, él y Juana en medio de toda esa gente. Llevaba al hombro el costal con lo poco que tenían. Aquí y allá hurgaban en cajas y cajones que habían botado en el andén para que se los llevara la basura.
A Pepe le subió la nostalgia. Parpadeó contra el sol. Las ruedas pesadas del tractor levantaban polvo. ¿Para dónde iba este viaje? ¿Qué se le había perdido a él en este monte? ¿Quién lo había metido en esta aventura? Con esfuerzo respiraba el aire pesado y caliente. ¿Qué lo esperaba? ¿Una segunda cárcel, esta vez por voluntad propia? Por unas promesas inciertas había entregado la libertad de la calle.
Pepe se sacudió. ¡Hombre, deja de lloriquear! ¡No seas niño!, se dijo. Te estás engañando. Acuérdate: ¿cómo era en realidad? Las noches frías en la calle, ¿ya se te olvidaron? El miedo, nunca nos lo quitamos de encima. Vivíamos tensos, como con fiebre. Siempre alerta. Nunca sabíamos qué iba a pasar al minuto siguiente. Golpes, cuando nos pillaban robando. Puñetazos y palos. Nos persiguieron con perros.
Debajo de la camiseta sucia, Pepe se palpó la piel caliente, sudor. Con la punta del dedo tanteó la cicatriz endurecida del vientre, debajo de las costillas: no puedes confiar en nadie. Ni siquiera en tus amigos. Compartes con ellos tu último pedazo de pan. Un momento después, trabado por la droga, uno saca el cuchillo y se te viene encima.
Y cuando estás solo, siguió cavilando Pepe, es todavía peor. Estás sin protección. Por una billetera ridícula son capaces de matarte. Si alcanzaste el botín, sales volando, ya vas por la mitad de la calzada, sabes exactamente dónde vas a desaparecer, en medio de los transeúntes y los puestos de venta, ahí te vas a esfumar, ahí te vas a esconder. Nadie se te va a atravesar. La gente conoce las reglas del juego, no se mete. Todos quieren vivir, ¿o no? Entonces oyes los tiros: ¡Pum! ¡Pum! ¿Y a ti qué te importa? Pero de pronto sientes en la espalda el golpe sordo, pum. En pleno salto te tumba. Algo se te mete adentro, algo que es más fuerte que tú, más fuerte que tu fuerza y tu esperanza. Un golpecito, no un dolor de verdad, apenas un ardor leve. Te caes de cara, te quedas asombrado. «¿Qué te está pasando?» Se acabó, muerto.
Sí, así son las cosas en la calle, pensó Pepe. A Lulo le tocó, a Fizzi también, los mataron a bala, por unos pesos ridículos. Pepe veía a sus amigos delante de él, Lulo el chistoso, Fizzi, el más hábil de todos los carteristas. Sus caras riéndose, el pelo enredado y apelmazado. Los cadáveres se los habían llevado a la sala de anatomía, para despedazarlos allá y cortarles la carne.
La plataforma dura debajo de las nalgas dolía. Pepe metió las manos debajo de los muslos, para sentarse un poco más cómodo. En la ciudad vives siempre en tensión, nunca llegas a la calma. El miedo se te quema en los hombros. Si te pasa algo, no hay nadie ante quien quejarte. Nadie. ¿Quién va a querer saber algo de ti? ¿A quién le interesa tu vida de mierda, tu tos, tu hambre, tu diarrea? ¡A nadie! Tarde o temprano el diablo te agarra, eso es seguro. La pregunta es apenas cómo lo hace. Tal vez te aplasten las ruedas de un bus, tal vez vomites los pulmones o cagues las tripas en plena calle.
Así mismo es. Pepe asintió para sus adentros. La ciudad es un verdadero monstruo. Quiere tragarte. Pero pobre de ti si te largas. Apenas pierdes de vista las últimas casas, las calles, la gente, te entra la nostalgia. Te da mal de patria. Allá en la ciudad estás en tu casa, en ninguna otra parte. La ciudad es tu mundo. Te quita el aire. No te puedes soltar de ella.
Pepe miró alrededor. El río había desaparecido. Solo los árboles que bordeaban sus orillas delataban a lo lejos su curso. ¿Qué —por el amor de Dios— voy a hacer yo aquí en el campo, qué en este despoblado? Suspiró para sus adentros. Aquí no hay más que animales brutos, campesinos, tal vez unos cuantos indios. ¿Y eso me va a reemplazar la ciudad?
Pero también está Juana. Pepe bajó la mirada hacia la muchacha que iba acurrucada a su lado, hecha un ovillo, el pelo en mechones pegajosos. Tenía los ojos cerrados, la cabeza se le bamboleaba con los saltos del vehículo. Pepe sentía su cuerpo caliente. ¿Qué habría sido de mí si no me hubiera encontrado con ella? Frente a él veía el basurero donde por primera vez habían quedado el uno frente al otro; se acordaba del humo picante de las candelas, que los hacía estornudar. Aquella mocosa pequeña y mugrienta de entonces le había cambiado la vida. Ágil y avispada como era, nerviosa y caprichosa, lo tenía día tras día entre la agitación y el asombro. De noche él se calentaba en su cuerpo y ella le daba la sensación de que alguien lo necesitaba.
Sin ella, quién sabe si se habría metido en esta aventura. Ella le había hecho llevadero el tiempo en la cárcel, el abatimiento de después y su herida. Bajo la ternura de sus manos que lo tanteaban y de sus mordisquitos húmedos olvidaba las humillaciones que había sufrido allá.
Ahora en su barriga crecía un hijo. Media banda había participado en engendrarlo, un bebé del grupo. ¿Mi bebé? ¿Su bebé? ¿Nuestro bebé? Da igual: ¡hijo es hijo!, se dijo Pepe. Cuando ya esté aquí, se verá quién es el papá.
—Vamos a construir casas. Eso les había prometido el padre. Muchas casas, una para cada pareja. Ellos mismos formarían ladrillos de tierra, quemarían la tierra, levantarían las paredes, y siguiendo el modelo de los indios harían el techo de ramas y de cañas amarradas. Criarían cerdos, cavarían entre todos un pozo. Sembrarían y cosecharían frutas. En una casa de dos piezas, una para el día y otra para la noche, crecería el niño. Estaría contento. Tendría un buen hogar. Como Pepe cuando era pequeño.
El remolque se ladeó un poco. Iban atravesando una acequia de riego reseca. Pepe sacó las manos de debajo de las nalgas y le pasó el brazo por encima a Juana. Pensó en la finca donde había crecido, en sus padres, en sus hermanos y en Héctor. Su cabeza se dejó caer sobre el hombro de Juana.
La marca de fuego
Los animales se apretaban en una esquina del corral, como si presintieran lo que les esperaba. Sus cuerpos pesados se rozaban unos con otros. Los terneros soplaban el aire por los ollares. Un novillo bajó la cabezota hasta el suelo y escarbó la arena con las patas delanteras. Después la manada trotó hacia otra esquina del cercado. De la pequeña candela que ardía en la entrada del corral se mantenían lo más lejos posible, sin perderla de vista ni un instante. Despacio, la oscuridad de la noche le fue cediendo a la luz pálida de la madrugada.
Pepe se había trepado a los travesaños del corral, pintados de blanco y rojo. El pecho le quedaba por encima de la viga de arriba. Héctor, el perrito, intentaba una y otra vez saltar hasta allá, en vano; cada vez caía de nuevo al suelo. Al final se quedó sentado, gimiendo bajito.
Pepe miraba al padre, que hurgaba en las brasas hasta que saltaba una nube de chispas.
—¡Más leña, rápido! —le gritó a Manuel, el hermano de Pepe.
Después cogió los dos hierros de marcar, unos sellos largos de hierro con un escudo en la punta, y los metió en las brasas.
—Venga acá —le dijo a Pepe—. Usted cuida que no se apague el fuego.
De un salto, Pepe pasó por encima de la viga de arriba, le quitó a su hermano los leños que llevaba en el brazo y fue poniendo uno tras otro en las brasas.
—Ahora sí podemos empezar el trabajo —dijo el padre—. Ya es más que hora.
Manuel cogió el látigo largo y fue acercándose despacio a los animales. Asustados, retrocedieron todavía más. De la manada, Manuel fue sacando a un novillo. Hizo restallar el látigo sobre su lomo y empujó al animal hacia el padre. Este ya tenía en la mano un lazo corto. En un abrir y cerrar de ojos se lo pasó al animal por la cabeza. Un tirón con toda la fuerza, y el novillo cayó al suelo.
Por un momento el animal se quedó quieto, como paralizado. Manuel llegó de un salto, puso el pie derecho sobre el ijar tembloroso del animal y agarró la cola con las dos manos. Después se la enrolló alrededor de los testículos grandes del novillo. Solo entonces pareció despertar el animal de su rigidez. Pateó con fuerza y trató de volver a pararse. Pero Manuel tiró de la cola con fuerza, y la cola se le cerró como un nudo doloroso alrededor de los testículos; el animal se quedó tendido casi sin moverse.
El padre había estado mirando con atención los movimientos hábiles de su hijo mayor.
—¡Pepe, los hierros! —gritó entonces. Pepe sacó uno de los hierros del fuego. Lo levantó contra el cielo de la madrugada y vio que las tres estrellas de hierro, dispuestas en triángulo en la punta, brillaban al rojo vivo.
El padre agarró la barra de hierro, se fue rápido hacia el animal tendido en el suelo y le hundió el sello en el ijar. Sonó un «chss», y después otra vez «chss», y una nubecita de humo se deshizo en el aire. A Pepe se le cortó la respiración. Después le subió a la nariz el olor a piel quemada.
El cuerpo del animal se levantó de golpe. La cabeza dio contra el suelo con un ruido sordo. Manuel soltó la cola. El novillo se quedó tendido un instante más. Después se paró de un salto, se quedó ahí, como desconcertado, miró alrededor, dio unos pasos torpes y se fue tambaleando hacia la manada, para meterse entre los otros animales.
Cuando el segundo novillo estuvo en el suelo, Pepe se sacudió y trajo el otro hierro. Al fin y al cabo entendía que a los novillos había que tratarlos así y que su tormento no se podía evitar. Había que marcar animal por animal. El padre le había explicado el sentido de la cosa. Nunca más, había dicho, iban a perder esa señal. Si una vaca o un toro se extraviaba, los vecinos lo devolverían. Y a los ladrones de ganado, que en los últimos años se volvían cada vez más descarados, que llegaban a plena luz del día con camiones, cortaban los alambrados, subían los animales a las plataformas por unas rampas de tablas y desaparecían para siempre, a esos criminales, a los que los campesinos con mucho gusto les habrían mandado una ráfaga de fusil por detrás, ahora sería más fácil pararles el negocio. Pepe había asentido, de acuerdo.
Al poco rato, el padre, Manuel y Pepe estaban tan bien acoplados entre ellos que el trabajo avanzaba rápido.
El sol ya pintaba de dorado el horizonte cuando la madre vino desde la casa. Trajo primero una tina de agua y después una jarra de agua de panela. Se quedó parada junto al corral, mirando a sus hombres. Pepe se sintió fuerte e importante.
—Hagan una pausita —dijo. Pasó la bebida fresca por encima del cercado. Pepe bebió a sorbos largos, con sed.
El padre se secó el sudor de la frente, y Manuel miró el sol, que subía cada vez más alto. —Pronto nos toca parar —opinó.
El padre asintió: —Mañana también es día —gruñó. Se inclinó sobre el balde de madera, se lavó la cara y el torso brillante de sudor, y después metió la cabeza entera en la tina. Resopló y salpicó agua sobre los muchachos.
—Déjelo así —dijo Pepe—. Nosotros mejor nos bañamos en la quebrada.
—Vayan pues; pero cuidado con los caimanes —advirtió el padre, riéndose.
Caimanes y otros animales
Desde el corral salía un camino angosto y trillado que se alejaba de la casa y atravesaba los potreros. Por ahí se bajaba hasta los árboles lejanos, entre los cuales se escondía una quebrada pequeña. Pepe y Manuel corrieron hasta donde el cauce se ensanchaba y formaba un charco. Héctor iba detrás de ellos corriendo tan rápido que a veces se le doblaban las paticas.
—¿Qué habrá querido decir mi papá con lo de los caimanes? —preguntó Pepe, pensativo. Nunca en la vida había visto semejante bicho.
—Si te agarran, ya te vas a dar cuenta —dijo Manuel. A Manuel le encantaba ponerse del lado de los adultos y burlarse del hermano menor—. Los caimanes son cocodrilos pequeños. En pocos minutos —dijo mi papá— se comen un ternero hasta dejarle los puros huesos.
Pepe sintió cómo se le ponía la piel de gallina en toda la espalda.
—De noche —siguió Manuel— salen de sus escondites. Entonces cazan a los animales que bajan a beber a la quebrada.
—¿Y tú, ya has visto un caimán? —preguntó Pepe.
—¡Claro que sí! —dijo Manuel—. No uno, muchos he visto. ¡Incontables!
Pepe se quedó parado. Estaba espantado, pero también un poco fascinado. «¿Cuándo fue eso? ¡Cuenta!»
Manuel miró pensativo hacia la lejanía. Al cabo de un rato dijo: «Solo en la oscuridad te los puedes encontrar. Uno necesita una linterna. Con eso los puedes encandilar».
—Pero de noche —intervino Pepe— no nos dejan andar por fuera.
—A mí sí —afirmó Manuel—. El otro día, por ejemplo, tú hacía rato que estabas dormido, yo quería pescar. Tenía la linterna apuntada a la superficie del agua y estaba al acecho, esperando a que por fin apareciera un pescado. Y ahí, de repente, sentí algo. No era un ruido, no era un movimiento. Era un presentimiento, algo así como un empujoncito por dentro. No me moví, no respiré, despacio, muy despacio fui corriendo el cono de luz hacia un lado, y ahí: dos luces que brillaban, los ojos de un caimán.
—Aay —gimió Pepe—. ¿No te desmayaste del susto?
—¡Bah! ¿Yo, susto? Con el cono de luz mantuve al animal a raya. Así, ¿ves? —Manuel se paró, sacó el machete que le colgaba de la cintura de su funda de cuero con flecos y lo sostuvo como una espada—. Después fui retrocediendo con cuidado, despacio, un paso, y otro paso. —Se movía como un gato montés—. Así mismo, ¿ves? —Y agregó—: Si les muestras miedo a los animales salvajes, estás perdido.
Pepe siguió caminando detrás del hermano mayor, pensativo, lleno de admiración. Ahora se metieron en el matorral alto que bordeaba el cauce. Los pasos de Pepe se volvían cada vez más pesados. De mala gana iba apartando con los pies la hierba verde de los juncos, que crecía tupida en la orilla. A escondidas miró hacia atrás. Después su mirada resbaló por las ramas de los arbustos, que se inclinaban hasta el agua. En su verde oscuro, los reflejos extraños que echaban las hojas de las palmas le parecían cabezas y colas de caimanes, acechando perezosos en la superficie del agua. Pero las nubes de zancudos que bailaban sobre el agua no se dejaban impresionar por ningún peligro.
Indeciso, Pepe cogió una piedra y la tiró en un arco alto contra aquel espejo verde. El agua saltó y los círculos de las ondas se abrieron hasta la orilla. Manuel ya se había quitado los pantalones. Estaba ahí, desnudo. Ahora se metía en el lodazal pantanoso.
—¿Y entonces qué? —preguntó, y se volteó hacia Pepe, desafiante.
Pepe no contestó; en vez de eso se quedó mirando una mariposa azul, del tamaño de dos palmas de la mano, que se alejaba navegando a toda prisa. La mariposa había estado posada en una de las flores rosadas que flotaban en la superficie del agua y despedían un olor leve y dulce. Ahora también Héctor se echó al agua. Con la cabecita bien levantada nadó una vueltecita, después se trepó por el barranco de la orilla y se sacudió con tanta fuerza que las gotas de agua le mojaron las piernas a Pepe. ¿Cuándo te vas a atrever, por fin?, parecían preguntar sus ojitos.
—De día —le gritó Pepe a Manuel hacia abajo— los caimanes duermen, ¿cierto?
Manuel se rio y se hundió en el agua. Con calma, Pepe se restregó contra la espinilla izquierda el barro de la planta del pie derecho. Después metió con cuidado un dedo del pie en el agua. De caimanes, en efecto, no había ni rastro. Entonces juntó todo su valor, se quitó la ropa, la tiró en un montón y siguió —despacio, muy despacio— a su hermano al agua.
Nadar bien, lo que se dice bien, Pepe no sabía; en cambio lograba quedarse mucho rato sumergido. Manuel vino nadando hacia él, resoplando, y trató de agarrarlo de un pie. Pepe pataleó, chilló y salpicó con todas sus fuerzas, y después se alejó bracear que bracear. Pronto se le olvidaron los caimanes. Desde el potrero de enfrente se acercaban ahora unas reses con manchas negras y otras pintadas de café y blanco. De los muchachos que se bañaban no hicieron caso. Con paso pesado bajaron por el barranco hasta que el agua les llegó a la barriga, y ahí bebieron a sorbos largos y satisfechos.
—¡Quieto! ¡Quédate donde estás! —gritó Manuel de repente. En su voz estaba el espanto—. ¡No voltees! Los ojos desorbitados de Manuel estaban clavados en un peligro que parecía acechar a espaldas de Pepe.
En el cuerpo de Pepe se paró la sangre. ¡Entonces era cierto! Casi no respiraba. ¡Caimanes! No le quitaba los ojos de encima a Manuel.
Este iba hacia atrás, infinitamente despacio y con cuidado ponía un pie tras otro. Una pequeña eternidad, y por fin alcanzó la orilla; su mano tanteó buscando el machete, lo agarró, y otra vez de vuelta al agua, se fue acercando con la misma cautela, hizo un pequeño rodeo y llegó ahora por un costado.
Pepe no le quitó los ojos de encima al hermano ni un instante. Entonces Manuel levantó el brazo para dar el golpe. El machete relampagueó a la luz del sol, bajó silbando, un sonido sordo de acero que se mete en carne dura.
Solo entonces Pepe volteó a mirar. En la superficie del agua flotaba la cabeza de una serpiente. Su cuerpo verde todavía colgaba del matorral. Como una cuerda floja se soltó del bejuco, resbaló hacia abajo, salpicó apenas un poco en el agua y después se hundió despacio.
Pepe sintió cómo se le soltaban los miembros de aquella rigidez. Respiró hondo. Solo entonces empezó a entender. Y dio uno, dos saltos, y alcanzó la orilla salvadora.
Manuel seguía en el agua. Pescó el cuerpo de la serpiente, lo levantó y lo volteó de un lado y del otro, con curiosidad. Al final lo lanzó a tierra. Héctor olfateó al animal muerto.
Cuando Manuel limpió el machete pasándolo por el pasto, dijo: «Vamos, hermanito, tengo hambre».
Sin decir palabra se pusieron los pantalones sobre la piel mojada y volvieron despacio. A Pepe le parecía que tenía frío. Manuel le puso el brazo, suavemente, sobre el hombro.
Hacia el sur y hacia el oriente, los potreros se abombaban delante de ellos en colinas suaves hasta el horizonte. Aquí y allá, las hojas verdes de las palmas, sostenidas por troncos delgados, salpicaban el cielo azul. Hacia el occidente, muy lejos, detrás de velos grises y neblinosos, se dibujaban los contornos de las montañas, que se amontonaban más y más alto hasta fundirse con las nubes pesadas.
Los pies descalzos de los muchachos chapoteaban en el barro que había quedado de la última lluvia. El sol subía cada vez más alto, calentaba el suelo, y el aire subía húmedo desde la tierra.
—¿Te acuerdas de Inés? —preguntó Pepe en voz baja. Manuel solo asintió. La niña de la vecindad, a duras penas a dos horas de camino a pie, había sido mordida por una serpiente. Hacía un año de eso, ¿o ya hacía más? Durante días la niña había estado tendida con fiebre alta. Se había revolcado de un lado para el otro y a veces, en sus delirios, lloraba bajito. Pepe y Manuel estaban parados junto a su cama. Los padres de la niña habían mandado un mensajero donde los indios. Cuando por fin llegó el chamán, ya estaba muerta.
Los dos muchachos iban ahora en fila india, uno detrás del otro. Héctor espantaba con sus ladridos agudos a los pájaros blancos y delgados que picoteaban en la boñiga de las reses. Corría un trecho adelante, volvía otra vez y se ponía a hurgar en este y en aquel montículo del pasto.
Si yo me hubiera muerto, pensó Pepe, ¿qué habría pasado? Estar muerto, ¿cómo será eso? No comer más, no beber más, no poder hablar más. ¿Seguirían viviendo sus padres sin él? ¿Qué sería de Héctor si él ya no estuviera?
Ahora asomó la casa por encima de la colina. Parecía un juguete. Toda la tierra que se veía a la redonda era de ellos. Había que caminar lejos: media hora hasta el primer vecino, casi dos horas hasta el pueblo. Solo rara vez, dos o tres veces al año, iba Pepe allá. Por lo demás estaba solo con Manuel y sus padres. Pero los fines de semana los vecinos se reunían, una vez donde un campesino, después donde el otro. Mientras los adultos, en las hamacas colgadas bajo los techos redondos y puntiagudos de caña, que hacían que el aire siempre pareciera un poco más fresco, conversaban, fumaban y tomaban aguardiente de caña o cerveza, los niños corrían por los montes de árboles frutales que rodeaban las casas, arreaban con sus espadas de madera a los gansos, que se defendían soltando bufidos, hacían casas en los árboles o comían de las frutas, de los mangos rojos, de las naranjas verdes y pesadas, de las mandarinas y de los bananos pequeños y dulces.
—Ojalá ya esté listo el desayuno —le dijo Pepe a Manuel.
—Yo ya huelo la carne —gimió el hermano.
El padre estaba sentado, inclinado pesadamente sobre la mesa. Tomaba el chocolate caliente de un pocillo grande y escuchaba con atención el relato de los muchachos.
—¿Y por qué no trajeron la serpiente? —preguntó—. Con eso se hacía una buena sopa.
Del fogón abierto la madre sacó los bananos dorados y la carne asada. Cortó la carne en pedazos pequeños y la puso sobre la hoja grande de banano que estaba extendida en la mitad de la mesa.
—Denle gracias a la Virgen de Guadalupe de que todavía están vivos —dijo. Como si estuvieran medio muertos de hambre, los muchachos se le tiraron encima al desayuno.
Más tarde, Pepe sacó del cajón de madera de debajo de la cama, donde junto con su ropa se guardaban toda clase de pertenencias, la cajita con su armónica y la puso sobre la almohada de Manuel.
La despedida
En la finca no había luz eléctrica. Por eso tampoco tenían nevera, ni aparatos eléctricos, ni televisor. El padre apenas había conseguido un radio. Lo hacían funcionar con pilas que se podían cambiar. Era un radio muy especial, porque podía recibir los programas de televisión. Claro que solo oían el sonido; las imágenes se las tenían que imaginar.
A veces los niños podían quedarse levantados hasta más tarde. Esa dicha les tocaba sobre todo los fines de semana. La oscuridad caía de golpe hacia las seis, seis y media. El negro de la noche era tan hondo que uno apenas alcanzaba a reconocerse la propia mano frente a los ojos. Entonces se acostaban en las hamacas debajo del techo de caña, el padre, la madre y los dos muchachos, y «oían televisión».
Pepe se llevaba a Héctor con él. A Héctor casi no le interesaban las «películas» dramáticas ni las series de persecuciones de bandidos, de amoríos y de casos de espionaje, y tampoco los avisos de propaganda que interrumpían los programas cada diez minutos, y precisamente siempre cuando la cosa estaba en lo más emocionante. Pepe, en cambio, encontraba la propaganda por lo menos tan emocionante como las películas. Mientras la hamaca se mecía suavemente, Héctor se estiraba. Apretaba su hocico pequeño contra la barriga de Pepe y se dormía.
Que faltaran las imágenes de la televisión no le molestaba a Pepe. Al alcance de la mano veía delante de él a los héroes fuertes, a los malvados miserables, a las muchachas que suspiraban de amor y a los amantes infieles. Cuando más tarde, ya en la ciudad, Pepe vio frente a un televisor de verdad la continuación de alguna de esas historias de amor, de celos, de lágrimas y de intrigas que conocía de oídas, quedó decepcionado, porque en realidad los héroes no eran tan fuertes, ni las mujeres tan bellas, ni los villanos tan perversos como se los había pintado su imaginación.
Cuando después se iban a la cama, Héctor se apuraba y no se apartaba ni un metro de Pepe. En un abrir y cerrar de ojos se metía debajo de su cobija. Cuando Manuel se daba cuenta de que el perro estaba en la cama, regañaba. Sin más, echaba «ese animal» para afuera, y a veces hasta le tiraba una patada. Pero si veía los ojos de Pepe, apenas refunfuñaba un poco más y dejaba a Héctor en paz.
Pepe y Manuel dormían en una cama que estaba al lado de la de los padres. Encima la madre había clavado un cactus seco y al lado había colgado un cuadro grande. Mostraba a un hombre de pelo ondulado y túnica larga que le caía hasta abajo. «Ese es el Señor Jesús», decía la madre, «el Hijo de Dios». Mientras le rascaba el pelaje a Héctor, Pepe miraba los ojos tristes del hombre del cuadro. La mano izquierda de aquel hombre levantaba tres dedos, como para un juramento, y la mano derecha señalaba un hueco en el pecho. Ahí se veía un corazón rojo del que salían rayos luminosos. Pepe lo imitaba: separaba tres dedos de la mano izquierda y se hundía el índice de la derecha en la barriga.
Un día llegó un campero. Era un carro imponente, con un parachoques ancho que daba miedo y con los vidrios polarizados. Se bajaron cuatro hombres. Pepe pasó el dedo por la pintura negra, empolvada por el polvo del camino.
—Hágales un tinto a los señores —le gritó el padre a la madre.
La madre se movía en la cocina, un cuarto abierto que estaba construido por fuera, pegado a la casa. Los hombres se acomodaron en las hamacas bajo el techo de caña. Ahí se tomaron uno tras otro el tinto y después un masato que la madre había preparado unos días antes con maíz y frutas y había dejado fermentar. Pepe no entendía de qué estaban hablando. Parecía que se trataba de negocios. Se dio cuenta de lo seria que se había puesto la cara del padre. Esa noche los padres hablaron largo rato entre ellos.
Días después el campero volvió a pasar.
—¡Yo no vendo! —dijo el padre, decidido. Esta vez no ofreció tinto; los hombres ni siquiera se sentaron.
—Patrón, ¡piense bien lo que dice! —tronó uno de los hombres—. ¡Piense en sus hijos!
—Eso es lo que estoy haciendo —replicó el padre con calma—. Ellos van a crecer aquí, igual que yo crecí aquí. Mis padres vivieron aquí, mis abuelos vivieron aquí. Mis hijos y mis nietos van a vivir aquí. La finca los va a alimentar, como siempre nos ha alimentado a nosotros. No quiero ni puedo entregar mi tierra.
—Compadre —dijo el hombre—, nosotros solo queremos lo mejor para usted. Con la plata que le damos puede vivir bien en otra parte, mejor que aquí. Aproveche la oportunidad.
—No vendo —repitió el padre con calma—, esa es mi última palabra. Déjenme en paz y lárguense de aquí de una vez.
Los hombres soltaron una risa mala. Uno escupió en el suelo y dijo: «Esa terquedad suya lo va a hundir en la desgracia».
—Si rechaza nuestra oferta —dijo el otro—, que se lo lleve el diablo.
Se fueron insultando en voz alta y amenazando. La nube de polvo que el campero iba arrastrando detrás de sí se quedó un buen rato en el horizonte.
Una de las noches siguientes se despertaron: un ruido de motores desconocido llegaba desde el camino. El padre saltó de la cama y escudriñó la noche. Se acercaban voces, gritos y alaridos como de hombres borrachos. Manuel atravesó la tranca que cerraba la puerta por dentro.
—Santa virgen, ayúdanos —suplicó la madre—. Ayúdanos, Virgen santa. Descolgó el cactus de la pared y lo puso sobre la tranca que aseguraba la puerta.
Los hombres gritaban hacia la casa. Que la iban a quemar, gritaban; que al padre lo iban a degollar, que a la madre la iban a dejar en mal estado. Pepe apretó la cara contra la cobija, el corazón le galopaba.
—¡Chusma, criminales! —gritó el padre de vuelta.
Y de repente un resplandor rojo bailó en la pared. Oyeron cómo crepitaban las llamas.
—¡El cobertizo, lo prendieron!
Debajo de ese techo de vigas en bruto, ramas secas y hojas de palma se quedaba el ganado cuando el sol estaba alto, y de noche buscaban abrigo ahí los gatos, las gallinas y los patos.
Se quedaron escuchando hacia afuera. Pepe seguía con los ojos cerrados. Casi no se atrevía a respirar. Por fin los gritos y los alaridos se fueron alejando. Desde dentro de la casa oyeron cómo rugían los motores, y más fuertes todavía sonaban los pedazos de canto de hombre que traía el viento. Ahora se fue haciendo más bajo, cada vez más bajo. El aparecido se perdió en la distancia.
Todavía un rato más se quedaron quietos, nadie se movía. Solo se oía el reventar y el estallido de la madera que ardía. Después el padre abrió la puerta, apenas una rendija. La noche estaba tranquila bajo un cielo claro de estrellas. La pared de llamas allá junto al corral ya se estaba derrumbando despacio sobre sí misma. Con cuidado miraron hacia todos lados. También Pepe se atrevió a mirar hacia afuera. El calor era tan grande que no pudieron acercarse al fuego. Alterados, iban de un lado para otro. Solo cuando amaneció encontraron algo de calma. Todo el día estuvo subiendo humo de las cenizas. Pepe hurgó entre ellas. Encontró la cabeza carbonizada de un muñeco que alguna vez le había tallado el padre. Hacía mucho que no jugaba con él. Trató de limpiarle el hollín y, a escondidas, lo apretó contra su pecho.
Unas noches después los despertó un tropel de caballos. Voces, gritos, maldiciones. Las piedras tronaron sobre el techo de la casa y rodaron con estruendo sobre el zinc. Y de repente estallaron unos tiros. Algunas balas atravesaron la malla de alambre que había frente a la ventana. Oyeron los impactos duros en el muro.
Manuel se había tirado al suelo. El padre prendió una linterna. De debajo del colchón sacó un paquete pequeño y desenvolvió de unos trapos una pistola.
—¡No haga eso! —suplicó la madre—. Esperemos.
Se agacharon en el suelo. A Pepe le martillaba el corazón. Después otra vez tiros; los alaridos de la banda de hombres estaban ahora muy cerca.
De pronto pareció que la cuadrilla se alejaba. De vez en cuando los hombres soltaban todavía algún tiro. Cuando Manuel y el padre salieron de la casa y fueron hasta el corral, encontraron muerta una de las reses. El animal estaba tendido en un charco de sangre. Los bandidos lo habían destrozado a machetazos y después le habían disparado.
A la mañana siguiente Manuel y el padre despresaron la res y asaron una buena porción de carne sobre el fogón abierto. Pepe cortó los pedazos bien pequeños y masticó despacio antes de tragárselos a la fuerza. Del resto de la carne, el padre se llevó al pueblo todo lo que pudo cargar, para venderla.
Por la tarde Pepe levantaba la vista una y otra vez. Su mirada seguía el camino, que se perdía a lo lejos entre las colinas. Al final ya no pudo dominar su inquietud. Salió a encontrar al padre. Por fin lo vio venir. Estaba pálido y hablaba cortado. «No se preocupe, mijo».
Cuando llegaron a la casa, mandó a Pepe para afuera. «¡Vaya a jugar!» Los padres cerraron la puerta detrás de él. Pero Pepe se agachó en la parte de atrás de la casa y pegó la oreja a las vigas de madera.
—Quieren comprar toda la tierra. —La voz del padre sonaba rabiosa, despectiva—. Nuestra finca queda pegada a los terrenos que ya han acaparado.
—¿Quiénes eran esos bandidos? —preguntó la madre.
—Esos eran los escuadrones de la muerte de la mafia. En el pueblo dicen que quieren sembrar marihuana, y saben muy bien que aquí nadie les va a controlar la fabricación de droga.
Se quedó todo en silencio un rato. Después el padre siguió, con la voz atormentada: —Estamos en la trampa. La mafia viene por un lado, la guerrilla por el otro. La tenaza se cierra, es una mano que aprieta el cuello. Si nos escapamos de la mafia, llegan los guerrilleros.
—¿Por qué no arreglan sus negocios entre ellos? —preguntó la madre.
—La guerrilla nos necesita, la mafia necesita nuestra tierra. Los guerrilleros nos quieren proteger de la mafia, los mafiosos nos quieren proteger de la guerrilla. Si nos metemos con la guerrilla, nos matan los escuadrones de la muerte. Si trabajamos con la mafia, nos fusilan los guerrilleros. No hay salida.
—¿Y no hay nadie que nos pueda ayudar? —se lamentó la madre.
—¿Y quién se les va a atravesar? —dijo el padre, lleno de desprecio y de rabia—. ¿El gobierno allá lejos en Bogotá, tal vez? Bah, ¿a ellos qué les importa? ¿O el alcalde y la policía del pueblo? Esos hace rato están comprados con sobornos. ¡Chusma! Aquí se trata del gran negocio. Unas cuantas vidas humanas no pesan nada al lado de eso.
Pepe oyó cómo el padre iba y venía con pasos pesados. «Eso está claro», siguió, «van a construir una pista de aterrizaje clandestina, aquí en mi propia tierra. Y con sus aviones van a subir la “hierba” hasta la costa y de ahí la van a mandar a los Estados Unidos».
De droga, de guerrilleros y de mafiosos Pepe no entendía nada; pero sentía la amenaza que salía de ellos. Sin embargo, lo que lo espantaba más que todos los guerrilleros y mafiosos del mundo era el desconcierto del padre y el miedo de la madre. Quiso retirarse en silencio, pero entonces el padre volvió a hablar: «Mataron a don Pepone».
—¡No! —gritó la madre en voz alta.
Pepe apretó la oreja con más fuerza contra la pared.
—No solo a él, también a dos de sus hijos.
La madre soltó un sollozo.
También Pepe sabía de quién estaba hablando el padre: conocía a aquel hombre alto y flaco. Tendría unos setenta y cinco años, y por su origen italiano lo llamaban Pepone. Su finca quedaba a dos horas de camino a pie de la casa de Pepe. Años atrás había mandado a su mujer y a los hijos ya grandes a la ciudad. Desde entonces vivía con una india joven, y con ella tenía tres hijos. Hacía algunos años don Pepone se había vuelto el hazmerreír de la gente cuando sembró de árboles las colinas de sus tierras. «¡Un bosque en plena sabana! ¿Cuándo se ha visto semejante cosa?» Los vecinos movían la cabeza, divertidos. Pero después el bosque creció, y desde entonces, visto de lejos, ofrecía una estampa extraordinaria. «Como en la Toscana», solía decir don Pepone, «una Toscana colombiana. ¡Es como estar en casa!»
Cuando los mafiosos aparecieron en su tierra —así lo contó el padre—, él los echó, con la escopeta lista para disparar. Pocos días después lo asesinaron junto con dos de sus hijos.
La india, dijo el padre, había alcanzado a huir en el último instante por una puerta de atrás. La encontraron después agachada en un hueco entre las raíces de los árboles. Tenía apretado contra el cuerpo al más pequeño de los hijos. «Del shock no pudo hablar durante horas».
Pepe se paró despacio; se sentía un poco mareado. Se metió debajo de una mata de limón. Más tarde la madre lo llamó. No se movió.
—¡Vamos, apúrese! Hay que empacar.
Al poco rato llegó del pueblo un camión pequeño que el padre había encargado.
Entonces nos vamos a trastear, pensó Pepe. «Trastear», ¿qué quería decir eso? ¿Irse? ¿Vivir en otra parte? Pepe estaba confundido. ¿Qué iba a pasar con los animales, qué con la casa y con los árboles? ¿Dónde iban a dormir? ¿Cuándo iban a volver?
Cuando Pepe vio cómo los padres y Manuel iban y venían de afán, presintió lo grande que era la desgracia que los amenazaba, y comprendió de golpe que su vida iba a cambiar.
Unas horas después el camión estaba cargado. Para las tablas de las camas, el armario desarmado, la mesa y las sillas, las cajas de ropa y las demás pertenencias sobraba espacio.
La madre se acomodó en la cabina, Manuel y Pepe se treparon a la plataforma. Pepe se acurrucó en una esquina, sobre un costal. A Héctor lo tenía en el regazo y lo apretaba con fuerza contra él. El camión arrancó y el padre subió de un salto. Miró hacia abajo, hacia Pepe.
—El perro se queda aquí —dijo.
Pepe se asustó. «Pero si es Héctor». Apretó al animal con fuerza contra su cuerpo.
El padre agarró al perro, lo cogió del pelaje, lo levantó y lo tiró abajo en un arco corto.
El perro se quedó parado en la mitad del camino, el camión se alejó dando tumbos, Pepe lloraba. Después apretó sus puños pequeños.
Polvo y lágrimas
Como un balón de fútbol, el remolque del camión destartalado saltaba sobre el pedregal y entre los surcos y los huecos de la vía. Pepe tenía que agarrarse de la carga, que consistía en costales de arroz bien repletos, y aun así lo sacudía de un lado para otro. En poco tiempo quedó cubierto por una capa de polvo, la arena le crujía entre los dientes. El padre y la madre iban adelante y de vez en cuando le gritaban unas frases al oído del chofer. A veces miraban por la ventanilla en la pared trasera de la cabina, para comprobar si su retoño no se había caído todavía de la plataforma.
Habían pasado muchos meses. Otra vez habían partido, otra vez se habían subido a un camión y avanzaban hacia un futuro incierto. Habían vivido en San Mateo, en la casa de un tío, junto con los hijos y las hijas del tío y los niños de estos. Don Joaquín y los demás parientes se habían apretado un poco. Así había quedado libre un cuarto para la familia de Pepe. La estrechez era agobiante. El equipaje lo habían amontonado en un rincón del patio interior. Poco a poco el padre lo había vendido casi todo. Por primera vez en su vida Pepe había recibido unos zapatos. El primer día no había hecho más que mirarse los pies. «No seas tan vanidoso», le había dicho la madre. Pero Pepe movía todo el tiempo los dedos de los pies y estaba seguro de que toda la gente lo admiraba.
Con los niños que había conocido exploraba el pueblo. En las calles se apiñaba la gente que había venido de lejos, sobre todo hombres de sombrero de ala ancha que cargaban sus jeeps con aperos de cuero, costales de semillas, abonos, canecas de gasolina, alambres y hamacas, o que amarraban sus caballos y desaparecían en las cantinas. Había admirado los puestos de venta, uno junto al otro, desbordados de frutas, de bananos grandes y verdes y de guineos pequeños y amarillos, de papayas enormes y tomates de árbol rojos, de verduras y de montañas enteras de cilantro espigado y de olor penetrante. Frente a los puestos con parrillas, donde se asaban vísceras y carne, maíz dorado y trozos de chorizo rojo oscuro, se había quedado parado, hundiéndose en el aroma que subía, hasta que la mujer que volteaba los pedazos le pasó un bocado.
En la plaza del mercado, limitada por la iglesia blanca y, al frente, por la alcaldía de marcos de ventana azules, y también por el «teatro municipal», donde durante semanas enteras proyectaban una sola película: ¿Por qué mataron a Bety tan buena muchacha?, que Pepe veía todos los domingos por la tarde con una emoción que no se le agotaba, en esa plaza los niños jugaban fútbol a diario, y cada uno asumía el papel de alguno de los futbolistas más famosos del mundo. Lo que más se disputaban eran los nombres de los seleccionados colombianos, brasileños y alemanes. Pero, para su pesar, Pepe nunca logró conquistar para sí el papel de Pelé, Higuita o Beckenbauer.
Igual de notable le pareció a Pepe la escuela. Lo que más lo impresionaba allí era la maestra, una joven negra. Ella le asignó un puesto en la primera fila y él no podía apartar la mirada de ella. Cuando lo llamaba, él sonreía. Las letras que escribía en el tablero formaban las palabras, según la manera en que se pusieran una detrás de otra. Dos veces «p» y dos veces «e» darían, si se ordenaban bien, «Pepe». De la misma forma, afirmaba la maestra, se podía proceder con cualquier cosa del mundo. Todo se deja componer con letras. Era como un milagro. Cada letra que ella pintaba grande y de colores en el tablero le parecía un regalo suyo.
Cuando había contemplado las letras el tiempo suficiente, pasaba que ante sus ojos todo temblaba un poco. Las letras se movían y se sacudían, gateaban y pataleaban. De pronto se convertían en pequeños seres vivos y empezaban a bailar. Al final revoloteaban en desorden como una bandada salvaje de pájaros y luego, cuando ya habían retozado bastante, volaban hacia el cielo, formadas en triángulo, una detrás de otra. El viaje iba lejos, abajo se extendía el paisaje verde de los potreros, que la cinta café de un camino cortaba de horizonte a horizonte. De repente la formación de pájaros descendía, daba unas cuantas vueltas, cada vez más bajo, y entonces aterrizaban en el gran palo de mango en medio del jardín de su casa.
Unos cuantos pájaros aleteaban hasta el techo de caña, bajo el cual seguían tendidas las hamacas. Desde las ramas de los naranjos bajos podían mirar hacia abajo, a los gansos y a las gallinas que escarbaban en un montón de desperdicios. Otros pájaros volaban hasta el cerco de los potreros, veían cómo el ganado pastaba satisfecho, y de pronto divisaban a Héctor, que se había estirado a la sombra de un hibisco de tal modo que la tierra le enfriara la barriga. Pepe tuvo que sonreír un poco al ver esa imagen, y entonces la maestra lo llamó.
—Bueno, Pepe —dijo ella—, ¿no quieres contarles a los niños cómo es la finca de la que viniste?
La vida en el pueblo había sido llena de novedades. Por eso la nostalgia de Pepe se había ido haciendo cada vez más pequeña. Cada vez pensaba menos en Héctor. Y ahora... ahora también esta etapa de su vida había terminado. Otra despedida. El viejo camión iba dando tumbos por la trocha destapada y arrastraba tras de sí una pared de polvo. Algunas vivencias del pueblo —Pepe lo sabía— no las olvidaría jamás en su vida. Por ejemplo, aquel domingo en que llegó el padrino. En apariencia era un domingo como cualquier otro. Y sin embargo había una tensión especial en el aire. Los domingos eran siempre día de mercado, las calles congestionadas, las cantinas desbordadas, los dueños habían sacado mesas afuera, los hombres hacían chocar ruidosamente las botellas de cerveza. Todo era como de costumbre. Pero si uno observaba con más cuidado a los hombres frente a las cantinas y a los niños en las plazas, llamaba la atención que a veces miraban al cielo como a escondidas. Pepe pescaba retazos de conversación y todos giraban en torno al padrino.
—El padrino —decían los niños—, ese viene del cielo. Sabe volar. Tiene un helicóptero. Nunca en su vida había visto Pepe un avión, mucho menos un helicóptero. La tensión de los otros se le pasó también a él. Pasando junto a los carros que los campesinos habían lavado y encerado a propósito y que ahora brillaban y relumbraban al sol, junto a los caballos con sus aperos de cuero trenzado de colores y junto a los tractores, sobre los que familias enteras se entronizaban con la ropa de los domingos, en pleno tumulto Manuel iba empujando a su hermanito, y así se abrieron paso hacia el centro. ¡Por fin! En la escalinata ancha frente a la iglesia solo encontraron puesto cuando unos amigos se arrimaron para hacerles campo.
Aquí en la plaza debía aterrizar el padrino. Desde hacía horas la policía había empezado a desviar el tráfico y las carretas. Pero todavía se demoró hasta bien entrada la tarde. Los niños fueron los primeros en divisar el puntico negro en el horizonte. El zumbido suave se volvió un estruendo, luego un ruido ensordecedor, cuando el pesado aparato quedó suspendido sobre la plaza. Ahora descendía y aterrizaba frente a la iglesia. Entonces los hombres tuvieron que sujetarse los sombreros, las mujeres las faldas, y los niños se protegían los ojos de la arena levantada.
Entonces lo vieron, al padrino: un hombre elegante, más joven que el padre de Pepe. Saltó del helicóptero, se agachó bajo la hélice, se sostuvo con una mano el sombrero ancho y oscuro y avanzó rápidamente hacia un grupo de hombres que lo saludaron dándole la mano, lo pusieron en el medio y desaparecieron al instante en una de las cantinas.
El que de los niños lograra agarrar un puesto frente a la entrada de la cantina, aplastaba la nariz contra los vidrios. Pepe también quería ir detrás. «¡Deja eso!», dijo Manuel con dureza. «Ya basta». Y lo sacó del tumulto. «¿Qué se te ha perdido entre esos muchachitos y esas peladas bobas?». Pepe trató de zafarse de la mano de su hermano. «¿Quieres quedarte embobado mirando a ese bandido, al forajido que nos echó y nos robó?», siseó Manuel.
Pepe se soltó de un tirón. Miró los ojos llenos de odio de su hermano. «¡Ese sinvergüenza! ¡Ese criminal!», seguía despotricando Manuel. «Y la gente boba, no sabe hacer nada mejor que quedarse mirándolo con la boca abierta. A cuántos tiene sobre la conciencia. Cada semana uno o dos muertos. Baleados, tirados a la calle, enterrados en la basura».
—¿De verdad? —Pepe se detuvo de mala gana.
—Todo el mundo lo sabe —siguió Manuel—. Saben cómo hace su plata el padrino: con droga.
Manuel siguió caminando y Pepe trotaba detrás de él. Dejaron atrás a los curiosos y doblaron por una calle lateral. «El padrino es el traficante de droga más rico en muchos kilómetros a la redonda», explicó Manuel. «Aunque es un asesino muchas veces, ha sabido hacerse amigos en el pueblo. Son amistades raras. El que no quiera ser amigo suyo, vive en peligro». La calle se extendía desierta ante ellos. Los dueños de los negocios habían cerrado sus bodegas para poder asistir al espectáculo en la plaza. «Cualquiera», continuó Manuel, «puede recibir un pedacito de su riqueza. Siempre y cuando no se le atraviese en el camino. Paga bien. A los que mejor “unta” es a los políticos y a los policías. De él reciben más de lo que ganan con el Estado».
Manuel y Pepe se acercaban ya a la casa del tío. «¡La gente boba!», gimió Manuel. «“¿No tenemos un buen padrino?”, dicen. “¿No hace donaciones para el municipio?” “¿No financia el jardín infantil?” “¿No pagó las mesas, los bancos y el tablero de la escuela San José?”». La voz de Manuel temblaba de rabia. Soltó una risa amarga y dijo con burla: «Así es. Cualquiera puede ir donde él y contarle sus penas. El padrino es tan amable y tan servicial».
Nunca antes había visto Pepe a su hermano tan alterado. Eso había sido uno de los últimos fines de semana antes de la partida del pueblo. Así conservaría a Manuel en la memoria: grande y fuerte, informado y responsable. A Pepe se le encogía el corazón cuando pensaba en Manuel. Con los tumbos del camión la cabeza de Pepe se sacudía de un lado para otro. Se pasó el dorso de la mano por los ojos. En el vidrio de la cabina vio que se le había formado en la cara una franja sucia de lágrimas y polvo.
Habían dejado a Manuel en el pueblo. Allá había encontrado un trabajo y el tío había prometido dejarlo vivir con él por lo pronto. En la despedida la madre había sacado una foto amarillenta de un paquetico de papeles que siempre mantenía cuidadosamente amarrado con un pedazo de plástico. En ella se veía a Manuel a los pocos meses de nacido. En la foto la madre parecía una muchachita, tenía a Manuel en brazos y se reía. «Toma», había dicho, «para que te acuerdes». Se había volteado rápido y solo había murmurado bajito: «Que la Virgen te bendiga».
El padre había consignado en el banco, a nombre de Manuel, una parte de la plata que había recibido por la venta de la casa y de las tierras. Le había pasado la mano por la cabeza a su hijo mayor. «Ahora tienes que ver tú mismo cómo te las arreglas», le había dicho.
—En Bogotá —había dicho el tío en la despedida— reparten lotes a los que vienen del campo. Para el gobierno, explicó, era importante que los recién llegados se asentaran allá, y sobre todo se daba preferencia a las familias con niños. —¡En Santafé de Bogotá! —la voz del tío había sonado del todo solemne—, allá encuentran lo que quieran. Trabajo, plata, diversión. Les va a ir bien. Van a construir una casa. Pepe va a ir a la escuela y después a la universidad. Decía que más de un vecino, cansado de la vida aburrida del pueblo, se había ido y había hecho fortuna en la ciudad.
En el último apretón de manos el tío le había deslizado un papelito al padre. «Aquí tiene la dirección de Don Jaime. Hace ocho años se fue para Bogotá. Salúdemelo de mi parte. Él le ayudará».
El camino llegaba ahora a una pequeña altura y Pepe podía mirar lejos, hacia la distancia. Al oriente los potreros chocaban contra el horizonte y solo a veces los interrumpían pequeños bosques de galería. El sol subía más alto, estuvo un rato en vertical sobre ellos, luego bajó hacia las montañas del occidente, cuyos contornos se recortaban ahora nítidos contra el titilar azul grisáceo.
Hacia el anochecer llegaron a un caserío de tres o cuatro casas bajas y establos, en medio de amplias plantaciones de algodón. Un cartel escrito a mano, clavado en el tronco de un árbol, le indicaba al chofer de su camión que allí se vendía gasolina en canecas. El calor del día no quería ceder. Antes de que cayera del todo la noche, extendieron costales y cobijas debajo de la plataforma del camión. Si llegaba a llover, quedarían más o menos protegidos.
Al quedarse dormido le llegó a Pepe al oído el chirrido agudo de los grillos. Es como en la casa, pensó. Un pájaro negro de la noche pasó volando sobre ellos con aletazos pesados y desde lejos llegó el grito de un animal salvaje. Pepe se volteó de lado y apretó la cara contra la espalda de la madre.
El espíritu de la cabeza
Al amanecer se despertaron. En el horizonte el sol corrió unas nubes a un lado y dejó ver una franja de cielo azul grisáceo. Sorprendido, Pepe comprobó que cerca de cien personas, hombres, mujeres y niños, se habían reunido entre las pocas casas y al borde del camino, cerca del pequeño caserío. Según averiguó el padre, eran jornaleros trashumantes que debían recoger el algodón.
Al poco rato llegó un jeep. Un hombre de bigote largo y botas de media caña se paró en el estribo y llamó a la gente.
—¡Compadres, para acá, para acá!
La gente se acomodó en semicírculo alrededor del carro.
—Hola, don Germán, ¡por fin llega usted! —dijo uno del montón—. ¿Qué lo tuvo tanto tiempo entre las cobijas?
—El sueño —contestó el interrogado.
—Habrá sido doña Clemencia —gritó uno desde el grupo de los hombres. La gente se rió.
—Tranquilo, tranquilo —replicó el hombre—. Cálmense. No quería sacarlos del sueño tan temprano. El trabajo no se nos va a ir corriendo. Los necesito a todos. Pueden contar con diez días por lo menos.
Anotó los nombres de los trabajadores. Luego los mandó en grupos a los campos y entre los arbustos de algodón, verdes y salpicados de manchas blancas, que estaban alineados en hileras.
Cuando los últimos trabajadores se habían ido, el capataz se acercó al padre de Pepe. —¿Y ustedes? —preguntó—, ¿no necesitan trabajo?
—Estamos de paso —contestó el padre—, no podemos quedarnos aquí más tiempo.
—¿Por qué tanto afán? —replicó el capataz con ligereza—. ¿Para qué tanta prisa? Aquí —continuó— pueden ganar buena plata. Usted, jefe, me puede ayudar, y la señora y el pequeño también.
Después de pensarlo un poco, el padre y la madre de Pepe aceptaron. Los tres se metieron entre los trabajadores.
Como los demás, también Pepe se amarró un costal, uno más pequeño que el de los adultos. Con él iba detrás de los trabajadores, de arbusto en arbusto. Arrancaba de las ramas los copitos pequeños y blandos, los tiraba en el costal y tenía que apurarse para no quedarse atrás. Los otros niños, hacia los que miraba una y otra vez a escondidas, trabajaban ligeros como comadrejas.
Se anunciaba un día caluroso, los arbustos bajos casi no daban sombra. A pesar del calor, que ya desde la madrugada pesaba sobre los campos, los trabajadores contaban sus historias animados y de buen humor, y de vez en cuando alguno entonaba una canción que a los oídos de Pepe sonaba hermosa y triste. Hablaba de la tierra perdida, de un pueblo viejo, de un amor que pasó.
Pepe se enteró de que los jornaleros andaban de camino año tras año, siempre buscando trabajo. Solo rara vez se quedaban más tiempo en un mismo sitio. Dormían dondequiera que hubiera un techo que los protegiera. Pero casi siempre construían ellos mismos sus alojamientos, tumbando árboles, cortando ramas y recogiendo hojas.
—Toda mi vida —le dijo un hombre al padre de Pepe— he sido trabajador, trabajador y católico. He andado por todos los rincones de este país. Me he abierto camino por la selva y por la sabana. He cruzado los ríos y he arreado mulas. He emprendido todo lo imaginable. Siempre andaba buscando un mejor pasar. He tenido que aguantar muchísimo. Estoy orgulloso de mi vida y de mis cinco hijos.
Los hijos de los trabajadores habían nacido en el camino. En algún momento, de alguna manera y por un tiempo indefinido, sus padres y sus madres se habían juntado. Así andaban de un lado para otro, y para sorpresa de Pepe a los niños les parecía completamente normal crecer sin escuela.
Pepe escuchaba con curiosidad los relatos de los trabajadores. Habían pasado por regiones de las que él no había oído hablar ni de oídas, por los altiplanos de las cordilleras, los valles de los grandes ríos, las estepas y las selvas que, junto con el Amazonas y sus afluentes, se prolongan en las selvas de otros países suramericanos, sin que jamás ser humano alguno las haya recorrido ni nadie haya fijado una frontera.
Uno de los hombres habló del trabajo duro en las minas de carbón, allá arriba en la sabana de Bogotá; otro contó de las plantaciones de caña de azúcar. «Allá, amigos, la cosa es brava, distinta a la de aquí. En un abrir y cerrar de ojos lo pica a uno un alacrán venenoso o se le mete una culebra en los pantalones».
Los hombres y las mujeres habían conocido la vida por todos sus lados. Algunos se habían ido a las minas estatales de esmeraldas, en el altiplano, para volver a escarbar con sus manos los escombros que las máquinas grandes habían corrido a un lado.
—A los trabajadores detrás de los alambres de púas —dijo uno de los hombres— los vigilan como a los cambistas de un banco. El que se guarde una esmeralda es hombre muerto.
—Día y noche —le dio la razón otro— andan por ahí guardias fuertemente armados con las ametralladoras listas.
—Para nosotros fue un trabajo penoso —dijo una mujer—. Muy pocos hacen allá su fortuna.
—A lo sumo los comerciantes de la ciudad —le contradijo otra—. ¡Esos bandidos! Por un sueldo de hambre nos quitaban las piedras más bonitas.
—Pero también los castigaron por su codicia. Se robaban unos a otros, se atracaban y se mataban. Una y otra vez había peleas. Enseguida echaban mano al arma. Yo mismo vi cómo uno sacó la pistola y le disparó a otro; cayó a mi lado, con un huequito en la frente.
Hacía rato que Pepe había dejado de recoger. Estaba pendiente de la boca de los que contaban.
—¡Dale, no sueñes! —El padre le dio un empujón. Pepe se sacudió. El calor hacía difícil respirar. Apareció la sed y también el hambre. Por fin el capataz repartió agua tibia para tomar, y después hubo arroz y fríjoles con pedazos de carne.
Al caer la tarde empezaron a construir los alojamientos. Con sus machetes afilados los hombres cortaron guadua. Amarraron con habilidad los tallos gruesos y extendieron encima capas de cartón. En el suelo apilaron matorrales y pasto, sobre los que tendieron costales y cobijas.
Cuando entró la oscuridad, ya estaban listos para la noche. Pepe se las arregló para quedar acostado al lado de un muchacho mayor. Se llamaba Pablo y había bajado con sus padres de las minas de carbón del altiplano a la tierra caliente.
—Lo peor de allá arriba —le dijo a Pepe— es que con el tiempo el polvo del carbón te convierte en un negro. Cada día te pones más negro. El hollín negro te cubre la cara, el cuerpo, se te mete debajo de la ropa y al final hasta dentro de la piel. Todas las noches te tienes que lavar, una hora o más, es una tortura. Si se te olvida, te quedas negro, negro para siempre como la noche.
Pepe estaba acostado boca arriba, cansado.
—Y cuando ya estás completamente negro —dijo Pablo—, los otros no te pueden ver más, te vuelves invisible, al menos en la oscuridad. Nadie se da cuenta de adónde vas, de dónde estás. Te vuelves parte de la noche. Solo tus ojos brillan desde lo oscuro.
—Y entonces —siguió Pablo—, entonces pasa algo incomprensible.
Pepe levantó el torso y se quedó mirando, sin poder creerlo, a su vecino de cama, que ahora se acostaba a su vez a dormir.
—Ahora te conviertes en un espíritu, en un espíritu de la noche; mejor dicho: en un espíritu de la cabeza.
Pablo hizo una pequeña pausa y luego preguntó: —Qué es un espíritu de la cabeza sí lo sabrás, ¿o no? Un espíritu de la cabeza es un espíritu que no tiene cuerpo. Consta únicamente de dos ojos. Así flota por el aire. A veces se queda enganchado en las ramas de un árbol. Desde allá arriba mira hacia abajo, a la gente.
—¿Nunca has visto un espíritu de la cabeza? —preguntó Pablo al cabo de un rato.
—No, no —balbuceó Pepe.
—Es que no abres bien los ojos —dijo Pablo con severidad—. Fíjate, hoy o mañana en la noche te voy a mostrar un espíritu de la cabeza. Te le puedes acercar despacito, hasta cogerlo.
Pepe retrocedió un poco, asustado.
—Cuando lo hayas agarrado, él quiere volver a quedar libre, y te suplica que lo sueltes. Se lamenta y gimotea y te promete hacer lo que tú quieras. Ahí te queda un deseo por pedir. Puedes pedir lo que sueñas, todo lo del mundo.
Pepe se subió la cobija y escondió la cara. No, él no quería ver ningún espíritu de la cabeza, y mucho menos quería coger uno.
Cuando se durmió, cayó en un sueño: tenía en sus manos un espíritu de la cabeza, pequeño y redondo. Era del tamaño de una totuma y lo miraba con ojos que centelleaban amistosos.
—Hay algo que deseo tanto —le dijo Pepe—: quiero volver, quiero vivir otra vez en nuestra finca, junto con Manuel. Por favor, déjame estar allá y jugar con Héctor.
El nacimiento
Con el tiempo el trabajo se le fue haciendo más fácil a Pepe. A la madre, en cambio, parecía costarle cada vez más seguir el ritmo de los trabajadores. Un día, en el calor del mediodía, se fue de pronto del campo para sentarse a la sombra. Pepe la siguió con la mirada. Le llamó la atención que caminaba con más dificultad que de costumbre, encorvada como bajo un peso.
Horas después todavía no había vuelto. Pepe se extrañó. Al final también el padre se inquietó.
—¡Corre! —dijo—. Mira qué pasa.
Pepe corrió tan duro que los terrones se deshacían bajo sus pies. Al final del campo llegó el camino de herradura; luego dobló en una curva. Un perro le salió al encuentro ladrando. Ahora alcanzaba el caserío, después los ranchos.
En la penumbra vio a la madre. Estaba acostada en un catre bajo. Respiraba con dificultad, tenía la cara enrojecida. Pepe se asustó; se acercó despacio. En la frente le brotaban gotas de sudor. Con agua de la cantimplora humedeció un trapo y le refrescó la cara.
—Mijo —dijo la madre—, no es nada grave. Corre otra vez y tráeme dos mujeres del campo. Ellas ya saben.
Pocos minutos después las mujeres y el padre estaban allí. Acostaron a la madre sobre algo blando y le apuntalaron la espalda con costales llenos de algodón. Desde afuera Pepe oía su respiración pesada. De rato en rato parecía que se le acababa el aire. A veces lloraba. El padre hablaba con voz tranquila.
Una mujer se asomó y le dijo a Pepe:
—Prende una candela, muchacho. ¡Apúrate!
Pepe se asustó cuando la madre soltó un grito.
Las dos mujeres salieron.
—En muchos kilómetros a la redonda —dijo la una— no hay ningún médico.
—Dios es misericordioso —dijo la otra.
—Santa Ana ayuda, y los remedios del indio Tabatinga son buenos —siguió la primera.
Desdobló una hoja de plátano. De lo que apareció tomó un pedacito de madera y unas hojas secas, las olió, las desmenuzó y las echó en el agua hirviendo. Luego escogió algo que a Pepe le pareció el hueso de un pájaro. Lo partió en pedazos y lo tiró en la olla. Por último agarró con la punta de dos dedos un mechón de pelos cortos y crespos y también los revolvió en el cocimiento hirviendo, mientras entonaba un canturreo monótono.
—Ya puede bendecirla —apuró la otra mujer. Enseguida las dos desaparecieron dentro del rancho.
Hubo silencio. Cuando al cabo de un buen rato volvieron a salir, siguieron con su conversación: «La vida no es fácil», opinó la una.
—Y trabajar demasiado —agregó la otra— es malo para tener hijos.
—Tiene razón.
—Mi abuela —siguió la primera mujer— se murió de parto. Desde niña había tenido que trabajar mucho.
—Demasiados hijos, eso tampoco es bueno —dijo la segunda mujer.
—Mi abuela —recordó la primera mujer— se casó y tuvo once hijos; seis quedaron vivos, cinco se murieron. El último hijo fue mi papá. A ella le fue muy mal. No sabían qué hacer. Entonces fueron donde mi abuelo y le preguntaron: «¿Qué hacemos? ¿Salvamos a la mujer o al niño?». Mi abuelo lo pensó mucho rato y después dijo: «¡Al niño! Ese tiene la vida por delante». Así vino mi papá al mundo y mi abuela se murió. El abuelo se volvió a casar, pero siempre se acordó —por mi papá— de su primera mujer.
Pepe miró hacia los bordes dorados por encima de las sombras oscuras de los matorrales, que anunciaban la noche cercana. Del campo volvían los trabajadores. Las mujeres estaban reunidas. Se las oía hablar bajito de este y de otros partos difíciles. Los hombres se mantenían aparte y fumaban.
De repente Pepe dio un salto. Un grito de la madre resonó a lo lejos. En la luz débil del farol vio las figuras de las dos mujeres, que se movían de un lado para otro muy atareadas. El padre estaba detrás de la madre acostada. Su vientre grueso se alzaba como un globo redondo.
Pepe entró al rancho. Olía feo. Contuvo la respiración.
—Tu mamá —dijo el padre— va a tener un hijo.
—Ya sé —dijo Pepe.
—Son los dolores del parto —siguió el padre—, eso es normal.
Sobre la estera, entre sus piernas, brillaba un charco oscuro. Pepe vio la cara pegajosa de la madre. Respiraba en jadeos cortos, parecía a punto de ahogarse, tenía las piernas recogidas contra el cuerpo.
—También es normal que grite —dijo el padre—. El niño tiene que salir.
—Ah, bueno —dijo Pepe.
Las dos mujeres se acercaron mucho a la madre. Con fuerza le apretaron el vientre. El padre le refrescaba con agua la cara hinchada, las sienes y los brazos. A veces le tomaba la mano y se la acariciaba.
Los dolores venían a intervalos cortos, la madre parecía sin fuerzas. Pepe estaba acuclillado en el suelo junto a ella. En un momento de calma, ella dejó deslizar la mano y le tocó la cabeza.
—Ya casi lo lograste —dijo el padre.
En la siguiente arremetida de los dolores, la madre se arqueó. Una de las mujeres se arrodilló sobre su cuerpo.
—¡Vete! —dijo la otra mujer. Empujó a Pepe hacia la noche—. La mayoría de los niños —alcanzó a decir— sacan primero la cabeza. Cuando vienen al revés, se pone más difícil. Esto no es para ti. ¡Afuera ya!
Un tiempo después la mujer gritó: «¡Es una niña!».
Pepe se metió a empujones. El padre sostenía el balde con agua humeante. Una de las mujeres había agarrado a la criatura por las piernitas, la cabeza colgaba hacia abajo. Le daba palmadas a la pequeña en la espalda y en la cola.
Por primera vez en su vida oyó Pepe el llanto quejumbroso de un recién nacido. Sonaba un poco indignado.
—¿Y qué, te gusta? —preguntó la mujer. Sobre sus manos grandes reposaba el pequeño bulto ensangrentado, pataleando, gritando. Lo masajeaba con un trapo. La otra mujer le dio al padre una palmada de reconocimiento.
Cuando salieron, los trabajadores se acercaron. Estaba oscuro. Habían clavado unas cuantas antorchas. La luz caía sobre la niña.
—Tomen, cójanla —dijo la mujer—. Es una niña bonita.
Marihuana
Cuando se separaron de los jornaleros trashumantes, a Pepe le costó la despedida. Siguieron a pie. Vinieron días callados. Casi siempre el padre iba un trecho adelante. La madre cargaba a la recién nacida en un pañolón anudado sobre el pecho. Eva María se iba a llamar la niña; algún día más tarde la harían bautizar.
A veces alguno los llevaba. Entonces iban acuclillados unas horas en la plataforma de un camión o en el remolque de un tractor. Cuando llegaban a un caserío, se quedaban poco. El padre ayudaba aquí y allá. Muchas veces dormían al amparo de ranchos cuyos techos sobresalían un poco. Cuando la madre le daba pecho a la niña, los niños se acercaban y se quedaban mirando.
Las pocas pertenencias que les quedaban cabían en el costal que el padre llevaba al hombro; también Pepe tenía un bulto amarrado a la espalda. A veces pasaban jinetes junto a ellos. Algunos solo los miraban desde arriba, otros se tocaban el sombrero con el dedo.
Un día los alcanzó uno que llevaba un burro de cabestro corto. Las cargas le colgaban del lomo hasta el suelo. Durante unas horas caminaron en silencio, uno detrás del otro. Luego decidieron juntarse y buscar juntos dónde pasar la noche.
En un caserío encontraron una casa con un letrero en el que decía, en letras grandes y de colores: «Residencias Nuevos Horizontes». Los camastros estaban armados en madera burda. Eran los únicos huéspedes. El agua de la ducha venía de un tanque que estaba en el techo plano. La madre la calentaba en una caneca de lata abierta por arriba. Pepe recogía el agua tibia con la mano y la dejaba correr por los brazos, la espalda y la cabecita de la niña, hasta que resoplaba.
A la luz de la vela Pepe veía cómo el velo blanco sobre su cama ondeaba suavemente de un lado a otro. Mantendría afuera las moscas, los insectos y los murciélagos chupasangre. La sábana delgada a los pies no la necesitaba. El calor de la noche se le posaba encima como una cobija suave. Se volteó de lado y se puso a escuchar.
Don Carlos se llamaba el nuevo acompañante. Venía de una de las capitales de provincia. Antes se había ganado la plata en las plantaciones de café. Pero un día su patrón había mandado arrancar los cafetales y en su lugar había sembrado marihuana.
—¿Qué se puede ganar hoy en día con el café? —suspiró don Carlos—. ¡Nada! ¿Y con la marihuana? Tampoco casi nada. Y encima uno corre un riesgo grande sembrando yerba.
Se encendió un fósforo y Pepe vio la cara surcada de arrugas hondas del hombre, que chupaba una pipa corta. —La droga —dijo— nos arruina. Pero Dios es grande. Primero nos dio el café; después nos dio la marihuana; después nos dio la coca. Y ahora nos está dando la heroína. Tampoco en el futuro nos va a dejar morir de hambre.
De sus propios negocios don Carlos solo hablaba con insinuaciones vagas. —Fue en el río Guaviare —le dijo al padre de Pepe—, en tierra de indios, donde los indios y los colonos trabajan bien con los misioneros. Don Carlos se rió. —Los santos señores quieren convertir a los indios al cristianismo. Se meten en la selva, abren trochas y hacen pistas de pasto para que puedan aterrizar sus avionetas. Fuera de los misioneros, a lo sumo llegan hasta allá unos cuantos comerciantes con sus canoas por los ríos, y detrás de los comerciantes y los misioneros vienen entonces los colonos.
Por unos «problemas» con la policía, don Carlos se había mezclado entre los colonos y se había escondido en las regiones intransitables de los afluentes del Amazonas. Cerca de un caserío indígena había sembrado primero marihuana y después coca.
—Nuestra cocina de coca —contó— quedaba al borde del monte, justo donde la sabana pasa a ser selva. Las copas de los árboles sobresalían por encima de los ranchos de tabla, y los techos estaban pintados de verde. Nadie, creíamos nosotros, podía sospechar lo que se escondía debajo. ¡Cómo nos equivocamos! Estábamos bien montados, teníamos radios, un equipo de radioteléfono. Indios había de sobra, que por poca plata ayudaban en la cosecha. Además ponían su propia tierra a disposición para sembrar coca. Producíamos tanto que pudimos hacer nuestra propia pista de aterrizaje y tener un piloto.
—Entre los ranchos habíamos puesto tablas. Así tampoco en el invierno se nos mojaban los pies. Por esa época tenía yo conmigo a una india de la tribu guahibo. Era una muchacha joven, bonita, mimosa como una gata. Así que la vida no era escasa. Eso sí, cocinaba horrible.
Pepe vio cómo brillaba el tabaco en la pipa de don Carlos. «Cada tres o cuatro semanas», siguió, «llegaba una avioneta. ¡Ustedes tenían que haber visto aterrizar a ese piloto! Era un verdadero acróbata. Sostenía el aparato rozando las copas de los árboles. Después lo bajaba de golpe y frenaba en seco en la pista corta y desigual. Cada vez conteníamos la respiración cuando lo mirábamos. Se llevaba la pasta de coca que habíamos cocinado, y nos dejaba latas de carne y verdura, arroz y fruta y suficiente trago».
Durante un rato hubo silencio. Afuera el chirrido de los grillos se levantaba como una pared y a veces Pepe oía cómo el burro escarbaba con los cascos al lado.
—Durante mucho tiempo —siguió contando don Carlos— no tuvimos problemas. Hasta que un día aparecieron los helicópteros sobre nuestro campamento. Al día siguiente volvieron. Estábamos nerviosos y los observábamos. Se reforzaron los puestos de vigilancia. A cada uno de nosotros le tocaba su turno, las veinticuatro horas. Al cabo de un tiempo nos calmamos. Ya empezábamos a olvidar el peligro, y entonces llegaron.
Don Carlos hizo una pausa larga. Escarbó dentro de su pipa, le metió más tabaco. La recién nacida lloró un poco, como en sueños. La madre le dio unas palmaditas suaves en la cola.
—Yo estaba justamente de guardia —dijo don Carlos de pronto en medio del silencio—. Hoy lo sé: eso me salvó la vida. De repente los vi ahí delante de mí, al alcance de la mano. Sin hacer ruido se abrían paso por el rastrojo. Uniformados, soldados gringos, también algunos colombianos. Me quedé como petrificado. Llevaban metralletas. Me agaché y vi cómo rodeaban el campamento. Demasiado tarde, ya no pude avisarles a los otros. Si me hubiera movido, me habrían pegado un tiro.
—Con una gritería tremenda cayeron sobre nuestros ranchos y dispararon con todo. Cuatro de mis compañeros murieron de una vez, a los otros se los llevaron. Esos todavía hoy están en la cárcel, y quién sabe si algún día vuelvan a quedar libres.
Don Carlos se quedó callado. Los grillos habían enmudecido de golpe, un silencio que pesaba. Al cabo de un buen rato el hombre continuó: «De los ranchos subían altas las llamas. El estruendo y el crujido llegaban hasta mi escondite. Yo temblaba, aunque apretaba los brazos contra el cuerpo. Escalofríos de fiebre me sacudían, tenía un miedo mortal.
«Al cabo de un rato junté todo el valor, tiré el fusil y salí corriendo hacia el monte. Jadeando y sin fuerzas me dejé caer en cualquier parte, entre unas raíces de árbol, y apreté la cara contra la tierra. Más tarde me trepé a un árbol y allá arriba, colgado en la horqueta de una rama, pasé la noche, temblando más que durmiendo.
«Al día siguiente», siguió don Carlos, «me arrimé otra vez al campamento. No estaba seguro de si me echaban de menos y habían dejado un guardia. Así que fui avanzando con cuidado y en silencio, metro a metro. El campamento estaba quieto, despoblado, muerto. Habían reducido todo a cenizas, habían quemado a los muertos. Vi esqueletos carbonizados, carne quemada, jirones de ropa, cráneos negros desfigurados hasta no poder reconocerlos. También encontré a mi india; estaba, medio tapada por otros cadáveres negros, entre las vigas derrumbadas y carbonizadas de un rancho».
A Pepe se le puso la carne de gallina.
—Les digo —la voz del hombre era muy bajita— que eso me golpeó duro. Bueno, ella era apenas una india y no voy a decir que una vida de indio valga mucho. Pero habíamos vivido bien juntos y nos habíamos divertido mucho.
Pepe se dio la vuelta y recogió las piernas contra el cuerpo. Cuando se despertó por la mañana, don Carlos ya se había ido.
La leche de la Madre de Dios
Mientras caminaba, miraba fijamente el suelo delante de sí: arena parda, piedras grises y negras, el borde verde y polvoriento del camino. Hacía mucho que había dejado de contar los días y las semanas. En algún momento se acabó el ripio. El asfalto anunciaba la ciudad cercana. El tráfico se hizo más denso. Pudieron subirse a una carreta.
En la capital de la provincia no se detuvieron, sino que tomaron un bus. Pepe se sentó junto a la ventana. El bus paraba tantas veces en el camino que al final ya no quedaba realmente sitio para más pasajeros, costales y cajas.
La carretera subía despacio, luego más empinada. El paisaje cambiaba a ojos vistas, se volvía verde oscuro, setos y árboles verdes bordeaban la vía. Los valles que se abrían de vez en cuando a los lados estaban cubiertos de bosque espeso. Matas de plátano verde oscuro, altas como árboles, se apretaban hasta la orilla de la carretera, y sus racimos de color rojizo colgaban pesados.
A veces Pepe descubría una cascada: allá arriba brotaba de una pared de roca escarpada, caía a la profundidad, espumaba blanca y formaba abajo un pequeño pozo de agua del que la espuma salía volando y humedecía los arbustos de alrededor. Del verde denso de las plantas resaltaban delicadas flores de trompeta blancas, azules y rosadas. Muchas veces el agua corría sobre la calzada; a veces se precipitaba, socavaba el asfalto y abría en él huecos profundos. Cuando el bus atravesaba los charcos, el agua saltaba tan alto que golpeaba contra la ventana por la que Pepe miraba afuera.
Hora tras hora la carretera se enroscaba hacia arriba en curvas cada vez más cerradas. En las vueltas el motor rugía con fuerza. En medio de un pueblo pararon y estacionaron junto a muchos otros buses. Enseguida los rodearon vendedores —hombres, mujeres y niños— que ofrecían a gritos su mercancía. Sobre grandes bandejas de madera llevaban pasteles y dulces, chorizos asados y trozos de carne, panecitos de maíz o de harina de yuca y paletas de colores que los propios vendedores habían fabricado.
La madre hizo que le pasaran unos higos cocidos sobre un pedazo de papel. De las frutas pardas brotaba una masa parda de caramelo. Para Pepe compró un trozo blanco de queso cuajada. Estaba sobre una hoja de plátano y venía bañado en melado dorado. Pepe le dio un mordisco y la masa blanda y dulce le untó los cachetes y le dejó las manos pegajosas.
—¿Y usted sabe —preguntó la madre mientras le metía a Eva María un pedacito de queso en la boca— qué es la cuajada? —Pepe no tenía ni idea—. La cuajada —dijo ella— es la leche cuajada de la Virgen María.
Pepe palpó la masa blanca y tierna con la punta de la lengua. Miró a su madre sin poder creerlo.
—Fue así —le explicó ella—: el Niño Dios iba huyendo. El rey Herodes quería matar a todos los niños de Belén. Entonces José y la Virgen María se fueron para Egipto. En el camino el Niño Jesús tuvo mucha hambre, pero la Virgen María no tenía nada que darle, salvo su propia leche. Dejó que la leche se cuajara y se volviera cuajada. Y José le echó miel por encima. ¿Adivine de dónde sacó la miel? Se la regalaron las abejas silvestres.
—Santafé, Santafé, Santafé de Bogotá —canturreaba Pepe en voz baja para sí, una melodía llena de promesas. Y después dijo en voz alta—: ¿Cuánto falta para llegar?
—¡Paciencia! —lo consoló el padre—. Ya no son sino unas pocas horas.
Cada vez hacía más frío. Pepe, tiritando, encogió las rodillas desnudas contra el cuerpo. Su ropa era demasiado delgada para aquel frío que aumentaba con la altura. Nubes espesas colgaban de las montañas y se acercaban, cada vez más, hasta que por fin se metieron en plena neblina blanca. En un instante una bruma gris bajó sobre el paisaje. Pepe apenas alcanzaba a ver, como sombras, el abismo a la izquierda, árboles, arbustos y de vez en cuando la silueta lejana de alguna finca baja de tejados muy caídos, agazapada entre las lomas y pegada a las laderas.
Entonces empezó a llover. El chofer prendió los limpiabrisas y los faros. Pepe apretó la nariz contra el vidrio. A veces veía pasar en la neblina figuras embozadas, campesinos de las montañas que arreaban delante de sí caballitos pequeños. Árboles ya no había, solo matorrales. Las estacas que los campesinos habían clavado en la tierra para cercar los potreros estaban cubiertas de musgo espeso. Al final el matorral bajo dio paso a una maleza espinosa, y entre ella asomaban peñascos. La noche cayó rápido.
—Se me taparon los oídos —dijo Pepe.
—Tápese la nariz —le aconsejó la madre— y trague dos o tres veces. ¿Ve? Así se pasa.
Alcanzaron la cima de la cordillera. De ahí en adelante todo era bajada, curva tras curva; algunas eran tan cerradas que el chofer casi tenía que detener el bus. De pronto la neblina se abrió y por una hondonada apareció la primera vista de la capital. Pepe vio luces lejanas que titilaban, un tapiz infinito de chispas de luz, un espectáculo grandioso.
Con los ojos muy abiertos Pepe miraba hacia afuera: ¡Santafé de Bogotá! El cielo sobre la ciudad brillaba de un rosa apagado. Un mar de luces, del que se destacaban las calles como franjas luminosas paralelas y cruzadas, iba de un extremo al otro de la sabana. Los bordes de la sabana, montañas negras, formaban una inmensa olla de paisaje.
Cuando se acercaron más, Pepe distinguió manchas de luz amarillas, rojas, blancas. La vía se fue animando y el bus tuvo que abrirse paso entre carros, carretas y carretillas. El chofer pitaba hasta que la gente se apartaba.
Tuvieron que parar delante de montañas de arena y de huecos abiertos y llenos de agua en plena calle. Cuando el bus vencía los obstáculos, a veces se inclinaba tanto hacia un lado que Pepe temía que el vehículo se fuera a voltear. Y de repente se abrieron avenidas anchas y bien iluminadas. Se sumergieron en la ciudad.
La ciudad, un milagro
Pepe podía mirar ahora las vitrinas de los grandes almacenes. Vio afiches enormes, avisos de propaganda en los que jugaban luces de colores, y delante de ellos gente que iba y venía de afán. La vida palpitante lo emocionaba, los carros que pasaban a toda velocidad lo asustaban. Cuando los buses que iban uno al lado del otro se acercaban tanto que amenazaban con rozarse, Pepe se apartaba de la ventana.
La ciudad era como una embriaguez, un milagro. Más tarde Pepe se acordaría una y otra vez de aquella primera impresión, y en momentos especiales aquella emoción primera volvería a encenderse una y otra vez. El padre lo sacó a sacudidas de su mirar y su asombro:
—Vamos —dijo—, tenemos que bajarnos.
La madre amarró bien el chal en el que cargaba a la niña, el padre y Pepe agarraron los costales. Los movimientos del bus los zarandearon todavía un par de veces de un lado a otro, y luego se abrieron paso hasta la puerta.
De pronto estaban afuera, y el suelo parecía tambalearse bajo sus pies. A su alrededor palpitaba la vida. El padre empujaba a Pepe delante de sí. Tenían que tomar otro bus que los llevara al centro de la ciudad.
Más tarde, a la luz de un aviso de neón, el padre rebuscó un papelito en el bolsillo. Lo levantó hacia la luz y buscó la dirección que el tío le había metido en la mano al despedirse. Murmuró algo entre dientes y después gritó: —¡Venga, Pepe, lea usted!
En la esquina siguiente trataron de descifrar los nombres de las calles. —Todas las calles —dijo la madre— tienen números, así uno se puede orientar.
Del destino, la casa de Don Jaime, el paisano del pueblo, estaban todavía bastante lejos. —Caminemos —dijo el padre.
Otra gente también llevaba bultos al hombro. Con sus costales, comprobó Pepe, no iban a llamar la atención. Pero la mayoría de los hombres andaba de traje, muchos llevaban corbata. La mirada de Pepe se quedó prendida de la ruana raída que el padre se había echado sobre los hombros, y de golpe se dio cuenta de lo sucio que estaba el manto de la madre. Allí eran forasteros.
Caminaban como perseguidos. Vitrinas, el estruendo del tráfico, música chillona y estridente que salía de los parlantes, los gritos de los vendedores: a cada segundo una imagen nueva. Pepe respiraba con la boca abierta. El aire era delgado, olía a humo de motores. Los pies se le pusieron pesados.
De la calle ancha doblaron y tuvieron que abrirse paso entre puestos de venta apretados uno contra otro. El padre se aseguraba una y otra vez de que Pepe y la madre siguieran el paso. Por fin la calle desembocó en una plaza amplia, la Plaza Bolívar. Las fachadas iluminadas de grandes palacios se recortaban contra el cielo negro. Bordeaban la plaza por tres lados; en el cuarto se alzaba una iglesia, imponente y de torres altas.
Mientras más caminaban, más oscura se ponía la noche, pues ya casi no había faroles. La calle subía empinada. Las casas se veían ahora mucho más pobres y en la oscuridad se apretaban unas contra otras. Pepe sentía la humedad fría de la noche sobre la piel empapada de sudor. Por ahí no pasaban carros, y se veía muy poca gente.
El padre se acercó a un hombre, quería preguntarle por la dirección. Pero aquel le dio la espalda y desapareció rápidamente en la entrada de alguna casa. De lejos subía, suave, el estruendo del tráfico de la ciudad. Les costaba trabajo descifrar, a la luz de los faroles dispersos, los números de las calles y de las casas.
Pepe jadeaba. Nunca, pensó, nunca vamos a llegar.
Y por fin: la casa que buscaban. Con las manos temblorosas el padre desdobló el papelito para asegurarse una vez más.
Robados
Oscura y hostil se alzaba la pared de la casa. Golpearon el portón grande, primero despacio, después más fuerte. Al final el padre le dio con el puño. La madera pesada se tragaba los golpes. Silencio. Nadie respondía, nada se movía. Desde arriba, los huecos altos de las ventanas bostezaban negros, enemigos.
A Pepe le latía el corazón. Pero adentro todo seguía en silencio. La madre llamó hacia las ventanas. Ninguna respuesta. La niña se puso inquieta, chillaba y movía los bracitos. De nuevo golpes, estruendo, gritos.
—No hay nada que hacer —dijo el padre al cabo de un rato.
Pepe se dejó caer sobre su bulto de equipaje. Estuvo un rato sentado, recostado contra la pared, luchando con el sueño. El padre extendió su costal en el suelo y le dio el puesto a la madre. Ella desató el chal, abrió su manto ancho y le dio pecho a Eva María. El padre caminó todavía un par de veces de un lado a otro y golpeó otra vez el portón, ya sin esperanza. Después también él se acurrucó contra el muro. Pepe dejó de resistirse al cansancio.
Y de pronto, ¿qué era eso? Pepe se había despertado de un sobresalto. Seguro se había quedado dormido, y ahora estaba bien despierto. ¿Dónde estaba? Amanecía. Tenía las piernas y los brazos tiesos, como congelados. Calles desconocidas, casas desconocidas, gente que pasaba de afán y daba un rodeo para no acercarse a él, ni a la madre con la pequeña, ni al padre.
Entonces despertó el recuerdo. Claro, ya habían llegado, estaban en la capital, en Bogotá. Con ese pensamiento algo atravesó a Pepe como un rayo; la mano se le disparó y agarró el bulto con sus pertenencias. Alcanzó a cogerlo: estaba delgado, espantosamente delgado, flojo. Volvió a agarrarlo, más fuerte, lo apretó, hundió las uñas en él. Revolvió la tela: ¡nada! ¡Todo se había ido! Miedo. Espanto. La funda, vacía, ya no había nada: ¡los habían robado!
—¡Papá, papá! —sacudió al que dormía, y después también a la madre—: ¡Despierten de una vez! —Ella estaba desplomada allí, y la niña, envuelta en la cobija, era un paquetico pequeño y gordo en su brazo.
El padre y la madre se pararon de un salto. Desdoblaron de prisa el chal y luego los costales. No había duda: todo el equipaje había desaparecido. El talego sobre el que la madre había apoyado la cabeza estaba rajado. Sus pertenencias estaban robadas, todo se había ido, y no habían notado nada.
La madre estaba pálida como la muerte, el padre iba y venía. La bebé lloraba y Pepe apretaba los puños.
—¡Maldita sea! —¿Qué nos habría podido pasar en la noche, pensó, mientras dormíamos? Nos habrían podido matar.
La madre caminó un trecho calle abajo, otro trecho calle arriba, sin poder creerlo, a punto de llorar. ¿No sería que el ladrón se había convencido de que sus cosas no valían nada y las había botado? La esperanza se deshizo. Al padre se le veía la rabia en la cara. A Pepe le pareció que la gente los miraba desde arriba, divertida y satisfecha de su desgracia. Nadie mostraba compasión.
Volvieron a golpear el portón, otra vez, desesperados, cada vez más fuerte. En su rabia Pepe pateó la madera pesada hasta que le dolió el pie. Gritaron con fuerza hacia arriba.
—Ahí, ¿no oyen? ¡Quédense quietos un momento!
Por dentro se acercaron unos pasos, y oyeron una voz de mujer: —¿A ver? ¿Qué se les ofrece?
—¡Por fin! —suspiró Pepe.
El padre explicó que deseaba hablar con Don Jaime. A través de la puerta cerrada dijo que él era del pueblo de Don Jaime, de San Mateo, y que acababan de llegar.
Ninguna respuesta. Los pasos se alejaron. ¿Y ahora qué?
Al cabo de un buen rato se oyó una voz de hombre. Otra vez hicieron las mismas preguntas y dieron las mismas explicaciones. Ahora oyeron cómo se abrían con dificultad dos cerraduras. Un cerrojo pesado rechinó. La puerta se abrió despacio, pero apenas una rendija. Apareció la cara desconfiada de un hombre mayor.
—¡Un momento! —No los dejó entrar de ninguna manera. En vez de eso preguntó otra vez, con recelo, dirigiéndose al padre—: ¿Entonces ustedes vienen de San Mateo y los manda mi viejo vecino Don Joaquín?
—Sí —confirmó el padre—, y yo soy hijo de Doña Isabel y Don Jorge. A ellos sí los conoce usted.
—Claro, claro —aseguró el hombre. Poco a poco se fue mostrando algo más accesible.
El padre, para afianzar la confianza que apenas brotaba en el viejo, siguió dando más datos.
—El padre Hernán, el párroco de San Mateo —dijo—, nos casó. Aquí, esta es mi mujer, María. Y el padre también bautizó a mi hijo. Ahí está: es Pepe, fue a la escuela en San Mateo. Y esta bebé es Eva María. Nació en el camino.
Don Jaime miró a Pepe con ojo escrutador y después bajó la mirada hacia la niña. —Ajá —murmuró.
—Don Joaquín dijo que yo debía dirigirme a usted. Anoche llegamos a Bogotá. Aquí, delante de su casa, dormimos, en el suelo.
—Hay, qué pena —dijo entonces Don Jaime—. Cuánto lo siento. ¿Pasaron la noche en la calle? ¡Terrible! Entren. Bienvenidos. Están en su casa.
Arrastrando las pantuflas, iba delante de ellos. Llevaba puesta una bata raída azul oscuro con rayas claras. Por debajo se le asomaban las piernas desnudas y el pantalón de una piyama beige clara.
Entraron al patio, en cuyo centro había una pila de agua de piedra arenisca roja, gastada por el tiempo. De allí salían muchas puertas. Algunas estaban abiertas, de modo que Pepe podía ver hacia adentro cuartos grandes y altos, atiborrados de camas, mesas sueltas y armarios. Pepe vio mucha gente; algunos estaban acostados, otros se lavaban. Una mujer llevaba un jarro de agua del patio a su cuarto, otra obligaba a dos niñas a cepillarse los dientes con más cuidado. —¡Sigan cepillando! —se la oía gritar—. Todavía les falta mucho. ¡Qué feo! Están mugrosas. Si se les caen los dientes, van a quedar feas como la noche. Nadie se va a querer casar con ustedes. ¿Qué muchacho va a querer besar un hueco entre los dientes?
Del patio interior subieron por una escalera de madera hasta una galería en el segundo piso. De allí otras puertas llevaban a otros cuartos con otra gente, y algunos se asomaban con curiosidad para ver a los recién llegados. En la baranda estaban recostados unos niños. Le lanzaban miradas interesadas a Pepe, se daban codazos y se reían: —¡Hola! ¿Qué tal? ¿Y tú quién eres?
—Bueno, usted está sorprendido, ¿cierto? —le dijo Don Jaime a Pepe—. Aquí viven muchos niños, mucha gente, siete familias en total. Además hace poco se metieron unas cuantas parejas de enamorados. También tenemos algunas personas mayores que viven solas. Algunas de ellas se juntaron. Así les va mejor. Se ayudan entre sí y cocinan juntas.
—En total —siguió Don Jaime, dirigiéndose al padre— aquí viven como cuarenta personas. Eso no tiene nada de particular; en la casa de al lado son todavía más, casi cien personas bajo un mismo techo.
Mientras iban por la galería, Don Jaime explicaba: —Yo compré la casa hace cinco o seis años. En esa época todavía vivía mi mujer, Doña Elvira, que en paz descanse. Los cuatro hijos vivían con nosotros. Tuvimos siete hijos, tres se murieron. Mis hijos ya se defienden solos. Tengo nueve nietos, y todavía no se ha dicho la última palabra. Ahora tengo arrendada la mayor parte de la casa. Por lo del arriendo.
Don Jaime estaba orgulloso de lo suyo. —Vengan, siéntense —dijo—, aquí pueden dejar sus cosas. —Y a la empleada, que miraba hacia allá de mal genio, le gritó—: Tráiganos café, Aleida, y al muchacho un chocolate caliente. Tiene que entrar en calor.
Más tarde Pepe se dio cuenta de que Aleida no era solamente la muchacha de la casa, la empleada que velaba por que todo estuviera en orden. Era también la compañera de cuarto y de cama de Don Jaime. Eso no le impedía a él gritarle a veces a todo pulmón, o hasta pegarle cuando se daba la ocasión. Después de tales peleas él parecía satisfecho, y los dos seguían con las labores del día más avenidos que antes.
Lo que a Don Jaime le interesaba con ardor eran las noticias de su pueblo natal. —¿Quién se casó últimamente y quién se murió? —quería saber. El padre de Pepe le contó además quién había comprado o vendido qué tierra, quién se había ido a vivir allá y a quién habían metido a la cárcel en los últimos años. Luego le contó lo que les había pasado en el camino. Habló de las amenazas de muerte de la mafia, de la venta de la casa, de la corta estadía en San Mateo y de su partida hacia la capital. Le contó del nacimiento de la niña. Al final mencionó también que la noche anterior los habían robado mientras dormían.
—Todo lo que teníamos, ropa, loza, herramientas, nos lo robaron; ya casi no nos queda nada.
—Esa es la primera lección que les dio la ciudad —dijo Don Jaime—. La ciudad está llena de ladrones. Vivimos con el miedo permanente de que nos atraquen, nos roben y nos maten. Aquí nadie pasa la noche en la calle sin pagarlo.
Pepe se tomaba el chocolate, oscuro y espeso, en sorbos pequeños y cuidadosos, y se calentaba las manos con la taza caliente.
—¿Y cuáles son sus planes para el futuro? —preguntó Don Jaime con amabilidad.
—Vamos a construir una casa lo más pronto posible —contestó el padre.
—Y para eso nos van a dar un lote y ladrillos —agregó Pepe.
—Despacio, despacio —los interrumpió Don Jaime. Movía la cabeza de un lado a otro, pensativo—. Eso no va tan rápido: llegar hoy y tener casa mañana. ¿Ustedes saben cuánta gente llega a Bogotá día tras día, busca trabajo aquí y quisiera tener un techo? ¿Ah? ¿Qué se imaginan? Aquí llega cada año tanta gente que con ella se podría llenar una ciudad, cada año una ciudad nueva. ¿Y ustedes? No se vayan a creer que los estaban esperando y que ahora los van a recibir con los brazos abiertos.
—Pero terrenos sí hay, ¿no? —protestó el padre—. Con esa promesa fue que nos vinimos hasta acá.
—Qué promesa ni qué nada. —Don Jaime sacudió la cabeza—. ¿Quién les prometió algo? ¿Quién les prometió semejante disparate? Aquí no se hacen promesas, y mucho menos se cumplen. Aquí cada uno pelea contra todos. Quítense de la cabeza la idea de tener casa de una vez. Busquen primero trabajo. ¿Saben cuánta gente está aquí sin trabajo? Cientos de miles, quizás millones, nadie lo sabe a ciencia cierta. Montones de personas andan de un lado para otro, día tras día, buscando cualquier ocupación en cualquier parte. Todos quieren vivir, comer, vestirse. Pero antes de comer tienen que ganarse la plata.
El padre se quedó mirando fijamente al viejo y estuvo callado un largo rato. Pepe miraba al uno y al otro. Después quedaron de acuerdo con Don Jaime en que por lo pronto se quedarían allí. Mientras el padre salía hacia la ciudad, la madre arregló un cuarto para ellos y Pepe exploró la casa grande. Conoció a Chucho, un muchacho más o menos de su misma edad. Los dos salieron corriendo y recorrieron el barrio.
Desde lo alto Pepe podía abarcar la ciudad con la mirada: a sus pies se estiraban hacia arriba los edificios altos. Y sin embargo se veían pequeños, y más pequeña aún la catedral, diminutas sus torres. De lejos subía el rumor del tráfico. Si se volteaban hacia el lado contrario, las montañas con sus laderas empinadas quedaban al alcance de la mano.
Mientras corrían por las calles, Pepe miraba hacia las entradas oscuras de las casas, que llevaban a tienditas y bares. Salía gente cargada de bolsas y costales, con fruta y pan. En las callecitas estrechas del barrio Pepe se quedaba mirando a los niños. Llevaban uniformes bonitos. —Cada colegio —explicó Chucho— tiene su propio uniforme. —Las niñas llevaban corbata sobre blusas blancas, los niños sudaderas con franjas de colores.
De pronto Pepe se sobresaltó: un traqueteo ensordecedor se acercaba desde arriba. Saltó a un lado y en ese momento una carretilla pasó disparada junto a ellos. Las ruedas de hierro golpeaban con fuerza contra el pavimento. El vehículo iba cargado de costales y cartones. Atrás iba parado un muchacho, despeinado, mugroso. Con destreza de acróbata guiaba su vehículo esquivando obstáculos, transeúntes y carros. —Una carretilla hecha por uno mismo —dijo Chucho— es mejor que cualquier burro de carga.
Construido sobre barro
En las semanas siguientes el padre de Pepe buscó contacto con vendedores de tierra. Los tierreros compraban terrenos, sobre todo en las orillas de la ciudad. Después dividían la superficie y les vendían lotes pequeños a precios altos a los recién llegados. Sobre todo en las zonas del sur de la ciudad, millones de personas habían buscado ya refugio. Muchas ocupaban la tierra de manera ilegal. Allá, en la famosa Ciudad Bolívar, los tierreros demarcaban día tras día lotes nuevos. Las parcelas casi siempre eran apenas lo bastante grandes para que cupiera en ellas una casita pequeña. Hacia la calle dejaban una franja angosta, espacio para el jardín, en el que algún día se sembrarían verduras o flores.
Un empleado de una oficina de tierreros le ofreció al padre, a un precio especialmente favorable, un lote pequeño en el barrio Lucero.
—Señor —dijo el hombre—, usted es un hombre de suerte. Justamente hoy nos entró una oferta única. ¡Un pedazo de tierra de ensueño a un precio de ensueño! Pero que quede entre nosotros; no se lo cuente a nadie. Normalmente nosotros pedimos mucho más. —El padre debía decidirse en el acto, insistía el tierrero. Mañana mismo podía ser demasiado tarde.
«Lucero», el lucero del alba: sonaba como un buen presagio. Lo decepcionante era que, a pesar de las circunstancias supuestamente tan favorables, había que gastar en eso todo el resto de la plata que había quedado de la venta de la finca.
La noche antes de cerrar el negocio, el padre se revolvía sin parar de un lado al otro en la cama y no lograba conciliar el sueño. Pepe lo oyó murmurar: —No hay otro camino, nos toca tragarnos el sapo.
El tierrero quería la plata en efectivo, en la mano. A la hora convenida el padre llevó a la oficina todo lo que tenía, apretado bajo el brazo en una bolsa de papel arrugada. El empleado ya tenía listos los papeles. Confirmaban el traspaso de la propiedad a nombre del padre.
Orgulloso, el nuevo dueño llevó a casa la escritura sellada. Por la noche se tomó con Don Jaime un aguardiente tras otro. Por primera vez en mucho tiempo a Pepe le pareció que el padre volvía a estar contento. ¡Por fin tierra propia otra vez! La idea le daba alas. Sobre hojas de papel blanco trazaron planos y dibujaron plantas y alzadas de casas. Después hicieron listas de materiales de construcción y sumaron los costos.
A la mañana siguiente se subieron a un bus grande con el letrero «Meissen/Lucero». A esa hora tan temprana ya iba lleno. Por la Avenida Caracas viajaron hacia el sur. Allí donde empezaba Ciudad Bolívar se acababa la carretera asfaltada. Se seguía por una vía de arena y ripio. La lluvia había abierto huecos hondos en la calzada. De las montañas el agua bajaba arrastrando siempre nuevas masas de arena. Arriba las laderas estaban surcadas como paisajes lunares; abajo la gente amontonaba el cascajo a paladas. La arena la vendían. Los camiones venían de todas partes. Los conductores echaban la arena a las volcos. Después la llevaban a las obras del norte de la ciudad.
Al otro lado de los charcos, que como una especie de muralla separaban el sur del resto de la ciudad, quedaban los barrios Tunjuelito, Meissen y Lucero. Allá había algunas calles asfaltadas, casas de material y tiendas de verdad. Pepe vio un mercado callejero apretado de gente. Los vendedores habían extendido su mercancía sobre un montón de desechos de verduras.
Pepe y sus padres se bajaron. Caminaron por unas calles laterales, se perdieron un poco y por fin llegaron a la oficina de la Acción Comunal. Allí les confirmaron sin mayor trámite que sus papeles eran legales. Con ayuda de un mapa que habían dibujado los hombres se determinó la zona en la que debía quedar su parcela: allá, en alguna parte por debajo de Lucero, debían buscar.
Se fueron en la dirección indicada. En el borde de la zona de vivienda se toparon con bodegas extensas, atiborradas de carcachas viejas, mallas de hierro y tubos. Pepe miraba con curiosidad los buses desguazados y los camiones a medio desarmar. Le habría encantado meterse por un vidrio roto en uno de esos carros, sentarse detrás de un volante y jugar a ser chofer de bus o de camión.
Más allá de los cementerios de carros empezaban montañas enormes de basura por las que trepaba gente: hombres viejos, mujeres y niños. Humeaban fueguitos, el humo subía muy alto, apestaba, y Pepe tenía que taparse la nariz todo el tiempo.
Se orientaban por los números que estaban escritos con pintura negra en las fachadas de las casas. —Ahí, ¡miren, tiene que ser aquí! —Allí donde debía quedar el lote y donde algún día se levantaría su casa, justo en el límite del poblado, el terreno se convertía en un charco pantanoso. La calle se hundía en el barro. Las masas de agua que bajaban de las montañas cuando llovía, arrastrando las basuras de las calles y los desagües de las letrinas de las casas, se juntaban en una hondonada grande que en la época de lluvias se había vuelto un verdadero lago. En tiempos más cálidos, eso lo supieron después, el charco se secaba por un rato y quedaba un mar de barro negro y hediondo.
—¿Y este es nuestro lote? —preguntó Pepe.
Ninguna respuesta. Se quedaron ahí parados, sin moverse. En algún lugar ahí abajo, bajo la porquería, pensó Pepe, tiene que estar.
Por obra de un contrato se habían vuelto propietarios legítimos de una parte de un hueco de barro. De una sola mirada el padre comprendió que era imposible construir allí una casa. Hasta que el terreno se drenara algún día podía pasar mucho tiempo. Antes habría que conectar todo el barrio al alcantarillado, recoger el agua de la superficie y sacarla. ¿Quién iba a pagar eso? Hasta que se emprendiera una obra así podían pasar décadas.
Como petrificado, el padre miraba fijamente la extensa superficie de barro, en cuyas profundidades habían desaparecido los desechos de la gente y sobre la cual el viento arrastraba jirones de papel viejo y bolsas plásticas. Se recostó contra la pared de la casa que estaba construida en el último metro de suelo seco, y después se sentó en la tierra. La cara de la madre había cambiado de color; Pepe vio cómo se le ponía roja y pálida por turnos.
Lo que a Pepe le daba más miedo que cualquier otra cosa era el tormento de su padre. Era evidente que los habían estafado, saltaba a la vista. Les habían vendido un pedazo de tierra que no valía nada. Nunca podrían construir una casa encima.
Los tierreros
Ese mismo día el padre fue a la oficina de los tierreros. Pepe corría detrás de él. No cruzaron palabra. El empleado con el que el padre había hecho el negocio no estaba. Decían que lo habían echado por negocios turbios. El padre exigió hablar con el gerente. Al cabo de un buen rato los llevaron a una oficina aparte. En la placa de la puerta decía «Gerente». El cuarto estaba amoblado con muebles pesados. Poltronas hondas de cuero invitaban a ponerse cómodo.
El gerente estaba sentado detrás de un escritorio enorme. Llevaba traje oscuro, camisa blanca y corbata, y se veía sumamente ocupado. No levantó la mirada, ni tampoco le ofreció asiento al padre ni a Pepe.
Así pasaba el tiempo. El padre tenía el sombrero en la mano. Pepe veía cómo lo daba vueltas sin parar y después lo estrujaba. De pronto Pepe se dio cuenta de lo pobremente que estaban vestidos. La ruana del padre, alguna vez clara y ahora deshilachada en las puntas, le caía suelta hasta la cadera. Tenían los pantalones gastados y los zapatos sucios.
El teléfono timbró con estridencia; el hombre lo dejó sonar. De repente levantó la mirada y preguntó: —A ver, ¿qué se les ofrece?
El padre expuso «el caso».
—Lamentable, muy lamentable —dijo el hombre. Le dolía de verdad que sus clientes tuvieran contratiempos. Hizo una pausa. Por el momento, siguió diciendo, no podía ocuparse más del asunto. Que el padre se fuera para la casa y tuviera un poco de paciencia. Ya se vería qué se podía hacer.
Pero el padre no se dejó despachar. La situación, dijo, era para desesperarse. Se puso a contarle al hombre cómo había ocurrido todo, qué destino los había empujado a la ciudad, qué planes tenían por delante. El comerciante lo interrumpió. Eso no tenía nada que ver con el asunto, sentenció. —¡Muy lamentable! —repetía una y otra vez. Él conocía destinos parecidos, y hasta mucho más tristes.
Cuando el padre insistió en que se acordara una solución de inmediato, el hombre se enfadó: —En el fondo todo este asunto no me incumbe a mí. ¿Qué es lo que quiere usted? —estalló—. Ese es problema suyo, no problema mío. La culpa se la tiene usted mismo. Usted quería hacer un buen negocio, una ganga, quería llegar más rápido que los demás. ¡Ahí tiene el resultado! Al empleado con el que usted negoció lo echamos a la calle. Nosotros somos una empresa seria, ¿me entiende? No nos podemos permitir esa manera de hacer negocios.
—Pero, señor —objetó el padre—, el contrato lo firmé con su oficina. Aquí en esta casa fue que pagué. El papel tiene los sellos de su empresa.
El hombre replicó con frialdad: —¿Y qué? Usted tiene lo que quería: un lote. ¿No es usted el dueño? ¿Alguien le disputa su propiedad? No, nadie. Entonces: confórmese de una vez.
—Pero dígame, señor, ¿qué hago yo con una parcela que está inundada de agua? ¿Qué hago con un hueco de barro donde nadie puede construir una casa?
—De esas cosas nosotros aquí no nos podemos ocupar —suspiró el hombre. Volvió a mirar los papeles de su escritorio, los revolvió con rabia y después alzó la vista y dijo:
—¿Sabe usted cuántas parcelas vendemos nosotros? Cientos, miles. ¿Cree que podríamos verificar en cada caso cómo es el terreno, si es arenoso o pedregoso, verde o reseco, seco o húmedo?
Pepe sentía el esfuerzo del padre por contener la rabia. Con calma, aunque con la voz un poco temblorosa, le explicó al comerciante que para él el lote no era una mercancía cualquiera, intercambiable. Que en él estaba amarrado su destino y el de su familia.
Pero el hombre siguió esquivo, sin interés. Al final dijo: —Déjeme ya de tanta quejadera. Me está robando el tiempo. ¿Usted sabe siquiera cuánto cuesta mi tiempo? En este rato yo habría podido despachar una cantidad de negocios, y cada uno de ellos vale más que su ridícula parcela. Déjeme en paz, ¡largo de aquí!
Entonces el padre ya no pudo contenerse; la ira salió de él como una fuerza de la naturaleza. Con unos pocos pasos dio la vuelta al escritorio. El hombre retrocedió asustado.
—De aquí no salgo hasta que me devuelvan mi plata o me den otro lote —gritó el padre.
—Voy a hacer que lo saquen —balbuceó el tierrero. Tenía el miedo escrito en la cara. Después gritó pidiendo ayuda.
Ahí el padre dio otro salto, agarró al hombre de la camisa y de la corbata, lo levantó de su silla y lo sacudió. En ese momento dos hombres entraron corriendo al cuarto y se le tiraron encima al padre. Uno le sujetó los brazos por detrás y el otro le pegó un puño en la cara, y cuando se tambaleó hacia el suelo le metió una patada en el estómago.
Por un instante Pepe se quedó como paralizado. Después se abalanzó sobre el hombre que sujetaba al padre y trató de apartarlo a las malas.
El gerente se alisó el traje y se acomodó la camisa y la corbata. —¡Sáquenlos de aquí! —gritó—. ¡Chusma, criminales! —La voz se le quebraba.
Agarraron al padre de los brazos y de las piernas, lo arrastraron fuera del cuarto y lo tiraron a la calle. Uno de los hombres agarró a Pepe y lo empujó afuera también. Pasó un rato hasta que el padre volvió en sí. Pepe estaba arrodillado a su lado y le sostenía la cabeza. Con trabajo el padre se incorporó. Se palpó el ojo que le ardía. Cuando escupió al suelo, Pepe vio que había sangre en su saliva. Después se fueron tambaleándose. Pepe caminaba al lado del padre y lo sostenía como podía.
Esa noche Pepe tardó mucho en dormirse. Oía la respiración inquieta del padre y cómo a veces sollozaba dormido. Pepe se acercó más a él y le pasó el brazo por los hombros.
Al día siguiente el padre buscó a un abogado. Este le dio ciertas esperanzas. —A esos tierreros los vamos a agarrar —le prometió. Cuando se llegó al pago de un anticipo para las costas del juicio, quedó claro que el padre ya no tenía plata. El abogado perdió rápido el interés en el caso. —Para serle franco —dijo entonces—, podría ser un proceso largo; esos pleitos duran sus dos o tres años. ¿Y de qué le sirve entonces una sentencia favorable, compadre?
La conspiración
El sueño de la casa propia se había acabado por lo pronto. Don Jaime les permitió seguir viviendo donde él, al menos provisionalmente. «Los paisanos tenemos que ayudarnos entre nosotros.» Al decirlo, le dio al padre unas palmadas afables en el hombro. Más adelante, dijo, ya podrían pagar el arriendo atrasado.
Durante el día el padre andaba buscando trabajo. Lo que encontraba eran, en el mejor de los casos, trabajos ocasionales. En Paloquemao o aún más lejos, en Corabastos, cargaba cajas de fruta y bultos de papa de una plaza de mercado a otra, subía mercancía a los camiones o limpiaba el piso cuando bajaba el movimiento del mercado. Lo que ganaba no alcanzaba para el sustento de la familia. La madre también tuvo que ayudar a conseguir plata. Empacaba en bolsas plásticas las mandarinas verdes que el padre traía en cajas de madera. Las bolsas eran tan angostas y largas que apenas cabían doce frutas.
Después se iban en bus hasta un cruce concurrido. Con la fruta en una mano y Eva María en la otra, la madre caminaba entre los carros que se detenían en los semáforos. «Quinientos pesos la docena», gritaba sin parar. No pasaba mucho rato antes de que Eva María se cansara. Se acostaba en el separador y se dormía a pesar del ruido del tráfico. Por la noche el padre traía fruta de las plazas de mercado, papayas medio podridas, naranjas demasiado maduras, mangos manchados que había sacado de la basura. Al cabo de unas semanas Don Jaime les dejó claro que no podían quedarse «para siempre» en su casa.
En sus trabajos cambiantes el padre entró en contacto con gente que también había perdido todo lo que tenía y que —igual que la familia de Pepe— había ido a parar a la capital. Ahora los amenazaba una vida de pobreza. «Nosotros no somos lo que los ricos creen que somos: escoria, chusma inútil, desechables», dijo una mujer. «¡La miseria no me va a doblegar!» Pero cómo encontrar una salida de aquella desgracia, eso no lo sabía. Estaba tan perdida como el padre de Pepe y como todos los demás. No lograban reunir la plata necesaria ni para el arriendo de una vivienda ni para comprar un lote.
Los hombres y las mujeres se reunían después del trabajo en una bodega vacía. Al principio eran pocos; con el tiempo se juntaron cada vez más. Mientras discutían la situación, Pepe se sentaba en el suelo y jugaba con Eva María. Solo de mala gana aceptaba «cuidar a la niña». Mucho más le habría gustado meterse entre los adultos y exponer sus propias ideas. «¿Por qué», habría querido preguntar, «tenemos que aguantar cualquier injusticia? ¿Por qué el negociante de lotes es más fuerte que nosotros? ¡Deberíamos defendernos!» Así, en cambio, no le quedaba más remedio que aguzar el oído.
—A un lote —oyó que gritaba un hombre— solo llegamos si nos lo tomamos. Tenemos que invadir un terreno baldío.
El hombre cosechó aprobación y gritos de bravo. «Lotes hay de sobra», le dio la razón otro. Le decían «el sindicalista». Había llegado a Bogotá con su familia desde Antioquia y llevaba ya buen tiempo en la capital. «Los especuladores se apoderan de todo», explicó. «Se aprovechan de la necesidad de la gente, disparan los precios y venden la tierra cuando les conviene, con ganancias enormes.»
Discutieron acaloradamente en qué parte de la ciudad tendría futuro una «invasión». ¿Dónde tendrían la posibilidad de defender también la tierra tomada? Pepe entendió que algunos de ellos preferían las canteras del norte de la ciudad. Una mujer les llevó la contraria a gritos. Se llamaba Ana Lucía y le decían «la comunista», porque sabía expresarse de manera especialmente combativa.
—¿Qué van a hacer en las canteras de Usaquén? —preguntó—. ¿Saben ustedes lo empinado que es ese terreno? Cuando llueve, el agua arrastra loma abajo la arena, las piedras y el barro, y con ellos los ranchos. Terrenos razonables allá no quedan hace rato. La gente se repartió hace mucho la tierra aprovechable. En vez de las canteras —dijo—, deberíamos invadir un lote en el sur de la ciudad. Las ventajas del sur pesan muchísimo más.
Pepe se acordó con espanto de su visita al cinturón de miseria del sur y del hueco de barro en el que se había hundido su esperanza de una casa propia. Pero también tenía claro que los adultos no pensaban en una invasión en el terreno cenagoso al pie de las lomas, sino arriba, en lo alto. Allá, donde los ranchos de Ciudad Bolívar ya habían trepado la cadena de colinas, lejos del centro, allá —decían— las condiciones eran favorables y el poder de la policía, limitado:
—Solo allá la policía no puede permitírselo todo —dijo otra mujer—. Los policías le tienen respeto a la gente. Miles se han asentado en esa zona y ninguno preguntó si a alguien le parecía bien o mal. La gente es combativa y no se deja del gobierno. Ciudad Bolívar: esa es la zona apropiada para una invasión. Allá tenemos buenas posibilidades de mantenernos.
—Tengan en cuenta también —intervino un hombre— que en el sur tenemos la mayoría de nuestros parientes y amigos. Ellos nos van a apoyar. Si los dueños de la tierra se defienden y llegan con abogados, policía y ejército, vamos a necesitar la ayuda de otros.
Eva María gateaba de un lado para otro por el suelo buscando a su mamá. Entonces Pepe la alzó y la paseó un rato. El argumento de que los invasores iban a depender del apoyo de otros le pareció convincente. También para los adultos fue ese pensamiento el que inclinó la balanza: acordaron preparar una toma de tierras en Ciudad Bolívar.
En las semanas siguientes los hombres exploraron la zona en cuestión. Al final se decidieron por un lote que quedaba en lo alto de una loma, por encima de los asentamientos de los Barrios Lindos y de las Lomas del Progreso. El dueño había cercado el terreno con alambre de púas. Un tablero grande advertía que aquello era propiedad privada: «Propiedad privada. ¡Prohibida la entrada!», decía el letrero.
—En ese lote —explicaron en el siguiente encuentro— caben por lo menos veinte casas.
Pepe y su familia no se perdieron ninguna de las reuniones que se convocaron durante las semanas siguientes. Unas veinte familias participarían en la toma de tierras. Surgían siempre preguntas nuevas. Se trataba de planear el nuevo barrio, la ubicación y el tamaño de las casas, el trazado de una futura calle, de un camino peatonal, pero también de una zona verde, un jardín infantil, un salón comunal que algún día se construirían.
—¿Y qué hacemos si nos quieren sacar?
—Tenemos que estar preparados para lo peor.
La toma de tierras
Pasaron semanas, el tiempo voló. Un día el padre llegó a la casa. Le susurró al oído a la madre y después también a Pepe «la consigna». Esa noche, explicó, se pondrían en camino, cada familia por su lado. Solo en el lugar de los hechos se encontrarían todos.
Ya había caído la oscuridad cuando salieron. Pepe se echó su bulto al hombro. A Don Jaime le habían prestado algunas herramientas. El bus que tomaron en la Avenida Caracas rumbo al sur iba repleto. A las malas lograron meterse. Eva María iba sentada en las piernas de la madre. Miraba con curiosidad hacia la calle y golpeaba el vidrio con sus manitas.
A Pepe le asombró que hasta en los barrios de las afueras las calles estuvieran bien iluminadas. Ahora la ciudad le parecía distinta de como era de día. La gente se mueve de otra manera, pensó. Está en guardia. Se observan unos a otros con desconfianza, como si en cualquier momento pudiera pasar algo malo.
Pronto surgió ante sus ojos el mar de luces de los barrios del sur. Se bajaron. Les habían asignado un camino de acceso propio. No debían llamar la atención ni lo más mínimo. De día el padre había explorado el camino que subía de la planicie a las lomas; conocía el terreno. Ahora iba adelante. Pepe y la madre apuraban el paso detrás de él. Cuando Pepe alzó a Eva María, se dio cuenta de lo pesada que se había puesto ya la niña. Entre ellos no se dijo una palabra. Pepe sudaba.
Mientras más avanzaban, más oscuro se ponía. Solo de vez en cuando una luz perdida echaba un resplandor turbio. A veces se les cruzaba una figura, hombre o mujer. No saludaban; miraban en cambio hacia un lado o hacia el suelo. Pepe iba tropezando detrás de la sombra del padre, que se le adelantaba. Oía cómo la madre jadeaba a sus espaldas.
—Ya casi llegamos —dijo el padre.
Dejaron atrás las últimas casas. Ahora subían por tierra blanda y llena de grietas. Pepe resbaló y alcanzó a sostenerse justo antes de caer.
De pronto, una voz: «¡Alto! ¿Quién vive?»
Un haz de luz brotó de la oscuridad; su claridad dolía en los ojos. El padre dijo su nombre.
—¿Y la consigna?
—Viva la esperanza.
—Bienvenido —respondió la voz, ahora más amable—. ¡Qué bueno que llegaron! La luz se apagó. De la negrura de la noche se desprendieron los contornos de un muchacho. Se les acercó, le dio a Pepe una palmada en el hombro y dijo:
—¡Dale, apúrense, hombre! Ustedes son los últimos. Queremos empezar de una vez. Pero antes tienen que presentarse allá arriba donde Ana Lucía.
A los pocos metros llegaron a la cima de la loma. Bajo los pies Pepe sintió una maleza de pasto espeso. Unos arbustos sueltos proyectaban sombras profundas. Contra el cielo se recortaban las siluetas de un montón de gente. La madre sacó un dulce del bolsillo y se lo metió a Eva María en la boca. Se quedaron ahí parados, en silencio, esperando. Todo el material de construcción que habían logrado conseguir, tablas, pedazos de zinc, vigas, cartón, costales, lazos y tubos de hierro, los invasores lo habían amontonado en pequeños cerros. La gente estaba apretujada.
—¡Serán unas ochenta, cien personas! —Pepe estaba asombrado—. Y un montón de niños.
—¡Por fin, por fin! —sonaba bajito e impaciente—. Allá está la «Registraduría» —rio uno con la voz contenida—. Háganse anotar, ¡dale, dale!
La señora Ana Lucía estaba parada en un punto elevado, de modo que sobresalía por encima de los demás. Tenía en la mano la lista con los nombres de los invasores. Con una linterna que sostenía apretada entre los dientes alumbraba el papel. Después regañó un poco:
—¡Muévanse! ¿Van a quedarse ahí perdiendo el tiempo hasta que salga la luna y todo el mundo pueda ver lo que está pasando aquí? Pero entonces le sonrió amable a Eva María. Detrás de sus nombres en la lista hizo un chulo. —¡Listo!
—¡Vamos entonces! ¡Manos a la obra! —gritó un hombre.
Todo lo demás fue muy rápido. La gente avanzó hacia el lote cercado. Ante el alambre de púas se detuvieron. Formaban ahora un frente ancho. Con tenazas, ganchos y barras derribaron la cerca en todo su largo. Sacaron a pulso los postes de madera de la tierra y los amontonaron. El tablero grande con el letrero «Propiedad privada» lo pusieron con cuidado a un lado. Serviría muy bien para techar un rancho. Trabajaban rápido y casi sin hacer ruido.
Pocos minutos después pudieron entrar al terreno sin obstáculo. Pepe dejó que el pasto alto se le deslizara entre los dedos y luego echó una mirada a las luces de la ciudad a sus pies. Sobre la cresta negra de las montañas una franja de luz fría anunciaba la luna que salía. Pepe vio cómo los distintos grupos se repartían por el terreno. Según un plan establecido, cada quien se orientaba por sus vecinos. Con pasos largos medían su terreno. Doña Ana Lucía iba y venía de prisa, daba instrucciones cortas, corregía, confirmaba, mediaba y de vez en cuando también se ponía brusca. Al final cada quien quedó contento con el terreno que había tomado.
Cada familia había recibido un lote; medía unos siete u ocho metros de frente hacia la futura calle y doce metros de fondo. Empezó entonces un ajetreo de idas y venidas, de martillazos, golpes y serruchos. Cuando clavaban en la tierra los postes de las esquinas de sus futuros ranchos, cubrían la madera con trapos para amortiguar los golpes fuertes. Con su machete el padre abrió cuatro huecos en un dos por tres. Pepe agarró los postes que habían sostenido el alambre de púas. Esos eran los postes de las esquinas de su vivienda. Eva María gateaba por ahí en cuatro patas; por poco Pepe se tropieza con ella. La madre trajo tierra suelta y pedazos de piedra que el padre apisonaba alrededor de los postes. Cuatro listones de madera clavados por encima le dieron firmeza a la construcción desde arriba.
—Con eso basta por lo pronto —dijo el padre, satisfecho—. Después les ponemos paredes con ventanas y puertas.
—Para el piso —agregó la madre— necesitamos tablas de madera. Yo ya sé dónde las podemos conseguir.
—Nuestra ocupación principal en los próximos meses —dijo el padre— va a ser traer hasta acá todo lo que sirva.
Entonces desataron los paquetes que habían cargado en la espalda loma arriba. Desenrollaron los costales y los tapetes y estiraron algunos sobre las vigas y el armazón de listones.
El padre miró al cielo: «Para un aguacero no podríamos estar peor preparados», dijo, y se rio.
Pero el cielo estaba sembrado de miles de estrellas y la luna echaba ahora una luz tan clara que se alcanzaba a abarcar todo el terreno con la vista. Algunas de las construcciones levantadas a las carreras formaban siluetas impresionantes; otras se veían bastante chuecas. Unos vecinos apenas habían demarcado su terreno y después habían tendido sobre viejas bolsas plásticas y cartones una cama de tapetes para la noche.
Las horas habían volado. Eva María se había quedado tirada en algún lado y se había dormido. También Pepe sintió de pronto cómo lo invadía el cansancio. Lo que quedaba de costales, telas y ropa lo tendieron sobre el suelo cubierto de pasto. Él se quedó todavía unos minutos boca abajo, apoyado en los codos, mirando hacia la ciudad, sobre la cual, en el horizonte, un pálido resplandor de luz anunciaba el nuevo día. Después se volteó, cansado, y quedó boca arriba.
Con la imaginación se pintó cómo sería su casa algún día. Por la puerta de entrada se llegaría a un cuarto grande, sala, comedor y dormitorio a la vez. A un lado, un paso llevaría a la cocina pequeña, y por su salida de atrás se llegaría a un patio interior y de ahí al baño. «Todo está pensado de la mejor manera», se dijo, «nuestra casa va a ser sencilla, práctica y acogedora.»
Primero levantarían la casa con madera, cartón y zinc. Eso tenía que hacerse a toda velocidad. Porque solo si quedaban listos antes de que llegara la policía tendrían alguna posibilidad de mantenerse. Después reemplazarían las paredes de madera y de lata por muros firmes. Traerían piedra por piedra, levantarían el muro pedazo por pedazo. Usarían ladrillos, de esos que en las partes bajas de Ciudad Bolívar se moldeaban a mano y se cocían en hornos grandes hechos de piedras apiladas.
Pepe sintió cómo su cuerpo se volvía liviano y el sueño se lo llevaba. Desde lejos oyó un grito, una voz asustada de niño. Estaba contento, se sentía tranquilo y confiado. Aquí tendrían un buen hogar, y también espacio suficiente para un perrito.
La defensa
Amodorrado, Pepe se zafó de las cobijas y al hacerlo empujó a un lado a Eva María, que dormía pegada a él. Los papás habían desaparecido. Por todas partes había movimiento. Pepe se restregó los ojos y luego se metió entre los hombres. Mientras trabajaban casi sin respiro, no perdían nunca de vista los alrededores. Pero no se veía nada que pudiera inquietarlos. Solo los habitantes de las casas más lejanas miraban de vez en cuando hacia allá con curiosidad.
Todo el que no hacía falta salía a rebuscar. Después subían por la ladera todo el material de construcción aprovechable que lograban encontrar. Por la tarde llegaron niños del vecindario. Al principio se quedaron ahí parados, aparte, como apenados. Pero después se fueron acercando y empezaron a hablar con los hijos de los invasores. Al anochecer subieron unos cuantos adultos, «invasores» de otros tiempos. Consejos no faltaron. Uno trajo rodando un tanque viejo que serviría de depósito de agua.
El agua para tomar la tenían que conseguir las mujeres y los niños. Abajo habían encontrado una llave de agua pública. Había que hacer una fila larga para que a uno le llegara el turno, porque las casas de toda esa zona no tenían conexión de agua propia. Poco a poco los niños llenaban baldes y canecas plásticas. Los recipientes se colgaban de varas largas que cargaban al hombro, de a dos.
Los vecinos traían lo que podían ceder: tubos de hierro, tablas, bolsas plásticas, cartones, alambre, lata. Cada minuto era valioso. Para comer casi no quedaba tiempo. Al final prendieron una fogata. Algunas mujeres prepararon una comida sencilla para todos. En una olla grande cocinaron arroz. Los vecinos trajeron unos huevos y unos plátanos. La junta directiva de los invasores recogió plata para las compras comunes. Pusieron puestos de guardia; día y noche los vigilantes debían estar alerta.
Para sorpresa suya, nadie los molestó. No pasó nada; también el segundo día transcurrió tranquilo. Algunos ya creían que los iban a dejar en paz. Pero en la mañana del tercer día aparecieron unos policías. Desde muy lejos se los vio venir: tres hombres armados. Se detuvieron a cierta distancia y después avanzaron hacia los pobladores.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó uno de los policías—. ¿Con qué derecho cortaron la cerca? ¿Son ustedes los dueños de este lote o alguien les regaló el terreno?
Querían ver papeles, certificados que los autorizaran a poblar el lote. Los policías sabían perfectamente que no existía ningún documento así. Volaban de un lado a otro los reproches y las reprimendas. Pepe estaba parado entre los hombres y las mujeres, que por turnos les gritaban a los uniformados. Al cabo de un rato los policías se fueron. Por la tarde el dueño mandó una nueva delegación, compuesta por dos abogados con guardaespaldas y otros dos policías.
Uno de los juristas dijo: «¡Lárguense ya mismo de aquí! Tienen dos horas de plazo. El que se niegue, que se atenga a penas severas.»
Los hombres llevaban vestidos grises. Al subir se habían embarrado los zapatos. Pepe estaba ahora en la primera fila de los invasores. Oyó cómo los abogados hablaban de perturbación del orden público, de robo y de violencia. Delitos así se castigaban con multas altas y con cárcel, aseguraban. Y si el conflicto no terminaba por las buenas, había que contar con algo todavía peor. Más de una invasión había terminado a bala.
—Si no quitan por las buenas sus montones de madera y de lata —amenazaron los juristas—, los bulldozers se van a llevar toda esa porquería.
Desde entonces miraron hacia el valle con más preocupación todavía. El cuarto día no pasó nada. El quinto día los vigilantes dieron la alarma a primera hora. Un pelotón de policías se acercaba. Los invasores dejaron todo tirado y se juntaron de prisa. Pepe corrió hasta el punto desde donde mejor se dominaba con la vista el acceso a su lote. Y ahí vio a los uniformados: subían despacio por la ladera. A algunos de ellos los halaban perros jadeantes sujetos con correas largas. ¡Peligro! Pepe sintió cómo le latían las sienes. ¿Lograrían mantenerse? Los pensamientos le daban vueltas en la cabeza.
De un momento a otro Doña Ana Lucía dio un paso al frente. Su voz sonó clara y tranquila: «Llegó la hora, compañeros. ¡A sus puestos!»
Los invasores formaron un círculo alrededor de sus ranchos. Adelante del todo se pusieron los niños y las mujeres. Pepe miró hacia su mamá. Tenía a Eva María alzada. Su cara estaba pálida. Detrás de las mujeres y los niños estaban los hombres. Tenían en la mano machetes, pedazos de madera y tubos de hierro.
Ahora los policías venían trepando por el borde del barranco. Sus perros gruñían y enseñaban los dientes. Los uniformados se detuvieron y apoyaron los fusiles en el suelo, delante de ellos.
—¿Quién es el vocero de ustedes? —gritó el jefe de los policías. Cuando Doña Ana Lucía dio un paso al frente, una sonrisa burlona le cruzó la cara. —A ustedes ya se les advirtió —dijo, amenazante—. ¿Por qué siguen todavía aquí?
—Estamos aquí —dijo Ana Lucía— porque no tenemos otra opción. Nos tomamos esta tierra porque queremos sobrevivir.
—¡Ustedes se robaron esta tierra!
—¡Mentira! El lote estaba baldío. Nos apoderamos de él. En defensa propia. El dueño puede soportar la pérdida. Nosotros, en cambio, dependemos de ella.
—¿«Defensa propia»? ¡No me haga reír! Vagos es lo que son, ¡ladrones de tierra! Se metieron con la propiedad ajena.
—No toda propiedad es igual —dijo Ana Lucía con calma—. El que compra lotes, los cerca y espera a que se pongan cada vez más caros se está aprovechando de la necesidad de la gente. Esa propiedad es ilegítima. Explota a los pobres. Contra eso debería actuar la policía.
—¡Bobadas! —gritó el uniformado—. Lo que ustedes predican significa arbitrariedad y caos. El dueño de este lote es un hombre honorable, un hombre con influencia en los círculos políticos más altos. Ya ha urbanizado muchos barrios. La gente le está agradecida. Pueden estar seguros de que en este conflicto él no va a ceder. Pepe notó que el policía se ponía cada vez más bravo. Furioso, sacudió la cabeza: —¡Se acabó! No tengo tiempo para seguir oyendo su palabrería.
—De aquí no nos saca nadie, por lo menos no vivos —replicó Ana Lucía con firmeza—. No tenemos nada que perder.
Entonces los policías echaron mano de sus bolillos. —¡Dale, muéstrenle a esta chusma! —gritó el teniente—. ¡Fuera esa escoria! ¡Jíbaros, gentuza! Les vamos a sacar el humo de sus cuevas de marihuana y de basuco.
Los perros de la policía gruñían y jalaban las correas. Pepe alcanzó a ver el blanco de sus dientes al descubierto y los hilos de saliva que les goteaban de las fauces. La tropa se acercaba más y más. A Pepe le daban miedo las caras cerradas de los policías: eran caras torvas, decididas a todo.
Los niños y las mujeres se apretaron todavía más unos contra otros. Cada uno sentía el miedo y el temblor del otro. Justo delante de ellos los policías se detuvieron.
—¡Sigan, sigan! —gritó el joven oficial de policía.
Los uniformados dieron unos pasos más. «A unos bebés y unos niños no les podemos echar los perros», dijo uno en voz baja.
—¡Maldita sea! ¿No oyen lo que les estoy diciendo? —gritó el comandante todavía más duro—. ¡Dale! Nadie se movió. —Es una orden. ¿O quieren terminar en la cárcel?
Ni un movimiento; la tensión era insoportable. Pepe respiraba a sacudidas. Ahora se va a desatar el infierno, pensó.
El joven comandante de la policía corría de un lado para otro, pateaba la tierra con la bota y soltaba insultos: —¡Mierda! ¡Hijos de puta! De pronto se detuvo; pareció recapacitar. —¡Atrás, sin marcar el paso! —dijo con voz fría—. ¡Marchen!
Los uniformados no se hicieron repetir la orden. Despacio se fueron alejando.
Al borde del barranco el jefe se dio vuelta y gritó: «¡No se hagan ilusiones! Nos vamos por ahora, pero de ganar todavía están muy lejos. Mañana es otro día. ¡Volvemos, chusma, montón de muertos de hambre!»
Desaparecieron hacia abajo. Los invasores no se movieron del sitio. Nadie dijo una palabra. Silencio. Y entonces, un grito. Sonaba como tormento y como carga que uno se quita de encima, como alivio después de una tensión insoportable, como lamento y júbilo a la vez. El hechizo se rompió. Ahora les brotó a todos. Reían, saltaban, lloraban y se abrazaban. Pepe abrazó a una niña que estaba a su lado, la hizo girar en el aire hasta que los dos cayeron al suelo riéndose.
La construcción
En los días siguientes no se dejó ver ni un policía. Pero más adelante los abogados del dueño de la tierra, con sus guardaespaldas, volvieron a aparecer en escena. Querían negociar, repartir el lote y vender las parcelas por separado. De esa manera el «proceder ilegal» de los invasores quedaría «legalizado» después de los hechos. Pero nadie estuvo dispuesto a aceptar esa oferta. De todos modos no habrían podido pagar el precio que pedían.
En cambio concentraron todas sus fuerzas en el trabajo de construcción. Mientras mejor avanzaban, más seguros se sentían. Al cabo de medio año el asentamiento seguía viéndose miserable, pero ya se dibujaba cierto orden. Los ranchos estaban pegados los unos a los otros. La mayoría tenía la altura de una pieza; solo unos pocos tenían dos pisos. Estaban armados con tablas de madera. Las láminas de zinc detenían más o menos la lluvia, y unas piedras impedían que el viento se llevara las latas y el cartón alquitranado. Los huecos de las ventanas estaban tapados con bolsas plásticas. El agua sucia que quedaba de cocinar y de lavar corría hacia la «calle» y se filtraba en la arena. Baños no había. El que tenía que hacer sus necesidades buscaba un sitio apartado donde nadie lo viera.
La dirección de la comunidad, un grupo de cinco personas, la elegían de nuevo cada dos años. Ana Lucía presidía esa junta directiva. Con el tiempo se fue formando entre ellos un sistema propio de justicia y de control: a las familias que no se querían someter al orden se las citaba, se las amonestaba y, llegado el caso, se las expulsaba; tenían que empacar sus corotos y largarse. Sobre la admisión de familias nuevas decidía toda la comunidad. A nadie se le podía molestar por su posición religiosa o política. Estaban orgullosos de su tolerancia y de su liberalidad. Pero cuando en un matrimonio había peleas grandes, el cuerpo directivo entraba en acción y volvía a juntar a los enemistados con una presión más o menos suave. Los maridos que se metían con otras mujeres tenían muy pronto a toda la comunidad en contra. Las mujeres eran más orgullosas que en otras partes. Sabían que sin ellas aquella comunidad nunca habría existido. Un cuidado especial les dedicaban a los niños. Dos mujeres jóvenes arreglaron el primer piso de un rancho como jardín infantil. «Los niños», decían, «algún día tienen que estar mejor que nosotros.»
Después, al mirar atrás, aquellos primeros años se les transfiguraron y olvidaron las fatigas y las peleas de verdad. Cuando se acordaban, decían: «Esa fue la época en la que los vecinos se trataban como amigos. Como hermanos compartimos la escasez y la incertidumbre, las esperanzas y los reveses, las decepciones y los éxitos.» Así convirtieron aquella época en un tiempo de confianza y de felicidad. Los mayores decían entonces: «Esos fueron nuestros mejores años.» Entre los ranchos jugaban los niños. Con pedazos de madera las niñas armaban muñecas. Los muchachos, con sus tenis Adidas y Nike de imitación, se echaban al hombro palos como si fueran fusiles y jugaban a ser policías que sacaban a los pobladores de tierras invadidas ilegalmente. Algunas familias habían puesto estufas pequeñas al aire libre y ofrecían empanadas fritas en aceite, chicharrón y morcillas pequeñas asadas, rellenas de arroz y tocino. De los ranchos salía música hacia la calle: vallenatos, tangos, rancheras.
A unos cientos de metros de su terreno pasaba una línea de energía. Eso desafió el ingenio de los que conocían los secretos de la electricidad. No pasó mucho tiempo y ya se habían colgado de un cable. Por fin pudieron disfrutar a plenitud las bendiciones de la civilización que la red de los canales de televisión públicos, y sobre todo de los privados, derramaba sobre todo el país. Pronto se veía una antena encima de cada rancho. Más tarde llegaron obreros de la empresa de energía y cortaron las conexiones. Pocas horas después los cables estaban conectados otra vez. Quitar y volver a colgar los cables se convirtió en un juego cuyas reglas ambas partes, los invasores y los electricistas, cumplían con fervor y con la mayor calma.
Pepe, que había nacido y crecido en «tierra caliente», solo con dificultad se acostumbraba al frío y a la mucha lluvia de la sabana. En la temporada de lluvias, que les caía encima por lo menos dos veces al año, el camino entre los ranchos se convertía en un barrizal.
—¿Cuándo se acaba la temporada de lluvias en Bogotá? —preguntó Pepe.
—En Bogotá casi siempre es temporada de lluvias.
Todos sufrían con el frío. Cuando llovía, la temperatura bajaba en seguida, y de noche hacía un frío helado. A la larga sus viviendas no resistían la intemperie. Por los techos y por las paredes laterales entraba el agua. Primero solo goteaba; después corría a chorros. Todo se mojaba. A veces pasaban semanas hasta que la ropa y las cobijas volvían a secarse de verdad. Cuando Pepe se iba a acostar, la ropa de cama se sentía húmeda. Los aguaceros de la sabana podían inundar la tierra en pocos minutos. Entonces quedaba un caldo café en el piso de los ranchos. Abrían zanjas para desviar el agua. Pero nadie podía impedir que la tierra sobre la que vivían se empapara y se ablandara de humedad. Eva María empezó a toser. Se frotaba las manitas frías y tenía los labios morados. Así seguía durante muchos meses del año. Solo en diciembre y en enero, cuando el sol secaba las lomas y calentaba la tierra, los niños se sentían a gusto y sanos.
El resto de la construcción de las casas avanzaba con mucha lentitud. Con tablas el padre y Pepe habían hecho una mesa y dos bancas. Armarios no había. En vez de eso clavaban puntillas en las paredes y ahí colgaban la ropa. Encima de su cama Pepe había pegado dos afiches. Uno, que llevaba el letrero «Sylvester Stallone», mostraba a un hombre de músculos poderosos; el otro, a un muchacho en patineta que daba una voltereta en el aire. Encima de la cama de los papás colgaba la imagen de Jesús con la mano que bendice y el corazón abierto. En el travesaño de la puerta había un cactus reseco; la madre lo había clavado ahí. Como se ha hecho desde siempre, protegería la casa de todo mal y a sus habitantes de las enfermedades, había dicho ella. Cocinaba en una vieja estufa de gasolina de la que a veces subían las llamas. Era un aparato peligroso. «Tenga cuidado», decía el padre, «no se nos vaya a quemar el rancho.»
El material de construcción con el que los invasores poco a poco arreglaban y reforzaban sus viviendas había que traerlo de muy lejos. Todo era caro, sobre todo los ladrillos cocidos a mano, y ellos tenían poca plata. Aun así, con el tiempo fueron desapareciendo la mayoría de los ranchos de tabla; ojo, no todos. Les dieron paso a casas de ladrillo que parecían bloques cuadrados de juguete. Los huecos de las ventanas de los ranchos de madera quedaban sin protección; los de las casas de ladrillo los dotaron de rejas de hierro. De los techos planos y de las vigas de concreto sobre los muros exteriores color arena sobresalían hacia arriba varillas oxidadas. «Más adelante», decía la gente, «vamos a seguir construyendo. Entonces le ponemos un segundo piso y tal vez también un tercero. Eso depende de cuántos hijos tengamos.»
En efecto, las casas tenían tantos más pisos cuanto más numerosos eran los hijos y los nietos que tenían que caber en ellas: las casas crecían con el número de hijos. «Es bueno», decía la gente, «tener muchos hijos. Porque lo que nosotros no logramos, algún día lo van a alcanzar nuestros hijos.» Algunas familias abrieron un negocio en el primer piso de su casa: por ejemplo una cantina, un puesto de venta de pan y carne o un taller donde se arreglaban zapatos o electrodomésticos. Entonces se pasaban a vivir al segundo piso, encima de su local.
En cuanto a la pavimentación del camino, tuvieron que esperar mucho tiempo. Cuando por fin llegó el día en que la calle se cubrió de asfalto negro y humeante, los vecinos se reunieron, los niños adelante, y siguieron con gran curiosidad aquel espectáculo que les cambiaba el mundo. Los tubos para las aguas negras los consiguió un político, gratis. Poco antes de las elecciones al concejo de la ciudad había aparecido y les había pronosticado a los habitantes de las invasiones del sur una mejora de su situación y un futuro brillante:
—Allá abajo vamos a construir una vía —explicó—. Todo el tráfico que conecta los Llanos y el valle del Magdalena con Bogotá va a pasar, por decirlo así, por la puerta de su casa. Ustedes van a aprovechar esa oportunidad. Si abren tiendas, talleres y restaurantes, la riqueza les va a llegar sin que nada la detenga.
La gente lo escuchó, sonrió un poco y en las elecciones le dio su voto. Las zanjas para poner los tubos las abrieron ellos mismos. Al final consiguieron también la conexión a la red de acueducto de la ciudad. Escrituras de propiedad de sus parcelas, y con ellas la seguridad de no ser desalojados, no las obtuvieron nunca. Sencillamente dejaron de hablar del tema.
Visto en conjunto, en aquel tiempo vivieron de verdad una buena época; la discordia solo vino después. Al principio el cambio se notaba únicamente en que les pusieron rejas a las ventanas. Con el tiempo olvidaron su principio de no molestar a nadie por su opinión política. Empezaron a pintar de distintos colores el frente de sus ranchos y las puertas de sus casas; unos usaban el rojo, los otros el azul. Con el color azul se daban a conocer como «conservadores», con el color rojo como «liberales». Eso no tenía nada que ver con su convicción personal. Más bien se sentían liberales porque sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos habían votado por los liberales, y para los otros, los seguidores del partido conservador, valía lo mismo. Lo que los separaba no eran las diferencias de opinión política; esas existían de sobra y se habría podido discutir a gusto sobre ellas y al final volver a llevarse bien. Mucho más hondo los separaba el hecho de que sus antepasados liberales o conservadores, en una guerra atroz que había estallado una vida humana antes, se les habían echado encima a sus adversarios conservadores o liberales y los habían matado o expulsado.
Pepe no entendía el trasfondo, pero escuchaba cuando los adultos hablaban de aquella época. «En la Violencia, la guerra civil», decían, «los liberales mataron a las familias de los conservadores. Y los conservadores mataron a las familias de los liberales. Aparte estaba el ejército, y ese se echó tanto a los unos como a los otros. En esa época nadie podía salir a la calle sin miedo, el peligro acechaba en todas partes. No podías confiar en nadie. Los unos les cortaban la cabeza a los otros y tiraban los cuerpos al río.»
Las sombras del pasado se hicieron más profundas. Con el tiempo sus esperanzas se hicieron más pequeñas.
Celador
Día tras día el padre salía a buscar trabajo en la ciudad. Solo el viaje de ida duraba dos horas penosas; el de regreso, muchas veces más. Cansado y decepcionado llegaba a la casa por la noche. Rara vez tenía suerte. Una vez lo contrataron de suplente como celador. Tuvo que meterse en un uniforme café de corte militar y ponerse una gorra con una placa de metal. Le dieron una escopeta vieja y un pito. Durante la noche debía soplar duro el pito cada diez minutos: para advertirles a los ladrones y para probarles a sus patrones que no se había quedado dormido. Así equipado, cuidaba una fila de casas cerca del Unicentro, en el norte de la ciudad.
Después de las noches en vela llegaba a la casa al final de la mañana, cansado y helado. Dormía entonces hasta pasado el mediodía, y al caer la tarde volvía a ponerse en camino. La plata que llevaba a la casa no le alcanzaba a la madre ni siquiera para comprar la comida de una semana.
—¿Cómo —decía el padre con amargura— va uno a mantener a una familia con este sueldo de hambre? No me quieren dar ni un centavo más. Para vivir es muy poco, para morirse es demasiado.
Pepe —así lo creía la madre— debía volver por fin a la escuela. A media hora de camino a pie de Bello Horizonte, en Lucero Bajo, unas hermanas de la orden del Sagrado Corazón de Jesús habían levantado un centro comunitario con una escuela. Allá lo mandó.
Pepe se resistió: «¿Qué voy a hacer yo sentado en el mismo pupitre con niños chiquitos?» Le parecía que sabía leer y escribir suficientemente bien. En las cuentas prácticas para el uso de la casa se sentía de todos modos un maestro. Así que se puso a buscar razones para poder faltar a las clases.
—En la casa —le dijo a la madre— un hombre es indispensable, ¿cierto?
Por la mañana subía el agua, al mediodía ayudaba a cocinar, y también en lo demás estaba siempre dispuesto, para asombro de sus papás, a prestar toda clase de ayuda.
Cuando el padre volvió de todos modos a sacar el tema de la escuela, él dijo: «¿Usted sabe cuánto cuesta un uniforme de colegio? ¿Y los cuadernos y los libros y los esferos y los lápices? ¿Con qué vamos a pagar eso?»
De hecho, la plata que ganaba el padre no habría alcanzado para eso. Le daba rabia recibir apenas una limosna a cambio de entregar todas sus fuerzas. Una salida de aquella desgracia no la veía.
—Yo soy campesino —dijo resignado—, un hombre acostumbrado a vivir como hombre libre. ¿Por qué tengo que conformarme con que me traten como a un esclavo?
Pepe veía que su padre se ponía cada vez más pálido y más flaco. Caminaba algo encorvado y el gris de su pelo se le notaba más. Ahora pasaba que a veces renunciaba al viaje a la ciudad y se quedaba más tiempo en la cama por la mañana. Después se levantaba de mal genio y se iba a encontrar con los hombres del vecindario. Se quedaban horas parados frente a un rancho que un vecino había arreglado como cantina improvisada, discutiendo y tomando cerveza.
El Divino Niño
Cuando Pepe iba al centro, no se subía al bus por la puerta de adelante; quería ahorrarse el pasaje. El que subía por delante tenía que pasar junto al conductor, y el conductor cobraba la plata. Así que Pepe esperaba a que los pasajeros salieran por la puerta trasera, para meterse adentro como un rayo, antes de que la puerta volviera a cerrarse.
Por las calles del centro Pepe andaba horas enteras, subía la Carrera Décima hacia el norte y doblaba hacia el oriente por la Avenida Jiménez. Después se abría paso entre la muchedumbre más apretada de la Séptima, hasta llegar a la Plaza Bolívar. En el camino se detenía ante una vitrina y otra y contemplaba admirado lo que exhibían: equipos de sonido, ropa y vestidos, electrodomésticos y montañas de dulces.
En cada esquina y en cada cruce veía niños trabajando: niños que vendían bananos, mandarinas, periódicos y cigarrillos. —¡Marlbóro, Marlbóro! —gritaba una niña. Iba caminando entre los carros, que se represaban en el cruce hasta que el semáforo volvía a ponerse en verde.
También unos cuantos muchachos aprovechaban esos pocos minutos para limpiar los vidrios de los carros con agua y con trapos que habían amarrado a unos palos. Después les pedían a los conductores unos pesos.
Entre los vendedores ambulantes que ofrecían libros viejos y revistas, peinillas y pañoletas de colores, juguetes y correas de cuero había muchos niños, y también donde se parqueaban los carros trabajaban niños de cuidanderos. Pepe vio cómo un muchacho metido en un vestido gris de polvo que le quedaba enorme, y que cojeaba de una pierna, blandía su bastón por el aire como si quisiera ahuyentar a los ladrones que se atrevieran a acercarse a 'su' carro.
De vez en cuando Pepe se encontraba también con niños que llevaban cajitas de madera bajo el brazo. Uno de esos muchachos les gritaba a los transeúntes: «Hola, señores. ¡Ya es hora de que se embolen los zapatos! ¿Cómo así, que no tiene tiempo? Mire nomás lo sucios que están sus zapatos. Eso da mala impresión. Con los zapatos sin embolar uno no consigue nada. ¡Debería cuidar más su presentación!»
Rápido apareció alguien a quien esos argumentos le parecieron razonables. Un señor elegantemente vestido puso un pie sobre la cajita de madera y esperó a que el embolador tuviera listos los trapos y los cepillos pequeños, la crema y una botella de agua. El cliente se recostó contra la pared y desdobló un periódico. Hasta que no quedó nada de polvo, el cepillo del muchacho voló de un lado para otro tan ligero que Pepe apenas alcanzaba a seguir los movimientos de sus manos. Después le aplicó crema en abundancia. El muchacho se enrolló un pedazo de tela en el índice, el corazón y el pulgar, y ahora trabajaba la crema contra el cuero, primero con la tela y después con la pura palma de la mano. Entremedio le echaba un poco de agua y luego su propia saliva a la superficie brillante. Entonces pasó un trozo de tela sobre los zapatos y lo hizo sonar con un chasquido. Frotaba y sacaba brillo con tanta destreza y tanta rapidez que Pepe se quedó asombrado. A los pocos minutos el calzado parecía nuevo.
—Quinientos pesos —dijo el muchacho. El billete se lo metió en el bolsillo de atrás.
Todos los niños trabajan, pensó Pepe. ¿Por qué no puedo ganar plata yo también? ¿Pero cómo empezar? Los cruces con semáforo, los puestos buenos para los negocios rápidos, ya estaban ocupados en firme. Los adultos y los niños que trabajaban allí no iban a aguantar a ningún intruso. Van a defender sus puestos de trabajo y me van a echar, se dijo Pepe. Y lo mismo valía seguramente para los sitios que los emboladores se habían repartido entre ellos. ¿Qué le quedaba entonces?
Pronto se le presentó una buena ocasión. «En el Barrio Buenos Aires —le contó un muchacho del vecindario— hay un padre. Ese ayuda a los niños. Les consigue trabajo.»
Un día Pepe se puso en camino para allá. Preguntando llegó hasta el padre, y este lo invitó a quedarse. «Aquí puede comer algo —le dijo—, y también puede volver. Aquí se reúnen muchos niños.»
Pepe le describió su situación. «En la casa nos toca ayudar entre todos —dijo—. La plata que gana mi papá no nos alcanza para vivir.»
Al despedirse, el padre le pasó un montón de tarjeticas con estampas. «Las puede vender en la ciudad —le dijo—. Lo que gane es suyo. Cuando necesite más estampas, vuelve. Las primeras se las regalo, las siguientes me las tiene que pagar.»
En el camino Pepe se puso a mirar las estampas: «Carnet del Divino Niño Jesús», decía en ellas. En la cara de adelante estaba pintado un niño pequeño, parecía un ángel. Unos cuatro años, calculó Pepe, debía de tener el Niño Jesús cuando le hicieron esa imagen. Llevaba una túnica roja y suelta, tenía una aureola dorada sobre la cabecita y alzaba los brazos al aire, alegre. «Divino Niño —leyó Pepe en voz baja el texto de la tarjetica—, acompáñame en todos mis caminos y en mi trabajo y protégeme del mal y de las enfermedades.»
Los primeros intentos de vender el «Carnet del Divino Niño Jesús» fracasaron. Pepe se paraba en los sitios donde la gente se subía a los buses. Pero nadie estaba dispuesto a comprar una estampa. A sus amigos les escondió con qué quería ganar plata. Cuando por la noche llegó a la casa desanimado, la mamá supo qué aconsejarle.
Al día siguiente Pepe se subió a un bus grande. Al conductor le regaló una estampa. —«Acompáñame en mis viajes» —le leyó Pepe al hombre, y le dijo—: Eso le sirve harto, ayuda contra los accidentes.
Después reunió todo su valor y le dio un «carnet» a cada uno de los pasajeros. —Señoras y señores —dijo tan duro que su voz tapó el ruido del motor—, permítanme decirles una cosa. Solo son unos pocos minutos. —Con alivio se dio cuenta de que la voz apenas le temblaba un poquito y de que la gente de verdad se volteaba hacia él—. A todos ustedes les he dado un carnet. Este es especialmente importante para ustedes, es, por decirlo así, indispensable. Si lo llevan consigo, no les puede pasar nada malo. Están bendecidos. Créanme: cuando otros se quedan atascados, ustedes salen adelante. Cuando otros pierden toda esperanza, ustedes pueden sacar ánimo nuevo. Todo eso y mucho más lo hace el carnet del Divino Niño Jesús. No deberían olvidarlo nunca en la casa. Él los va a proteger.
Sin atascarse y sin olvidar nada, Pepe había recitado el texto que se había aprendido de memoria; respiró hondo. La gente se puso a mirar el tesoro que tenía en las manos. Unos quedaron impresionados, otros un poco desconfiados. —Les pido que me entiendan —siguió Pepe— si les pido una pequeñez. ¿Cuánto? Eso está en ustedes. Decidan ustedes mismos lo que quieren dar por esta estampita bendita. Cada peso es bienvenido para mí.
A Pepe le pareció que la mayoría lo escuchaba con buena voluntad. —Con la venta de esta cosa buena y útil —dijo— me gano la vida. En vez de robar y de estafar, prefiero vender la bendita estampita del Divino Niño Jesús. —Algunos pasajeros asintieron con aprobación.
Después de una pequeña pausa Pepe agregó: —Les deseo un buen viaje y un día provechoso. ¡No se les olvide llevar siempre su carnet consigo!
Entonces Pepe pasó por entre las filas. La mayoría de los pasajeros le dio algo: diez, veinte, cincuenta, algunos hasta cien pesos. Solo unos pocos miraron para otro lado. A los que no pagaban nada, Pepe les quitaba otra vez la estampa. En pocos minutos terminó, dio las gracias y se bajó de un salto. Al otro lado de la calle le hizo señas a un bus que iba en sentido contrario. Allí repitió la función.
De vez en vez Pepe se fue sintiendo más seguro y más hábil. Por cada recorrido en bus recogía en promedio de doscientos a trescientos pesos —una ganancia considerable—, y en medio día llegaba sin problema a dos mil o tres mil pesos.
Una vida de mierda
Las monedas pequeñas Pepe las cambiaba por billetes de mil pesos. Cuando llegó a la casa, alisó los billetes con cuidado y los extendió con cariño sobre la mesa, uno al lado del otro.
El padre callaba para adentro. Se había pasado el día buscando trabajo, en vano. Cansado, apoyó la cabeza en las manos. —No hay nada que hacer —dijo con amargura—. Horas enteras metido en el bus, días enteros caminando de aquí para allá, rogando por un trabajo. Le cierran a uno la puerta en las narices. Y si tengo suerte, me mandan a hacer cualquier trabajo asqueroso. Al final me pagan una miseria.
El padre estaba abatido. Hacía poco Pepe todavía lo tenía por el hombre más fuerte del mundo. Qué miserable y qué débil se veía ahora. Cuando Pepe se sorprendió a sí mismo con ese pensamiento, le dio pena y tristeza.
—A la larga —siguió el padre— eso no lo aguanta nadie. Me tocó reemplazar a un jardinero. Al hombre lo habían sacado porque se había herido. Me hicieron entrar a la casa por el garaje. Allí había dos carros. En el Mercedes negro van a la ciudad a hacer mercado, en el Range Rover se van los fines de semana a tierra caliente. En las salas: muebles pesados y caros, alfombras finas y cuadros. Después salimos al jardín interior. Allí tienen tres perros bóxer, unos animales gigantescos. Y yo tenía que arrodillarme en el suelo y cortar el pasto con el machete, hora tras hora, hierbita por hierbita. Tenía que rebajarme y humillarme, yo, que estaba acostumbrado a recorrer a caballo mis propias tierras, yo, que crié ganado y sembré la verdura que nos daba de comer. De rodillas tenía que arrastrarme por el pasto donde cagan los perros.
El padre hablaba alterado e indignado, lleno de rabia contra Dios y contra el mundo. Estaba tan impotente como el que quiere quejarse mientras nadie lo escucha.
—Los ricos —siguió después de una pausa— creen que son mejores. Como les va mejor, se sienten superiores. En realidad lo único que han tenido es más suerte.
Pepe volvió a recoger los billetes de la mesa. Se los dio a la mamá. Ella los escondió debajo de la cobija sobre la que dormía de noche junto con Eva María. El padre miraba al frente, sombrío.
Al cabo de un rato dijo: —Me siento como un perro al que espantan a patadas y al que en el mejor de los casos le tiran un hueso apestoso.
La noche siguiente la mamá, Eva María y Pepe estuvieron sentados juntos un buen rato esperando al padre. —Se fue poco después del mediodía —dijo la mamá—. De pronto se encontró con sus amigos.
Miraban el reloj por turnos. Al final Pepe salió a buscarlo. Encontró al padre frente a la «Fuente de Cerveza: Nueva Vida», una caseta torcida donde los hombres tomaban cerveza y aguardiente, y los niños Manzana Postobón, Colombiana y Coca Cola. Los hombres estaban de buen humor, a sus pies se amontonaban las botellas vacías.
—¡Ahí está! —gritó el padre. Le hizo señas a Pepe para que se acercara, como si lo hubiera estado esperando—. Este es mi hijo. ¡Mírenlo! Es un suertudo. Tiene un puesto fijo y trae buena plata a la casa. ¿No es bien trabajador? —Le dio una palmada a Pepe en el hombro—. Venga, siéntese, mijo, tómese un trago.
Pepe se sentó en un banquito. La cerveza sabía amarga.
—Cuéntenos, muchacho —dijo uno de los hombres—. ¿Y cuánto gana usted? ¿Y en qué trabaja, pues?
—Ay, tampoco es tanto —dijo Pepe. Sintió que le ardía la cara—. Toca es esforzarse, nada más.
—Claro, claro —contestó el hombre, animado—. Qué bueno tener hijos trabajadores y que les vaya bien.
—Miren a los jóvenes de hoy —metió baza otro hombre—. Andan de vagos, viven a costillas de los papás, y si uno les exige algo, contestan con groserías.
—¡Si fuera solo eso! —intervino un tercero del grupo—. La mayoría no solamente son groseros, sino además criminales. Andan de perezosos por ahí. Por la noche salen, se meten a robar en las casas y atracan a la gente en plena calle.
—¡Así es! —dijo el primer hombre—. ¡Nada más de acordarme de mi hijo mayor! Pájaro, quince años tiene y ya es tan conocido como un pájaro de colores. Antes era un muchacho juicioso. Los domingos ayudaba en la misa. Nos ayudaba en la casa, y en el barrio tenía muchos amigos. —Pepe le veía los surcos en la cara al hombre—. Pero así son las cosas: apenas cumplió doce, trece años, ya les había copiado a sus compinches los vicios de siempre. Empezó a fumar marihuana, a chiflarles a las muchachas y a meterles la mano por debajo de la falda. Por esa misma época se fue volviendo cada vez más rebelde en la casa. Estaba dispuesto a todo, menos a echarle una mano a la mamá.
El hombre miró a los que lo rodeaban: —¿Qué saben ustedes de la pena de un padre? —Tomó un trago y siguió—: No pasó mucho tiempo y empezó a robar. Yo ya no tenía ninguna influencia sobre él. Con sus amigos salía a robar por ahí. Así juntaban alguna plata. ¿Y saben qué fue lo primero que se compró? Un revólver. ¡Un muchacho de quince años con un fierro! El fierro estaba viejo y oxidado, pero él estaba orgulloso. Se lo mostró a todos los amigos y se pavoneaba delante de las muchachas. Cuando ellas se asustaban, él se reía.
Pepe estaba pendiente de los labios del hombre.
—Una noche —siguió contando— su amigo Pacho le habló: «Oiga, Pájaro —le dijo—, yo lo invito: esta noche hacemos un trabajito. ¡Véngase!» Mi hijo no dudó ni un instante, lo fuera de lo común siempre le llamó la atención. Al otro día los volvimos a ver, andaban por el barrio en una moto. Subían y bajaban la calle a toda velocidad. Y le metían al motor tanto ruido que nadie podía hacerse el sordo. La mamá salió a la calle y les gritó: «¡No vuelva a la casa, muchacho malcriado!» Después se puso a llorar y me preguntó: «¿Cuándo va a llegar, por fin?» Al poco tiempo vendieron la máquina y despilfarraron la plata, quién sabe en qué.
—Cuando alguien ha empezado una vez a ganarse la plata de esa manera —dijo el segundo hombre—, ya no puede dejarlo. Roban y atracan hasta que los cogen o los matan a tiros.
El que contaba asintió con la cabeza.
—¿Y Pájaro? —preguntó Pepe—. ¿Qué fue de él?
—Ay, muchacho —suspiró el hombre—. Tuvimos suerte. La historia terminó bien. Al principio no parecía. —El hombre se tomó lo que le quedaba de cerveza, puso la botella vacía en el suelo junto a las otras botellas vacías, y uno de los que escuchaban le acercó una botella nueva—. Mi hijo y Pacho se juntaron poco después con otros sinvergüenzas y armaron una banda. Querían entrar en grande y por eso se especializaron en robar carros. En un cruce uno de ellos encañonaba al conductor con el revólver, el otro lo sacaba del carro. Así estuvieron un tiempo. Pero pronto se metieron con quien no debían. Tal vez alguien los sapeó, ¿quién sabe? Lo cierto es que un día, en el carro que atracaron, iba un agente de la F-2, la policía secreta, y de civil. —El hombre se puso a balancear la botella de un lado a otro, pensativo.
En medio del silencio Pepe preguntó: —¿A Pájaro lo metieron a la cárcel?
—Claro —dijo el hombre con amargura—. Le tocó pagar una condena larga. Al principio fue terrible. Alegaba y gritaba: «¡Yo quiero salir de esta cárcel de mierda!» Cuando lo iba a visitar, me suplicaba: «Papito —me rogaba—, no me deje pudrir aquí, venga, sáqueme. Visíteme por lo menos una vez a la semana», me imploraba. Después decía: «Cuando salga de aquí voy a cambiar de vida. Esto no puede seguir así.» Cuando lo soltaron estaba loco de la dicha. Llegó a la casa y nos pidió perdón. A la mamá le juró que no volvía a hacer atracos. Desde entonces trabaja con juicio y se ha vuelto un joven derecho. Bueno, droga sí sigue consumiendo. Pero ya no le hace daño a nadie.
Al despedirse, el hombre le dijo al papá de Pepe: —Alégrese de tener un hijo decente.
En el camino el padre se apoyaba en Pepe. A ratos eructaba y escupía al suelo. Miraba fijamente el piso y repetía una y otra vez: —Mierda, esta es una vida de mierda.
Carlitos
Vivían de la plata que Pepe traía a la casa. Era poca, y sin embargo el padre tomaba mucha cerveza y compraba aguardiente. A la mamá la trataba con brusquedad. Cuando estaba borracho, la insultaba a gritos. A veces se deprimía. Una vez le pegó en plena cara. Después lloraron los dos.
Los fines de semana Pepe se iba al Barrio Valle del Río Sucio, que quedaba cerca. Allí se encontraba con Carlitos. Apenas un poco mayor que Pepe, Carlitos ya conocía todas las formas poco convencionales de asegurarse la vida que los habitantes de los tugurios habían ido desarrollando con el tiempo.
El barrio de Carlitos había nacido, igual que Bello Horizonte, de una invasión. —Una invasión no es lo mismo que otra invasión —le dijo Carlitos un día a Pepe—. Entre la una y la otra hay abismos de por medio. —Caminaban despacio por caminos polvorientos—. En ninguna parte de la ciudad —dijo Carlitos— encuentras una gente tan variada como aquí donde nosotros.
Entre los habitantes del barrio de Carlitos había muchos traficantes de droga, prostitutas y ladrones. El terreno junto al Río Sucio no lo había ocupado un grupo organizado, ni tampoco había sido una acción planeada. Más bien se habían ido asentando allí poco a poco, a lo largo de mucho tiempo, personas y familias sueltas. En los barrios donde vivían antes, a los criminales se les había calentado el piso bajo los pies. Algunos habían tenido que trastearse ya varias veces. La mala fama la arrastraban detrás de ellos como un vaho hediondo. Entre peor era el rumor que se le pegaba a uno, más corta era la expectativa de vida. Los interesados lo sabían y andaban con cuidado.
—Aquí —dijo Carlitos— solo estamos juntos los fines de semana, nosotros y toda la linda vecindad.
Antes de que cayera la oscuridad, la gente volvía de la ciudad al Río Sucio: por ejemplo, esas mujeres que trabajaban de empleadas del servicio en alguna casa de ricos en el norte. O los obreros de fábrica y los ayudantes, los albañiles y los vendedores ambulantes. Los buses atiborrados, que atravesaban la ciudad del norte hasta el sur, se vaciaban en el Barrio Meissen y en Lucero. Pero de vuelta no iban vacíos. En un instante los mamotretos anaranjados y polvorientos quedaban ocupados de nuevo por aquellos habitantes de los barrios del sur que solo empezaban su trabajo durante la noche: meseras de bar y celadores, prostitutas y ladrones.
Durante el día, la mayoría de la gente que vivía allá se quedaba en otros lados. Las prostitutas se paraban sobre todo a lo largo de la Carrera Décima, la mayoría de los traficantes de droga se iban para la Carrera Quince, los ladrones preferían el norte de la ciudad.
—También hay gente derecha aquí —se rio Carlitos—, y todos sin excepción trabajan duro. Muchos andan por las calles con sus carretas hechas por ellos mismos. Recogen cartones, papel, plástico, botellas y llantas de carro.
Como Pepe se enteró, esa gente se llamaba a sí misma recicladores, porque se encargaban de que la basura que otros habían botado pudiera volver a aprovecharse. Con eso tenía que ver que al lado de sus ranchos se levantaran montones de latas y montañas de chatarra. A Pepe el caserío le parecía un solo montón de basura.
Entre sí, las personas que vivían en el Barrio Valle del Río Sucio casi no tenían contacto. Desconfiados, se mantenían lejos unos de otros. En sus correrías nocturnas respetaban la vecindad más cercana por pura conveniencia. En caso de necesidad ninguno movería un dedo por el otro, al contrario. Cuando se trataba de salvar el propio pellejo, cada uno estaba listo a entregar al otro.
Los papás de Carlitos se habían especializado en recoger botellas y llantas, pero el hijo descubrió rápido cómo se podía hacer plata más rápido y en más cantidad con menos esfuerzo. Se burlaba de Pepe, que se ganaba la vida vendiendo el carnet del Divino Niño. —¿Ganar plata con oraciones? ¡Eso es ridículo!
En la primera ocasión que se presentó, se llevó a Pepe a la ciudad. Sobre el centro caía la luz dorada del comienzo de la noche. La gente, que había hecho las últimas vueltas, les hacía señas a taxis y buses para irse a la casa, muchas veces en vano. Antes de coger el camino de vuelta, más de uno compraba todavía, rápido, en la esquina, un billete de la Lotería de Cundinamarca.
Carlitos le dio un codazo a Pepe. Con un movimiento de cabeza le señaló a un señor. El hombre estaba bien vestido. Bajo el brazo llevaba un maletín de cuero, estilo ejecutivo. En ese momento sacaba un billete de su billetera. El billete se lo iba a pasar a una joven que estaba entronizada como en una jaula detrás de los barrotes del puesto de lotería.
—¡Ojo! —siseó Carlitos.
En unos pocos saltos voló hacia el señor. Un empujoncito contra el maletín. El hombre alzó la vista, asombrado. Pepe vio cómo apretaba el maletín con fuerza contra el cuerpo. Pero no era eso lo que Carlitos quería: en vez de eso agarró la billetera. El hombre pareció desconcertado. La mano vacía salió disparada hacia adelante, en vano trató de coger al ladrón por la chaqueta. Este se zafó, ya estaba demasiado lejos, apartaba a los transeúntes a empujones.
—¡Mi plata! —gritó el hombre, desesperado.
—¡Chusma! ¡Ladrones! —gritó, mucho más duro, la vendedora de lotería—. ¡Deténganlo! ¡No lo dejen escapar!
La gente se volteó y miró asombrada a Carlitos, que se alejaba. Pero él ya iba por la calzada. Frenos chirriando, carros pitando. Se impulsó apoyándose en el radiador del carro que casi lo atropella. Ya alcanzaba el otro lado de la calle y luego se hundió en la corriente de peatones.
Antes de que Pepe entendiera bien lo que estaba pasando, todo había terminado ya. Solo entonces lo agarró el miedo.
—¡Me robaron mi billetera! ¡Mi tarjeta! —se lamentaba el hombre en voz alta.
Pepe estaba parado entre la gente que seguía el espectáculo. Algunos parecían compadecer al señor, los otros más bien se veían divertidos. Despacio, Pepe siguió caminando, y ahora se pasó al otro lado de la calle. De vez en cuando echaba una mirada hacia atrás. El hombre robado seguía allí parado, sin saber qué hacer, gesticulando, alegando.
Cuando Pepe perdió de vista el lugar de los hechos, el miedo lo fue soltando poco a poco. Ahora le habrían dado ganas de gritar de alegría. ¡Lo habían logrado! A los pocos minutos llegó a la Plaza Bolívar. En las gradas de la catedral estaba sentado Carlitos. Chupaba un helado.
—… dos mil, siete mil, siete mil quinientos pesos —contaba—. Así de rápido es la cosa, mi querido. Y sin ningún peligro. ¿No es más sabroso ganarse la plata de esta manera que vendiendo estampitas de santos?
El atraco de Pepe
Su primer atraco propio lo cometió Pepe unos pocos días después. Andaban dando vueltas por la calle de los almacenes caros de cuero. Cerca del Hotel Baccata acechaban a los gringos.
—Los gringos —dijo Carlitos— son gente de pelo mono y chaquetas de colores. Sobre todo los reconoces porque miran siempre a su alrededor con miedo. —Pepe se enteró de que los gringos son extranjeros que temen por su plata, sus joyas y sus relojes—. Justamente por eso —afirmaba Carlitos— es fácil robarles.
Carlitos decidió que tenía que ser una mujer. —Todo el mundo —dijo— empieza por lo pequeño. —Con aire protector le dio una palmada a Pepe en el hombro.
Poco después quedó escogida la víctima: una mujer que se había detenido frente a una vitrina.
—¡No, por favor! —tartamudeó Pepe—. Dame un poquito más de tiempo.
—¡Bobadas! —le replicó Carlitos—. ¡Nada de peros! Eso lo haces ya mismo.
Sin esperar respuesta, Carlitos apuró el paso; le dio un rodeo grande a la mujer, se devolvió y luego se le fue acercando de frente, sin apuro. Ahora a Pepe ya no le quedaba escapatoria: le tocaba actuar. Carlitos casi estaba ya a la altura de la mujer cuando Pepe se dio un envión. Entrecerró los ojos hasta dejarlos en una rendija delgada. Dos, tres pasos y quedó detrás de ella.
En ese instante Carlitos chocó con la mujer como sin querer. —¡Perdóneme, señora! —dijo.
Entonces Pepe metió la mano. Agarró el bolso, haló, la correa se reventó, un gritico. Pepe tenía el bolso bien apretado, giró sobre los talones y corrió tan rápido como pudo. La gente se paraba. Casi tumba a un transeúnte.
—¡Oiga, qué le pasa! —le rugió un hombre.
Pero Pepe ya iba lejos. La respiración le salía a empujones. De pronto, un pitazo agudo. ¿Qué significaba eso? ¿La policía? ¿Habría visto la escena el uniformado que se paseaba de un lado a otro en la entrada del hotel? Los pensamientos corrían disparados por la cabeza de Pepe. En un abrir y cerrar de ojos echó una mirada atrás. ¡Era cierto! Lo estaban persiguiendo. El policía se le acercaba. Sus botas retumbaban contra el piso. Pepe corría por su vida, volaba.
—¡Alto! ¡Deténgase! —Le pareció sentir en la nuca la respiración jadeante del policía.
¡Carlitos! ¿Dónde se habrá metido? La desesperación le golpeaba a Pepe en la cabeza. Dos transeúntes saltaron a un lado en el último momento para que no los tumbara. Una vez más Pepe se atrevió a mirar por encima del hombro: el policía manoteaba en su pistola, trataba de sacarla mientras corría. Eso le dio a Pepe una pequeña ventaja.
Y por fin, al otro lado de la calle, Carlitos venía ganando terreno; ahora se pasó por la calzada. Pepe, Carlitos y el policía corrían casi a la misma altura. Entonces Pepe lanzó el bolso hacia arriba y este voló describiendo un pequeño arco hasta Carlitos, que lo atajó. Enseguida hizo un quiebre y desapareció.
Esa maniobra hizo dudar al policía, que se quedó mirando desconcertado y sin saber qué hacer. ¿Detrás de cuál correr? Cuando se decidió por Carlitos, la ventaja de este ya no se podía alcanzar. Diez minutos después los dos amigos se encontraron en una frutería detrás de la catedral, al pie de La Candelaria. Mientras se comían la abundante ensalada de frutas rojas, amarillas y verdes con miel, queso rallado y coco en hojuelas, a Pepe se le ensanchaba el pecho.
—¡Excelente trabajo en equipo! —dijo Carlitos.
En el bolso que se habían robado encontraron un pañuelo de seda, un labial, una polvera, un pasaporte expedido en los Estados Unidos, una tarjeta con el sello «Visa», un espejo, una peinilla, cuarenta dólares y veinte mil pesos. Se rieron.
—¡Felicitaciones, amigo! —dijo Carlitos, y le dio un puño a Pepe en el costado.
Cristo Salvador
Pronto Carlitos y Pepe dejaron de ser principiantes. Para entonces ya se las sabían todas, eran lo bastante hábiles y lo bastante fríos y, además de eso, estaban tan bien acoplados el uno con el otro que podían ejercer su oficio con éxito. Lo que emprendían lo llevaban a buen término. Estaban orgullosos de sus destrezas. Claro, no siempre sus empresas salían del todo lisas. A veces les tocaba aguantar golpes y patadas, recibían garrotazos con pedazos de palo, y algunas veces incluso les habían disparado, por fortuna sin consecuencias graves. Aparte de esos contratiempos no podían quejarse, sin embargo: estaban contentos consigo mismos.
Un día se pusieron, como de costumbre, otra vez a trabajar. Se fueron al pie del cerro de Monserrate. Allí se apretujaba la gente y esperaba a que la dejaran entrar a uno de los vagones en los que querían subir flotando hasta la iglesia en lo alto de la cima. Allá estarían mucho más cerca del blanco Cristo Salvador —que estaba parado con los brazos abiertos sobre una cumbre escarpada, al borde de un abismo hondo— que abajo, entre las casas apretadas de la ciudad.
A Pepe y a Carlitos les costó poco trabajo entrar al teleférico sin tiquete. Esperaron un momento propicio y al deslizarse adentro se hicieron un poquito más pequeños que los demás pasajeros.
Pocos instantes después ya iban flotando más alto que los rascacielos. Desde la ventana del vagón Pepe dejó vagar la mirada por encima de la ciudad. Los viajeros sacaron sus cámaras fotográficas y sus cámaras de video y cada uno de ellos trataba de conseguir un puesto en la ventana del lado del valle. Carlitos mantenía la mirada baja y, aun así, no se le escapaba nada. Hacía rato que había examinado a los pasajeros y los había repartido en categorías: al lado de la gente del lugar y de otros pobres diablos había turistas acomodados y gringos podridos en plata.
Sin llamar la atención, Carlitos observaba a un norteamericano alto que, con su enorme cámara de video, trataba de conquistarse más espacio. Carlitos le hizo un guiño a Pepe y este asintió con la cabeza. Al sur se levantaban ahora las lomas de Ciudad Bolívar con sus casas de ladrillo café y sus ranchos de madera. Los techos de lata devolvían el sol y a veces la luz relumbraba en ellos con un destello. En algún lugar allá a lo lejos, pensó Pepe, debe de quedar nuestro rancho. Allá se mata trabajando mi mamá y mi papá se esconde del mundo malo. Mi papá —siguió cavilando Pepe para sus adentros—, ese no tiene ni idea de lo que es la vida de verdad. Lástima que no pueda ver ahora cómo trabajamos nosotros.
Cuando Pepe miraba en línea recta hacia abajo, le daba vértigo. Y ahora, encima, el vagón bajaba la velocidad, se mecía suavemente de un lado a otro. Por un instante Pepe cerró los ojos. Siempre que pensaba en sus papás se ponía un poquito triste. Pero entonces le pasaba por la cabeza lo que Carlitos había dicho alguna vez: «¿Quieres que tus papás te dejen pegado a la miseria? ¡No seas bobo! Eres libre y eres fuerte. El mundo está a tus pies. ¡Coge tu propio camino y ya!»
Carlitos tenía razón, el éxito de ambos se lo confirmaba. Si al principio los negocios de los dos habían andado todavía a un ritmo más bien calmado, ahora su actividad crecía de mes en mes. Al comienzo solo salían a robar una o dos veces por semana; cumplida la faena, se repartían el botín como hermanos, para después darse una buena vida por un tiempo. Pero con la mayor experiencia les había crecido la pasión de cazar. Habían aumentado el número de sus acciones y habían empezado a proceder con más sistema y con una planeación cada vez mejor.
Últimamente, incluso cuando todavía no se habían gastado del todo lo del último golpe, ya andaban buscando víctimas nuevas. La ganancia crecía, se iba acumulando, y les llegó un cierto bienestar. Lo primero que se dio Pepe fue un par de zapatos nuevos: escogió unos tenis blancos de marca Reebok, y le encantaban los jeans 501 de Levi's —originales, por supuesto, importados de los Estados Unidos—. Los conseguía baratos en el mercado de contrabando de San Andresito.
No, unos donnadies desvalidos, unos muertos de hambre miserables, unos mendigos sumisos —desechables— no eran Carlitos y Pepe. Habían aprendido a abrirse camino y a hacer plata.
—Lo más importante —le había dicho Carlitos un día a Pepe— son las buenas relaciones de negocios.
Así fue como se movieron en los círculos de los negociantes, de los comerciantes, los intermediarios y los tramposos, y allí pronto se sintieron como en la casa. Mantenían relaciones amistosas, por ejemplo, con los compradores de pasaportes y de documentos de identidad, cédulas, sin las cuales nadie en este país se atreve a salir a la calle. El valor de esos papeles era para ellos una magnitud fija, como para otra gente el precio del pan o del queso. Vender licencias de conducción no les resultaba difícil. Más lucrativos, eso sí, eran los cheques viajeros en dólares y las tarjetas de crédito, en cuya entrega a los interesados en usarlas cada media hora contaba: entre más «fresca» estuviera la tarjetica de plástico, más dejaba. Fuera de eso negociaban con los más diversos contenidos de maletines ejecutivos y de bolsos de mujer, con cámaras y pastilleros, con sombrillas y cadenas, con perfumes y neceseres. Carlitos tiene razón, pensaba Pepe. Estamos bien y a nuestras relaciones de negocios no hay nada que reprocharles.
A los dos no les costaba trabajo encontrar siempre víctimas nuevas. Bastaba una mirada para saber si una joya en el cuello de una señora justificaba la atención o si se trataba solo de baratijas. En cuanto a cámaras fotográficas y cámaras de video, conocían todas las marcas corrientes, incluidos sus precios de almacén y de mercado negro.
«Panasonic SVHS» decía en letras rojas y blancas en el aparato pesado que el gringo llevaba colgado del hombro mientras filmaba el panorama de la ciudad, los edificios altos, las lomas del sur, y hasta el horizonte brumoso a lo lejos. Cuando el vagón entró flotando a la estación del cerro, el hombre bajó la cámara y la dejó colgando a su lado. Igual que los demás pasajeros, se volteó hacia la salida. Con un pequeño tirón el teleférico se detuvo.
¡Ahora era el momento! Como siempre en el instante decisivo, Pepe sintió una inquietud que le subía desde el fondo de la barriga y que amenazaba con paralizarlo. ¡Voy a hacer todo mal! Pero ya no había vuelta atrás. Paso a paso iba a hacer lo que habían acordado. Se sentía como en un sueño. Una mirada hacia arriba, al Cristo Salvador. Cuando miró hacia Carlitos, que estaba recostado como aburrido en la otra esquina del vagón, vio cómo una sonrisa le cruzaba la cara.
Entonces la puerta se abrió de golpe. La gente retrocedió un paso y después se agolpó hacia afuera. Pero Pepe se quedó parado en la puerta estrecha. Parecía que se hubiera acordado de algo, se agachó como si hubiera perdido alguna cosa.
—¡Epa! ¿Qué pasa? —La gente se impacientó—. ¡Deje pasar!
El gringo le puso la mano a Pepe en el hombro. —Muchacho, ¡déjanos salir primero! —dijo en un español malo. Trató de hacer a Pepe a un lado. Pero Pepe se agarró de los dos lados del marco de la puerta.
Apenas si podía resistir la presión. «¡Oiga, chino, quítese de ahí!» Por fin Carlitos quedó detrás del hombre; con habilidad se había dejado empujar hasta allá por los otros pasajeros: esa era la posición correcta. Ahora les tocaba a sus dedos. Los dedos de Carlitos eran ágiles y finos como los dedos de un mago. «Un buen ladrón —le había dicho Carlitos una vez a Pepe— es todo un mago.» En eso pensaba Pepe ahora, mientras hacía fuerza con los brazos contra el marco de la puerta.
—¡Hombre, mocoso! ¡Hágase a un lado ya!
—¡Calma, señor!
Mientras tanto Carlitos se dejaba apretar contra el gringo. Sus dedos trabajaban en la espalda del hombre. La correa, los ganchos, la cámara. Una mano sostenía el aparato mientras la otra soltaba el primer gancho y después el segundo. Fracciones de segundo: tiempo suficiente para que el sudor le saliera a la frente.
Y el gringo, entregado por completo a su propia rabia y molesto con el apretujón fastidioso, no se dio cuenta de nada.
Una mirada de Pepe por encima del hombro, satisfacción en los ojos de Carlitos: ¡ajá! Ahora Pepe cedió, alivio repentino. Pepe saltó hacia afuera, la gente se agolpó detrás.
Sin dudar, sin mirar atrás. Pepe hizo a un lado a los que esperaban afuera para bajar hacia el valle. Ahora salía Carlitos por entre los demás, pasando junto al gringo, detrás de Pepe, con la cámara apretada con fuerza contra el cuerpo.
Y entonces, un grito fuerte: —¡Mi cámara! ¡Maldita sea! ¡Cojan al ladrón! ¡Bandidos! ¡Criminales! ¡Me robaron mi cámara!
La gente se volteó hacia el que gritaba y después miró a los que huían. Ellos iban volando por el camino en dirección a la iglesia. La gente de los puestos de venta alzó la vista, asombrada; los niños, que chupaban masa cremosa de azúcar y mordían brevas verdes rellenas de arequipe, señalaban detrás de Pepe y de Carlitos. —¡Allá, miren, allá van corriendo!
Ahora los dos se salieron del camino. La ladera caía empinada. Como gacelas saltaban de una roca a otra. En plena carrera Carlitos le pasó el botín a Pepe. Se soltaban piedras que iban brincando a grandes saltos hacia abajo. Pepe resbaló, se sostuvo y alcanzó a salvar el tesoro justo antes de que se estrellara contra el suelo.
Por fin, una pequeña quebrada: se metieron adentro y se deslizaron por debajo de unos matorrales bajos. Arriba, al borde de la pared de roca, estaba la gente, gesticulaba, y lo que gritaban se lo podían imaginar Pepe y Carlitos muy bien. Nadie los había seguido.
Después de tomar aire un rato corto, siguieron. Cuando llegaron abajo, se tiraron sobre el pasto. A escondidas Pepe se hizo la señal de la cruz sobre el pecho. Se rieron.
—¡Déjame ver! —Pepe quedó impresionado. Iban a sacar una ganancia de primera.
Un trabajo para toda la vida
—¡Dale, no te duermas! —gruñó Carlitos, y le dio un empujón a Pepe. Pepe trastabilló y fue a dar contra la pared sucia de la escalera angosta—. ¿Es que esto no se acaba nunca? —resopló.
Para entonces debían de ir ya por el cuarto o el quinto piso del edificio de oficinas gris del centro de la ciudad, donde Carlitos había concertado una cita con un socio, según él, importantísimo. «¡Sigue, sigue!»
Cada vez que se apagaba la luz mortecina, pasaba un rato antes de que alcanzaran a dar a tientas con el siguiente interruptor. Desde muy arriba caía algo de luz del sol que se perdía en la penumbra turbia del hueco de la escalera.
—Hubiéramos cogido el ascensor —se quejó Pepe.
—¡Bobo! —se indignó Carlitos—. Nadie tiene por qué vernos aquí.
Por fin llegaron. Se abrió ante ellos un corredor largo, cubierto por una alfombra gastada cuyos colores se habían desteñido hasta volverse un gris irreconocible. De ese pasillo salían incontables puertas hacia cuartos escondidos. Se detuvieron frente a una puerta con el letrero «Import-Export». Respiraron hondo una vez más, se miraron un instante a los ojos y entonces Carlitos golpeó la madera con los nudillos del puño.
Por la rendija de la puerta se asomó un hombre, escrutador, calculador.
—Yo soy Carlitos. Tengo una cita con el doctor.
El hombre era robusto y llevaba una chaqueta de cuero negro brillante, muy ceñida. Apenas entraron, empujó a los dos contra la pared y empezó a requisarlos: debajo de las axilas, alrededor de la cintura, entre las piernas, en el ruedo de los pantalones. En un momento encontró los cuchillos que Carlitos y Pepe cargaban siempre consigo. Sin decir palabra, los puso a un lado.
—Listo —gruñó por fin, y les indicó que se sentaran.
Se hundieron en dos poltronas de cuero desgastado. Pepe paseó la mirada por el cuarto pequeño. Paredes manchadas, apenas alumbradas por el resplandor de un bombillo que colgaba del techo de un cable. De vez en cuando se abría una de las puertas, salían hombres y desaparecían sin decir palabra detrás de otras puertas. Amortiguados, se colaban ruidos, pedazos de conversación, timbres de teléfono.
El hombre de la chaqueta de cuero negro estaba recostado contra la pared y masticaba un palillo que hacía girar entre los labios. Pepe sintió cómo la pesadez del cuarto le volvía pesados los miembros. Bostezó.
De pronto se sobresaltó: los habían llamado. El hombre los empujó hacia el cuarto siguiente. Una luz amarilla, rayada por las persianas plásticas de las ventanas, se quedaba prendida en el humo de tabacos y cigarrillos. Había hombres parados, de a dos, de a tres, fumando, agitando papeles y tomando tinto en pocillos pequeños. El barullo de voces quedaba tapado por el timbre chillón de los teléfonos y una y otra vez por los gritos de un hombre que reinaba en la mitad del salón detrás de un escritorio pesado.
El desconcierto de los dos duró un instante; después Carlitos agarró a Pepe de la manga y lo arrastró hasta el centro del cuarto. A través del humo, Pepe trató de leer los rasgos del hombre gordo. Los cachetes le colgaban como rollos, cejas anchas sobre unos ojos vivaces, un bigote desgreñado.
—¡Hola, Carlitos! —retumbó su voz. Estiró el manotón y le dio a Carlitos una palmada estruendosa en los hombros—. ¿Cómo está su tío? —A Pepe también le apretó los dedos con tanta fuerza que le dolió—. ¿Qué tal, amigos? ¿Qué hay de nuevo?
Señaló las poltronas del otro lado del escritorio, frente a él, y en seguida volvió a sumergirse en sus papeles de negocios. Pepe se hundió en el cojín blando. Por encima de las montañas de papel, la cabeza greñuda del gordo atareado se le aparecía como una visión de otro mundo. Tres teléfonos timbraron uno tras otro y el hombre los atendió todos al mismo tiempo: un auricular lo sostenía con la mano izquierda, con la derecha garabateaba notas en los papeles, el segundo auricular lo tenía encajado entre el hombro y el cachete, el tercero lo había dejado descolgado, pero de rato en rato lo cogía y gritaba algo adentro. Se hablaba de máquinas, de casas, de toneladas de maíz, de aviones cargados de rosas y claveles, de carros y de esmeraldas. Los gritos del gordo iban dirigidos a las secretarias de maquillaje chillón que trabajaban en escritorios más pequeños repartidos por el salón.
Pepe lo oyó hablar de sumas enormes de plata; negociaba cientos de millones de pesos, cientos de miles de dólares. Pepe se quedó con la boca abierta. Igual que él estaba sentado Carlitos, callado y devoto.
Esto de aquí, pensó Pepe al cabo de un rato, es el mundo grande. Aquí no se negociaba sobre bolsos robados ni sobre pequeñeces ridículas por el estilo, sino sobre riquezas, sobre fortunas incalculables.
Pepe se pasó la mano por la cara. ¿Quiénes eran ellos, al fin y al cabo: él, el pequeño Pepe, y Carlitos, su amigo de los barrios del sur? La confianza de Pepe se había esfumado. Se hundió más en la poltrona. El humo de los cigarrillos le dificultaba la respiración; pero no le molestaba. Al contrario. Amaba ese olor picante. Sí, estaba dispuesto a amar todo lo que veía allí, incluso al gordo, o por lo menos a admirarlo. En ese cuarto se sentía perdido y aun así en el lugar que le correspondía.
Después de su golpe en Monserrate, con la videocámara del gringo en las manos, se habían sentido grandiosos. Esa «perla» no se la querían echar a los «marranos»; esa pieza magnífica no se la iban a ofrecer a ninguno de los comerciantes venidos a menos de la Avenida Décima o de la Avenida Caracas, que reinaban allá detrás de sus puestos enrejados como en celdas de cárcel y que solían despachar a los ladronzuelos con sumas ridículas. No: querían sacar una ganancia acorde con el esfuerzo invertido.
—Vamos a hacer el mejor negocio del año —había dicho Carlitos—. Te vas a quedar con la boca abierta. —Le había contado a Pepe de un amigo de juventud de su tío que en el comercio al por mayor había llegado a una riqueza considerable—. Hoy —había declarado Carlitos con solemnidad— le vamos a poner una base nueva a nuestra empresa. Necesitamos socios a nuestra altura.
De camino al centro de la ciudad, Pepe todavía iba contento y confiado. Quería presentar su botín con orgullo y colocarlo a buen precio. Pero ahora, en la poltrona frente al escritorio grande del doctor gordo, se le había perdido el entusiasmo. Se sentía cada vez más pequeño e insignificante. Mientras seguía con la mirada las volutas de humo que subían del tabaco del hombre gordo hacia lo alto del salón, se dio cuenta de que se había estado engañando a sí mismo. No afuera en la calle, no: aquí adentro, en este cuarto, se decidían las cosas que movían el mundo. Comparado con los negocios que se cerraban en ese lugar, el contenido de un bolso de dama robado, y hasta una videocámara marca Panasonic, le pareció de repente ridículo.
Cuando Carlitos le propuso al doctor el negocio de la cámara y, además, otros negocios para el futuro —una relación comercial permanente, por así decirlo—, el gordo soltó una carcajada estruendosa. «¿Cómo así? ¿Ustedes quieren hacer negocios conmigo? ¿Me quieren endilgar sus chucherías?» Resopló y se dio palmadas en los muslos. «¿A quién creen que tienen enfrente? ¡Yo no soy ningún perista de frasquitos de perfume y de paquetes de toallas higiénicas a medio abrir!»
Las conversaciones en el salón se callaron. Todos miraron hacia allá. Pepe sintió un calor que le recorría el cuerpo.
—¿Qué me quieren vender? —siguió retumbando el hombre—. ¿Jabones y pastillas? ¿Fotos y polveras? Yo creo que ustedes están locos. Yo no comercio con cámaras de fotos usadas, sino con contenedores enteros llenos de cámaras. Aquí se cierran negocios en los que se trata de camiones cargados de computadores, de barcos llenos de carros, de tubería para oleoductos, de cosas con las que ustedes ni siquiera sueñan.
Pepe encogió la cabeza y lo que más habría querido era salir corriendo. El gordo se levantó de un salto. «¡Fuera de aquí!» Les señaló el camino hacia la puerta. Fue como pasar entre dos filas de verdugos. Carlitos abrió la puerta de un tirón; Pepe iba a cerrarla detrás de sí.
—¡Oigan, esperen! —La voz del gordo tronó detrás de ellos—. Entren otra vez. —Con paso cansado regresaron—. ¡Aquí! —Con las cabezas gachas, se quedaron parados a cierta distancia de él.
—¡Usted, chino! —dijo el hombre—. ¿Cómo es que se llama?
Pepe balbuceó su nombre.
—¿Qué edad?
—Casi quince.
—¿Tan joven? —murmuró el hombre, algo decepcionado.
—Qué va —intervino Carlitos—. Tiene casi diecisiete.
—Así está mejor —gruñó el hombre—. Eso es casi como dieciocho, ¿no cierto? Digamos que el joven tiene casi dieciocho.
Se echó en su silla de escritorio y se pasó la mano derecha por el cachete y la boca. «Vaya, vaya, con que el chino tiene dieciocho años», murmuró. «Quiere ganar plata. Quiere entrar en negocios con nosotros, en los negocios grandes. Quiere tener con qué, quiere ser rico. Bueno, bueno. Un trabajo fijo sería lo indicado para él. Digamos: un puesto seguro, sueldo fijo, buena figura, una reputación excelente. En pocas palabras: necesita un puesto de confianza. ¿Será eso», retumbó su voz de repente tan fuerte que Pepe se estremeció, «será eso lo que quiere el chino?»
—Sí —tartamudeó Pepe, y Carlitos dijo—: Eso mismo.
—¡Bueno! —La voz del hombre volvió a transformarse. Ahora sonaba acogedora y un poco solemne—. Todo eso lo va a tener el chino. Yo lo voy a emplear, mijo. ¡Miren acá, compañeros! —El gordo paseó la mirada por la ronda—. Aquí les presento a nuestro nuevo colaborador.
Silencio. Hasta los teléfonos se quedaron mudos un rato.
—¿Se asombran? —retumbó la voz del jefe—. ¿No creen que este mocoso pueda ascender a nuestro gremio? —Miró alrededor con aire desafiante—. Aquí —dijo, y el pecho pareció ensanchársele todavía más—, aquí juega el destino. —Ahora se rio—. Hoy se reparte la suerte de nuevo.
Los empleados no se movieron. «Ustedes piensan: ¿qué hace aquí un ladronzuelo como este? ¿Qué vamos a hacer con él? Ustedes dicen: que se vaya, solo nos estorba.» El gordo dio unos pasos hacia sus empleados. «¿Qué tienen en la cabeza? ¡Nada tienen en la cabeza! Ni juicio ni imaginación. Quieren hacer el gran negocio y no ven lo que está tirado en el camino. ¡Un error garrafal, amigos míos!»
—Yo —continuó—, yo se los voy a explicar. Con un ejemplo, lo bastante sencillo para que cada uno de ustedes lo entienda: dos hombres. Van caminando por un camino. El primer hombre tropieza. De mal genio aparta el obstáculo de una patada. El segundo hombre tropieza también. Se agacha: una piedra. Le limpia la mugre y brilla. La piedra es de oro, de oro puro.
El gordo se detuvo, triunfante. «¿Entienden la lección?» Ninguna respuesta. «¿Y entonces? ¿No captaron nada? Oigan bien: allá afuera, en la calle, ¿qué ven? Bandidos, mendigos, contrabandistas. Y entre esos malandros: niños, muchachos. Nada que comer, nada que ponerse. Gentuza miserable, caras mugrientas: tipos duros ya a los ocho, a los diez años. Nada de niñitos de mamá y papá. ¡Mírenlos bien, límpienles la mugre! ¿Qué aparece? ¡Oro, oro puro! Esos muchachos son lo más valioso que tenemos en este país. Tesoros escondidos debajo de la mugre. Nadie lo sabe. Yo les digo: ese tesoro tenemos que sacarlo. La calle es una mina. La mediocridad allá afuera la exterminan en un abrir y cerrar de ojos. De eso no nos tenemos que preocupar. Pero el que sobrevive, ese sí es alguien. Ese sí nos sirve.»
El gordo aplastó la ceniza de su tabaco en un cenicero de cristal. Después miró a Pepe y a Carlitos: «¿Que de dónde sé yo todo esto? Ustedes se asombran. Nadie me lo contó. Yo mismo lo viví, en carne propia.» Miró desafiante a la ronda de sus empleados. «Como estos dos, exactamente así empecé yo también: apestando, lleno de piojos. ¿Y ahora? Mírenme. Ahora soy alguien: el jefe de ustedes. ¿Por fin entienden?» Se acercó a Pepe: «A partir de la semana entrante», dijo, «queda usted empleado.»
Pepe lo miró hacia arriba, sin habla; ya no entendía el mundo. Entonces sintió que el manotón del gordo lo agarraba y lo levantaba de la poltrona. «¡Ahora sí, afuera!» Empujó a los dos hacia la puerta.
De pronto se detuvo una vez más y se agachó hacia Pepe.
—¿Sabe usted cómo me llamo? —le siseó al oído.
—No —dijo Pepe, asustado.
—¡Bien, chino, así está bien! Y así debe seguir siendo en el futuro: mi nombre no lo va a saber usted nunca. Pero si algún día llegara a oírlo, por accidente, digamos, ¡olvídelo en seguida! Bórrelo de la memoria, como si nunca hubiera estado en su cabeza.
Al llegar a la puerta, volvió a sujetar a Pepe con sus manos enormes.
—¿Sabe usted qué cara tengo?
Pepe lo miró hacia arriba y balbuceó: «Sí.» Entonces los manotones del gordo se cerraron como una tenaza de hierro alrededor de su muñeca. «No», dijo Pepe en voz baja, «no lo sé.»
—¡Así está bien, mijo! —gruñó el hombre—. ¿Y sabe usted dónde vivo?
—No —dijo Pepe rápido.
—Y usted tampoco estuvo nunca aquí y nunca va a volver a aparecer por aquí, ¿entendido?
Pepe asintió.
—Y si alguna vez se le llegara a olvidar nuestra conversación, mi estimado, ¡que Dios lo ampare! —Con el canto de la mano el gordo le pasó por el cuello a Pepe, como si quisiera degollarlo.
Pepe llegó abajo con las rodillas temblando. Se sentaron en un bar pequeño.
—¡Lo lograste! —exclamó Carlitos con júbilo—. Este es el gran salto.
—Yo no entiendo nada —dijo Pepe—. ¿Qué quiere decir eso: un sueldo fijo? ¿Un puesto de confianza?
—¡Estamos hechos! —dijo Carlitos con toda convicción—. Con el negocio de la calle se acabó, de una vez por todas. Ahora tenemos algo mejor que hacer.
—¿Por qué me ofreció el trabajo a mí y no a ti?
—Eso no significa nada. Él sabe que trabajamos juntos. Vamos a repartir todo con toda honradez. Tú recibes una cuarta parte del sueldo. Yo recibo tres cuartas partes: una cuarta parte porque yo fui el que consiguió el contacto con el doctor, la segunda cuarta parte porque soy para ti como un hermano mayor, y la tercera cuarta parte porque yo te protejo.
Mandados peligrosos
Desde muy temprano se podía ver a Pepe en la fila de la gente que esperaba frente a la entrada del aeropuerto a que la dejaran pasar. Por primera vez en su vida llevaba un vestido: saco azul oscuro, pantalón azul oscuro, camisa blanca, zapatos de cuero negro brillante y —no hay que olvidarlo— una corbata en cuyo diseño se entretejían armoniosamente el azul, el gris y el rojo. Una y otra vez halaba, corría y apretaba el nudo de la corbata que Carlitos le había hecho. Pepe se veía recién bañado. Tenía el pelo peinado y la peluquera, aprovechando la ocasión, le había cortado también las uñas, se las había limado y después se las había pulido hasta sacarles brillo. Por encargo de la empresa «Import-Export», Pepe iba a trabajar en el aeropuerto como vendedor y mensajero. Había sido Carlitos el que le había enseñado cómo se mueve uno con semejantes prendas elegantes.
—Como mensajero —había empezado Carlitos su exposición— no eres de los hombres más ricos de la ciudad, pero sí de los mejor vestidos. Todos te miran. Eres, por así decirlo, la tarjeta de presentación de tu empresa. Si te ves bien, eso favorece el prestigio de tu empresa. Si te portas mal, eso recae sobre tu patrón. Así que fíjate siempre en lo que haces, en lo que dices y en cómo te comportas.
Esas palabras del amigo le habían parecido razonables a Pepe. Iba a dar lo mejor de sí para dejar buena impresión ante todo el mundo y en cualquier situación.
—Un mensajero —había continuado Carlitos su exposición— nunca anda perdiendo el tiempo; al contrario, siempre va con afán de negocios. Cuando se encuentra a un amigo en la calle, no se pone a echar un cuento largo con él, y mucho menos lo invita a un tinto en el bar de la esquina; no: al pasar apenas le grita «¡Hola! ¿Quiubo, qué más, qué cuentas?» y ya desapareció en la próxima esquina. Tampoco les chifla a las muchachas; a lo sumo les guiña un ojo cuando ha logrado atraer su mirada. Por lo demás, llamar la atención de las muchachas no le cuesta ningún trabajo. Al contrario, las muchachas se le van a pegar a los talones en montón.
Todas esas explicaciones le habían sonado bien a Pepe, habían contado con su aprobación y lo habían dejado confiado. Con tono severo y grave, Carlitos había seguido con sus esfuerzos de educación e instrucción: —Nunca más vas a escupir en cualquier parte de la calle, como se te antoje y como lo has hecho hasta ahora. Y muchísimo menos te vas a poner a orinar en cualquier esquina. Esas cosas se las prohíbe a uno la delicadeza del mensajero. Siempre sientes las miradas de la gente puestas en ti. Para completar la imagen del mensajero correcto, vas a llevar un maletín de cuero, estilo ejecutivo, de lo más fino. Adentro van, como te podrás imaginar, los papeles más importantes y de mayor peso. Los vas a llevar de un lugar a otro; porque si no los llevas adonde se necesitan, los negocios de tu empresa se interrumpirían o ni siquiera arrancarían.
En el transcurso de esas explicaciones trascendentales, Pepe fue cayendo en cuenta poco a poco de que le había tocado un puesto verdaderamente clave en la empresa del doctor gordo. Todos los consejos, las sugerencias y las obligaciones que Carlitos había desplegado ante él se los tomó a pecho. Los retuvo en la memoria, los repitió en voz baja y devota cuando estaba solo, y se propuso poner en práctica las indicaciones del amigo cada vez que más adelante se presentara la ocasión.
Mientras esperaba a que lo dejaran entrar al aeropuerto, no pudo, sin embargo, dejar de empujarse un poco hacia adelante. Un mensajero, le pasó por la cabeza, en realidad debería ser paciente y esperar a que despacharan a la gente de la fila que iba delante de él. Entretanto, su mirada iba palpando los bolsos que los pasajeros llevaban en la mano y colgados del hombro. Entonces se sacudió y obligó a sus ojos a mirar el piso. Pero ahora les entró vida a sus brazos y a sus hombros, se volvieron por así decirlo independientes y rozaron como por casualidad a los que estaban más cerca, y mientras él seguía con la mirada clavada en sus pies, un diablo de la fantasía le pintaba en el suelo imágenes de los contenidos más tentadores de los bolsillos del pecho, de los costados y de los pantalones de los que esperaban. Por primera vez en su vida, Pepe se puso un poco rojo ante sí mismo.
Lo que al fin lo distrajo fue la presión leve que la tela tiesa y bien planchada de la ropa nueva ejercía sobre su cuerpo. Al mismo tiempo, el chirrido suave que a cada paso le llegaba al oído desde las suelas de cuero de sus zapatos nuevos le producía un sentimiento de grandeza. A veces la mirada de un transeúnte, o incluso de una transeúnte, parecía quedársele prendida; entonces su figura se enderezaba y sus ojos brillaban: era feliz.
Con un aparato eléctrico que tenía la forma de un bolillo corto, el policía que vigilaba la entrada le pasó por encima de la ropa para comprobar si llevaba consigo objetos prohibidos. El siguiente policía —Pepe lo sabía— le iba a exigir la cédula. Hasta entonces Pepe no había tenido papeles. Cuando un día la madre había insistido en conseguirles cédulas a los hijos, el padre la había rechazado de mal genio. «Bobadas», había dicho. «Eso cuesta tiempo y plata, y una vez que lo tengan a uno registrado quedamos expuestos a las garras del Estado.» A la empresa «Import-Export», en cambio, no le costó ningún trabajo especial conseguirle a Pepe una cédula.
Pepe contemplaba con admiración el documento, y desde él su propio retrato le devolvía la mirada con los ojos muy abiertos; encima estaban aquellas palabras que a él le parecían notables: «Cédula de ciudadanía». El policía encargado le echó apenas una mirada rápida a la tarjetica y le hizo señas a Pepe de que siguiera. Entró entonces al amplio salón del aeropuerto, con los mostradores de las aerolíneas ante los cuales se apiñaban los pasajeros con sus maletas.
En el segundo piso, frente a la salida de los viajeros al exterior y a ultramar, quedaba un almacén pequeño que ofrecía café y toda clase de artículos de regalo, aguardiente y artesanías. Allí debía presentarse Pepe. El almacén pertenecía a la empresa «Import-Export» del doctor. Los viajeros que antes de despegar querían gastarse su última plata en moneda colombiana solían surtirse allí de toda clase de mercancía. Lo que compraban libre de impuestos se llevaba hasta el avión y se les entregaba allí personalmente. De ahí en adelante, entre las tareas de Pepe estaría la de llevar los artículos correspondientes a través de la aduana hasta las salas de embarque.
Cuando Pepe subió por la escalera ancha, iba lleno de expectativa. Su mirada recorría buscando los letreros de colores y los avisos publicitarios entre los cuales apenas quedaba libre un pedazo de pared. «Bancoquia», leyó, «Drugstore», «Aeromodas», «Tisquesusa Souvenirs», «Duty free Galería». Por fin encontró el letrero que buscaba: «Orolandia». Cuando empujó la puerta pesada de vidrio, su mirada fue atraída por un mostrador lleno de dulces que ocupaba la mayor parte del local: entre bombones envueltos en papeles de colores, plateados y dorados, en los que se reflejaba la luz deslumbrante de las lámparas halógenas, había bandejas, cajas y cajitas de madera llenas de brevas con arequipe, de cocadas tostadas en azúcar blanco, amarillo o café oscuro, y de cubitos amarillos y rojos de guayaba.
El local estaba vacío. Pepe caminó a lo largo de las vitrinas y contempló las muchas delicias. La mayoría de ellas las conocía de los escaparates de los almacenes finos de la Avenida Séptima, pero muy pocas las había probado él mismo alguna vez. Entre todas esas tentaciones brillaban botellas de licor: vino tinto oscuro de Chile, whisky, aguardiente en botellas chiquiticas, medianas y enormes, y ron, Viejo Ron de Caldas. Al lado se apilaban latas de cerveza que parecían traídas de todos los rincones del mundo.
A Pepe le faltó calma para descifrar todos los letreros. En cambio se volteó hacia un lado y vio que contra la pared había apilados incontables costalitos de tela burda, repletos, que llevaban en letras rojas y azules la inscripción «Café de Colombia». Del techo colgaban canastos tejidos, mochilas bordadas de colores y tapices tejidos en lana clara y café oscuro. «Artesanías de Colombia» decía un afiche que mostraba a una mujer indígena tejiendo. Pepe deslizó la mano por las artesanías ásperas de fibra y por los tapices tejidos y suaves.
Después su mirada cayó sobre una vitrina de vidrio iluminada por dentro. Colgantes de oro, aretes y prendedores brillaban a la luz de unos reflectores pequeños. Lo que despertó la atención de Pepe de manera especial fueron las piedras centelleantes: diamantes que, cuando movía la cabeza muy despacio, soltaban chispitas rojas, amarillas y azules. Entre ellos había esmeraldas, algunas opacas como piedritas teñidas, las otras de un verde profundo y brillante. En la mitad de la exhibición de joyas notó un crucifijo; lo habían acostado sobre un cojín de rayas blancas y rojas. El oro pesado estaba engastado todo alrededor con piedras grandes azules, verdes y blancas.
Pepe se quedó admirando aquel esplendor. Después su atención se desvió hacia unas figuritas raras de oro brillante. Sus formas le parecían animales parecidos a hombres u hombres parecidos a animales. Regadas entre ellas había muchas ranitas de oro macizo. En un letrerito Pepe leyó que se trataba de reproducciones de joyas cuyos originales se guardaban en el famoso Museo del Oro de la ciudad.
No parecía haber nadie. A Pepe eso le extrañó. Pero de pronto oyó que alguien carraspeaba suavemente. Solo entonces vio que detrás de la vitrina estaba sentada una mujer joven. Parecía absorta en unos papeles.
Ella le sonrió y le preguntó: —¿Te puedo ayudar en algo?
Pepe se puso un poco nervioso. —No —balbuceó—, o sí. En realidad no quiero comprar nada.
La mujer se rio: —Ajá. ¿Y entonces qué quieres?
—Estoy buscando a Doña Amanda.
—Pues entonces llegaste a la dirección correcta.
—Yo soy Pepe.
—Ah, mi nuevo colaborador. —La mujer se puso de pie—. Qué alegría verte.
Se acercó a Pepe y le dio la mano. Amanda debía de tener bien cumplidos los treinta años. Llevaba una chaqueta corta y ceñida de cuero negro suave. La falda le terminaba un palmo por encima de las rodillas, y en sus piernas, cubiertas con medias negras transparentes, centelleaban chispitas. Le dijo que se sentara y le ofreció un tinto.
Al natural, pensó Pepe, no debe de ser más alta que yo. Pero con sus tacones altos le sacaba una buena ventaja. En los días siguientes ella lo inició en el arte de vender. Tuvo que aprenderse los precios de —así le pareció a él— miles de artículos.
—Cuando un cliente entra al almacén —le enseñaba Amanda—, no te le tiras encima como un gallinazo. Te quedas a un lado, paciente y amable, y esperas a que te dirijan la palabra. Solo cuando el cliente vaya a irse le recomiendas comprar esto o aquello.
Pepe se desempeñó con habilidad. Además de asesorar a los clientes, lo encargaban de toda clase de mandados. Pronto Pepe conocía a la mayoría de los empleados del edificio del aeropuerto. Cada dos horas le llevaba un tinto a Amanda y al mediodía una comida del restaurante del aeropuerto. No era raro que llegaran clientes que compraban libres de impuestos bebidas alcohólicas, cigarrillos y perfumes. A ellos Pepe les llevaba la mercancía a través de la aduana hasta el avión. Al cerrar el negocio, Pepe llevaba la plata y los cheques a la sucursal pequeña del banco de al lado.
—Me extraña —le dijo Pepe un día a Carlitos— que me paguen tanto por un trabajo tan fácil y tan agradable: tres veces el salario mínimo.
—No te preocupes por eso —opinó Carlitos—. Mejor demasiada plata que muy poca. Ellos no pierden nada contigo. Saben lo que tienen en ti. Algún día van a presentar sus exigencias.
Con el tiempo Pepe descubrió que Amanda era la amante del doctor gordo. En Fusagasugá él tenía una finca. Allá vivían su mujer y sus hijos. Durante sus estadías de negocios en Bogotá se quedaba donde Amanda. Al principio Amanda se jactaba con insinuaciones. Solo más tarde admitió que se sentía descuidada. Porque el gordo mantenía también contactos sexuales con otras admiradoras, y cada vez con menos frecuencia se dejaba consentir de Amanda. «¡Son los negocios!», se consolaba Amanda. «Le roban las fuerzas.»
Con el tiempo creció su confianza y le contaba a Pepe sus penas. Él entendía su tristeza. A cambio ella le regalaba una sonrisa. Tenía las pestañas largas y negras. Sucedió entonces que a veces lo miraba de una manera que despertaba en él sentimientos que hasta entonces no había conocido y que tampoco sabía interpretar. Anhelaba esos instantes una y otra vez, y sin embargo cada vez se volteaba rápido hacia un lado, se ponía a hacer algo en una vitrina o le quitaba el polvo a cualquier exhibición con un afán fingido.
Meses después ella lo invitó a cine y, poco después, a comer. Cuando lo recibió en la puerta del apartamento con un asomo de beso, no pudo menos que sonreír ante su timidez. Llevaba una bata amplia, color crema, a través de cuya tela delgada se dibujaban los contornos de su cuerpo. El apartamento de Amanda era pequeño, pero el doctor rico se lo había amoblado —en épocas de enamoramiento intensísimo— con todo lo que uno pudiera soñar. El piso brillaba en mármol claro. Encima había tendidos tapetes suaves. Las cortinas largas creaban un ambiente acogedor y hogareño. En la cocina relucían en cromo y plata la estufa, el lavaplatos y los utensilios. Pepe se movía con recogimiento, como en una iglesia.
Mientras ella trasteaba en la cocina, a Pepe le pareció encantadora su torpeza. Al pelar la yuca cortaba demasiado hondo, y de la vena dura que va en la mitad de la raíz blanca quitaba muchísimo menos de lo debido. Pepe le quitó el cuchillo de la mano. Ella lo dejó hacer. «¡Qué ternura!», dijo, mientras se sentaba en una silla cerca de él. Su sonrisa lo calentaba. Siguiendo sus deseos, él se las arregló con la olleta de agua hirviendo, la olla llena de manteca burbujeante, el sartén humeante. Los pedazos de plátano fritos en manteca y espolvoreados con granos gruesos de sal se los comieron con la mano, y con ellos tomaron vino tinto oscuro de Chile.
Después de comer, ella se estiró en un sofá forrado en una tela negra suave como el terciopelo. Recogió las piernas contra el cuerpo y le pidió que se sentara a su lado. Él andaba ocupado con su propio desconcierto; pero cuando ella le tocó suavemente los labios con la yema del dedo, lo invadió una sensación de bienestar y de excitación que nunca había conocido.
Todavía habrían de pasar muchas noches hasta que toda la pasión de sus quince años despertara a la vida bajo la guía experta de ella y hasta que hubieran explorado todos los secretos del amor. De ahí en adelante los días se estiraban bajo las promesas de sus miradas y los ofrecimientos escondidos para las noches.
Pocas semanas después, justo cuando él estaba a punto de asegurar la reja de hierro de «Orolandia», ella le preguntó:
—¿Cuánto te demoras, en realidad, en llegar esta noche donde tus papás?
—Una hora, dos horas, ¿quién sabe?
—¿Y cuánto te demoras mañana en la mañana para volver acá?
—Otras dos horas.
—O sea que pierdes hasta cuatro horas todos los días. Cuatro horas por nada. ¡Qué desperdicio de tiempo! —Con un movimiento brusco de la cabeza hizo volar su pelo negro de un hombro al otro—. ¿Y eso tiene que seguir siendo siempre así? —Pensativa, se mordisqueó una uña, con mucho cuidado nada más, porque sus uñas eran angostas, frágiles y de un rojo encendido. Nunca en su vida había visto Pepe unas uñas trabajadas con semejante arte—. Me das lástima —continuó ella—, y quiero ayudarte. —Pepe se conmovió y se puso un poco rojo—. Podrías vivir en mi casa, al menos a veces —dijo ella, y bajó a su vez la mirada, de modo que sus pestañas negras parecieron especialmente largas—. Tú sabes que tengo espacio para dos.
A Pepe le dio un brinco el corazón. Cuando en la casa sacó su ropa del estante de madera burda en el que también estaban apiladas con cuidado, una al lado de la otra, las pertenencias de Eva María y de sus padres, la madre lo siguió con una mirada desconfiada. No quiso meterse en explicaciones largas. Los fines de semana —la consoló— vendría a veces a la casa.
Ahora, en las noches que seguían a los largos días de trabajo, se sumergía en el esplendor del mundo de Amanda. Pronto su lujo le pareció tan natural como en otro tiempo la escasez en la casa de sus padres. Aceptaba las dos cosas sin preguntar. Del origen de él Amanda no quería saber nada. Si él le preguntaba por su familia, ella hacía un gesto de rechazo. Después de visitar a sus padres se quedaba mucho rato con una opresión en el pecho; poco a poco fue suspendiendo el contacto con ellos.
Donde Amanda no le faltaba nada; ella lo era todo para él. De regreso del trabajo a la casa, ella ya lo apuraba. Apenas salían del ascensor, ya en la entrada del apartamento se arrancaban la ropa. La cama seguía revuelta de la noche anterior. Más tarde el hambre los despertaba del vértigo.
Al principio, con los éxitos del amor, Pepe se olvidaba de su juventud. Aunque ella tenga el doble de mi edad, se decía, tiene apenas la mitad de la de mi mamá.
De todos modos se sentía obligado a demostrar su hombría con iniciativas especiales. Eso valía sobre todo para el tiempo que quedaba después del trabajo y del amor. Para organizarlo se guiaba por los deseos de Amanda, y antes de que llegaran los viernes ya tenía listos sus planes para el fin de semana. Los viernes en la noche —viernes culturales— los dedicaban casi siempre a las discotecas de la Zona Rosa, en el norte de la ciudad. Allá Pepe bailaba salsa tan bien como vallenato y merengue.
Los sábados, en cambio, les gustaba meterse entre los hinchas del Santa Fe, que jugaba contra los Millonarios. Celebraban cada gol de «su» equipo de fútbol como si se hubieran ganado la lotería. Pero cuando ganaban los contrarios, quedaban abatidos como ante una desgracia personal. Los domingos paseaban por el Unicentro o por el Centro Andino, admiraban las vitrinas y despotricaban de los precios carísimos.
Una vez al mes bajaban a Melgar. Allá absorbían el calor por todos los poros mientras soñaban durante horas largas a la sombra de las palmas al borde de una piscina. Cuando Amanda atraía las miradas de los hombres con el vaivén de sus caderas, con el aleteo de sus pestañas o al untarse crema en sus piernas largas, florecía como una flor de hibisco alrededor de la cual revolotean los colibríes. Entonces mandaba a Pepe por una Cuba libre, un jugo de fruta o un helado. Eso lo disgustaba. ¿Era él un sirviente o acaso su hermanito menor? Pero se le olvidaba rápido la rabia cuando ella, conciliadora, le dejaba jugar los dedos sobre la piel.
En la trampa
—¡Cuídate! —le dijo ella una mañana, cuando él salía de «Orolandia» a llevar un paquete pequeño hasta el avión. Todavía se sentía ligero por la noche anterior y dejaba que el maletín con la mercancía se le balanceara de un lado al otro. Un último saludo con los ojos y la puerta de vidrio del almacén se cerró.
Oficialmente Pepe nunca supo qué transportaba. «Todo perfectamente legal», decían. Los paquetes que traían desde la central venían cerrados. «No tienes que meter la nariz en todo.»
Así son las cosas con los secretos de los negocios, se decía Pepe. Pero con el tiempo le quedó claro lo que al principio apenas había temido: la empresa «Import-Export» no solo comerciaba con joyas y máquinas, también movía droga.
—Yo no sé nada de eso —le había asegurado Amanda cuando él le preguntó. Pero después había hecho unas insinuaciones que asustaron a Pepe.
Carlitos, a quien se lo contó, soltó una carcajada: —¿No te lo dije desde el principio? ¿Para qué crees que te pagan?
Al parecer el éxito comercial del doctor gordo se basaba en el hecho de que camuflaba su negocio de droga con la exportación de mercancía legal. Sus cómplices, según se murmuraba, escondían la droga en toda clase de carga que despachaban por barco y por avión en contenedores de metal o de madera. Los pedidos urgentes los metían en las cajas en las que se empacaban las rosas y los claveles cultivados en la sabana de Bogotá para mandarlos a Europa y a los Estados Unidos.
Además de eso había muchas otras maneras de despachar la «mercancía caliente». El que necesitaba cantidades pequeñas de droga hacía mejor en transportarlas él mismo. Antes había sido usual que los viajeros —nacionales o extranjeros— escondieran la droga sencillamente en su equipaje de mano, en el ruedo de la ropa y de las chaquetas o en el doble fondo de un maletín.
Por extendidos que estuvieran este y otros métodos parecidos, pasaron de moda cuando la policía antinarcóticos les fue descubriendo cada vez con más frecuencia las mañas a los contrabandistas. Se mantuvo más tiempo la práctica de tragarse la «mercancía», sellada en bolsitas pequeñas, y expulsarla de nuevo después de llegar al destino. Ese procedimiento lo preferían los pobres, sobre todo los desempleados, las empleadas del servicio y las prostitutas, que pensaban volverse ricos de un solo golpe. Pero transportar la coca en el propio estómago era peligroso; no era raro que los envoltorios se deshicieran, de modo que las mulas de droga morían de una muerte atroz.
Cuando el doctor nombró a Pepe mensajero, creyó haber encontrado el más sencillo y el más seguro de todos los métodos de contrabando: el muchacho debía llevar la mercancía, escondida entre otros artículos, desde su almacén libre de impuestos directamente hasta el avión y entregársela allí a los clientes, sin ningún control. Después de un período de prueba en el que había transportado paquetes con recuerdos de viaje inofensivos, con café, perfume o alcohol, mandaron a Pepe también con cantidades pequeñas y luego con cantidades cada vez más grandes de cocaína. Ese trabajo pronto se le volvió rutina a Pepe. Por el contenido de sus maletines y de sus paquetes no se preocupaba. «¿A mí qué me importa?»
También ese día Pepe salió a hacer su recorrido, despreocupado como siempre. Cuando cruzaba la sala de espera del aeropuerto, los objetos del maletín le golpeaban duro contra la rodilla: adentro debían de ir una cajita de madera y una botella de whisky o de aguardiente.
¡Qué raro, esa llamada sorpresiva del doctor el día anterior! A Pepe lo habían llamado al teléfono. Charla introductoria, preguntas por cómo le iba, muestras de confianza: «Estamos contentos de poder contar con usted.» Pero después el jefe había cambiado de tono de golpe. «Con que a usted le va bien. ¿Está contento? ¡Qué bueno! Seguro que quiere seguir estando bien, ¿no?» Pepe se había estremecido. «Mi buena voluntad no es cosa que se dé sola, ¡no se vaya a hacer ilusiones! Antes de que se dé cuenta, ya lo eché a la calle. Eso pasa más rápido de lo que usted se imagina, y otra vez queda sentado en la mugre. Para mí es cosa fácil restregarle la nariz en la mierda. ¿Se acuerda de cómo era antes?» Pepe no había soltado un solo sonido. «¡Abra el ojo, amigo mío!», susurró el jefe. «Yo no boto mi plata por la ventana.»
Mientras Pepe seguía el aviso de «Internacionales», tenía delante la imagen del doctor. Se sentía incómodo, confundido. Frente a la salida hacia la pista se había formado una fila pequeña de pasajeros. Pepe conocía al uniformado que hacía el control. Un saludo amable —«Hola, hermano, ¿qué tal?»— y ya había pasado. En el segundo puesto revisaron los papeles de Pepe; en el tercero se debía examinar el equipaje. Los de la aduana les pedían a los pasajeros que abrieran sus morrales, sus maletas pequeñas y sus bolsos. Palpaban con cuidado los fondos y los bolsillos interiores. Además de eso, cada pieza de equipaje pasaba también por los rayos X.
El funcionario de turno le hizo señas a Pepe de que se acercara. Apenas levantó la vista; en cambio agarró el maletín de Pepe y se dispuso a abrirlo. Pero Pepe no soltó el asa. Carraspeó con insistencia hasta que por fin el hombre levantó la mirada.
Su mirada dio con Pepe; era impaciente. ¡Rápido, rápido!, parecía querer decir, aparte de usted tenemos que despachar a otros pasajeros.
Entonces Pepe se pasó el índice de la mano derecha por el ala derecha de la nariz. Esa era la señal con la que solía darse a conocer ante los de la aduana e identificarse como enviado del doctor. Así le habían indicado que hiciera. Ejecutó ese gesto despacio y después lo repitió una vez más.
El funcionario contempló el espectáculo bastante asombrado. Pasó un momento —para Pepe una pequeña eternidad— antes de que al hombre pareciera despuntarle el recuerdo. Su mirada se relajó. Miró rápido alrededor, a la derecha, a la izquierda, después soltó el maletín y con un movimiento de la cabeza le indicó a Pepe que siguiera.
Las paredes del corredor del cual salían las salas de espera de los pasajeros de las distintas aerolíneas estaban decoradas con objetos e imágenes de tiempos antiguos, vasijas y figuras de barro, máscaras de oro y joyas: un lugar solemne; pero a Pepe le resultaron molestos los hombres que se mantenían allí. Examinaban a los pasajeros con miradas severas y desconfiadas. Llevaban de la correa perros grandes, un pastor alemán, un dóberman, un rottweiler peligroso. En Pepe no parecían tener ningún interés.
Cuando llegó a la sala de espera número 19, oyó por el altoparlante el último llamado a los pasajeros del avión de Lufthansa LH 537 con destino a Fráncfort del Meno y escala en Caracas. Los pasajeros esperaban a que los dejaran entrar al avión por una pasarela.
Ahora Pepe tenía que armarse de todo su valor. Tan duro como pudo, gritó: «¡El señor Wagner, por favor!» Los que esperaban se voltearon hacia él; nadie respondió. «¡Las mercancías libres de impuestos para el señor Wagner!» Ninguna reacción.
La fila se puso en movimiento; dos azafatas revisaban los tiquetes. Pepe se inquietó. ¿Y si no lograba entregar el paquete, si no podía cumplir con su tarea? Se trajo a la memoria la hora de salida, la aerolínea y el número de la sala de espera: todo en orden. Después de los pasajeros de primera clase dejaron entrar a los pasajeros con niños, y luego siguieron los demás. La fila se fue haciendo más corta: quince personas, diez, cinco.
De pronto un señor se acercó a Pepe. Rubio, vestido claro, aspecto europeo. —Me llamo Wagner —dijo. Casi no miró a Pepe. Durante una fracción de segundo mostró su pasaporte, después tomó la bolsa plástica de la mano de Pepe—. Tenga —dijo, y le pasó a Pepe un billete de diez dólares.
Pepe hizo desaparecer la plata en el bolsillo del pantalón. El hombre le entregó su tiquete a la azafata y ya estaba en la entrada de la pasarela.
En ese instante se abalanzaron tres hombres. Apartaron a los pasajeros a empujones. «¡Alto! ¡Quieto ahí! ¡Policía!»
Uno agarró al hombre y le apuntó con una pistola; los perros gruñían con rabia. Ahora lo empujaban hacia un lado. Los pasajeros se quedaron mirando el espectáculo. También Pepe se quedó ahí como petrificado. Pero después reaccionó. Despacio se puso en movimiento, como si todo aquel asunto no tuviera nada que ver con él.
Alcanzó el corredor ancho y se dirigió hacia la entrada por la que había llegado. ¿Para dónde iba a correr, dónde esconderse? De vez en cuando se cruzaba con algún pasajero. Todos los espacios: abiertos, a la vista. Ahí: dos puertas de baños. Arrancó a correr, dudó, se decidió por el baño de mujeres. Ahí no lo iban a buscar. Empujó la puerta: un cuarto lleno de luz, lavamanos, espejos. Delante de ellos, dos mujeres; una se untaba crema en la cara, la otra se pintaba los labios de rojo.
—¡Ay! —gritó una, asustada, y la otra dijo—: Joven, yo creo que usted se equivocó de puerta.
Pepe se quedó parado, confundido. Ni una palabra de disculpa. Después siguió corriendo, pasó al lado de las mujeres, empujó una puerta, la puerta se cerró de golpe detrás de él, le dio vuelta al pestillo. Se dejó caer en el borde de la taza del sanitario, agotado, respirando con un silbido.
—¡La juventud de hoy, qué descarada!
—Peligroso, ese muchacho.
—¡Vamos, salgamos de aquí! ¿Quién sabe qué estará tramando?
La puerta se cerró de un golpe; después Pepe oyó a sus perseguidores. «¡Atención, policía!» Los perros por lo visto habían cogido el rastro de Pepe y las mujeres se les habían ido a los brazos a los policías.
Pepe se tapó la cara con las manos y dejó caer la cabeza sobre el regazo.
¿Qué me está pasando?, se preguntó. ¿Estoy soñando? ¿Está corriendo una película delante de mis ojos? ¿Soy yo el delincuente? Ahora me van a cazar, me van a matar.
Cuando los hombres golpearon estruendosamente contra la pared, Pepe no sintió ya ninguna fuerza ni ninguna rebeldía dentro de sí; abrió la puerta.
El interrogatorio
Puños de hombres lo agarraron, lo arrastraron hacia afuera. Lo tiraron al suelo. Un perro enorme, una verdadera bestia, se le abalanzó encima, le puso las patas peludas sobre el pecho, el hocico babeante quedó sobre su cara. Al instante siguiente el animal lo mordería, se lo tragaría. Entonces retiraron al perro, levantaron a Pepe de un tirón, de modo que quedó parado entre ellos; a duras penas logró mantenerse en pie.
Le registraron los bolsillos y se quedaron con todo lo que llevaba encima. Luego lo empujaron delante de ellos hacia la salida y después hacia un cuarto contiguo. Estaba muy iluminado y dividido por tabiques de madera. Pepe vio al rubio detrás de uno de los tabiques. Tres hombres lo rodeaban, lo estaban interrogando. Se veía pálido. Tenía el pelo revuelto, la corbata corrida hacia un lado, el saco lo llevaba en el brazo. Le lanzó una mirada de odio.
A Pepe lo empujaron hacia otro rincón y lo sentaron a la fuerza en una silla. Detrás del escritorio estaba sentado un hombre joven, la cara le quedaba en la sombra. Callaba. La luz deslumbrante encandilaba a Pepe, que entrecerró los ojos hasta dejarlos como dos rendijas.
—Bueno, muchacho —oyó la voz del hombre—. ¿Cómo estás?
Pepe se sorprendió. Con esa pregunta no contaba.
—¿Cómo te llamas?
El tono tranquilo le hizo bien.
—Estás confundido —dijo el hombre—, no sabes qué decir. Ni siquiera sabes lo que te pasó.
¡Cuidado!, se dijo Pepe. ¡No te dejes engatusar! En su cabeza los pensamientos se perseguían unos a otros.
—Estás en shock. Tómate tu tiempo, no tengo afán.
Pepe bajó la mirada, siguió mudo. Después de una pausa el hombre preguntó: «¿Quieres un cigarrillo? ¿O un café?»
—Mmh.
El hombre le hizo señas a una mujer. Ella trajo en una bandeja una tacita de tinto. «¡A sus órdenes!», le dijo a Pepe. Cuando Pepe sintió en la boca el sabor amargo de la bebida, la vida volvió a sus miembros y a su cabeza. Poco a poco empezó a entender su situación: había ocurrido lo peor que podía ocurrir. Había caído en manos de la policía antidrogas.
Esto es el final, se dijo Pepe. ¿Quién podría salvarlo ahora? Lo amenazarían, lo golpearían, lo torturarían para ablandarlo. No descansarían hasta que confesara. Querrían sacarle a golpes el nombre del que le había dado el encargo. Sobre eso no lo podía engañar la voz tranquila del hombre que tenía enfrente. Lo encerrarían, por meses, tal vez por años.
—Todavía no está todo perdido —dijo de pronto el hombre. Parecía leerle los pensamientos a Pepe.
¿Qué me queda?, se preguntó Pepe. La desesperación le llenó los ojos de lágrimas. ¿Qué será de mi trabajo, qué será de Amanda?
—A ti te sedujeron, muchacho; te embaucaron —dijo el hombre con suavidad—. A los de tu clase solo los usan. Tú eres de los bobos a los que despluman. Los pequeños ponen el pescuezo, los grandes se ríen por debajo. Cuando algo sale mal, los jodidos son siempre ustedes. Los sacrifican sin el menor remordimiento. Porque detrás de ti hay otros cien, pobres diablos, infelices como tú, que no esperan sino ocupar tu puesto. Los que mueven los hilos se escupen las manos y planean el siguiente negocio.
Pepe vio frente a él al doctor gordo.
—¿Acaso crees que no les vemos las trampas? ¿Esos trucos tan miserables? Tu método es el más primitivo que me he encontrado en años, un insulto a la inteligencia. Antes de meterte en este negocio habrías tenido que mirar un poco a tu alrededor. Un traficante de droga que quiera sobrevivir tiene que inventarse algo nuevo.
El hombre se levantó y caminó de un lado a otro delante de Pepe. «La semana pasada —dijo— agarramos a una pareja. Tenían más imaginación que tú. La mujer llevaba un bebé en los brazos, un muchachito del tamaño de una muñeca. Cuando pasaron por la aduana, parecía dormir profundamente. Le habían metido un chupo en la boca. ¡Qué pálido se veía el pequeño! Eso le llamó la atención a una policía de la aduana. Quiso animar un poco a la pobre criatura, con sonrisas y caricias —'Mi nenita, bonita, chiquitica'—, tú ya sabes cómo se ponen las mujeres cuando ven a un recién nacido.»
El hombre se detuvo delante de Pepe.
—Pues bien, cuando tocó a la cosita, ¡qué sorpresa! Siguió ahí acostada sin moverse y se sentía fría, como muerta. La policía se asustó de verdad: desdobla la cobijita. ¿Y qué ve? El niño sigue mudo, frío, muerto. Se llevan a la pareja a un lado, le quitan los pañales al bebé. Entonces aparece una cicatriz enorme que le cruza la barriga al cadáver pequeñito, de abajo hacia arriba. Y esa cicatriz está remendada con puntadas burdas. Con unas tijeras cortan el hilo. ¿Y qué aparece? Bueno, ¿qué crees? Te doy tres oportunidades para adivinar.
Pepe se mordió el puño.
—¿No lo sabes? Pues en la barriga del pequeño había escondidas un montón de bolsitas de plástico, apiladas con cuidado una encima de la otra, una pila al lado de la otra, con cuatro libras de la mejor cocaína adentro.
Pepe levantó la mirada.
—Te asombra, ¿verdad? ¡Una obra maestra! Hay que tener imaginación, mi pequeño, más de la que tú tienes, en todo caso. Pero ni siquiera la imaginación de ellos les sirvió de nada.
Sobre la mesa estaba extendido lo que los agentes de la aduana le habían encontrado a Pepe en los bolsillos. El hombre se volvió a sentar, luego pescó la cédula entre los objetos reunidos y se enfrascó un buen rato en el documento.
—'Pepe' —murmuró—. ¿Con que tienes dieciocho años? ¡No me hagas reír! ¿Quién te inventó esa edad? Si tú tienes catorce, quince a lo sumo, muchachito escuálido. Pero tranquilo, no te voy a disputar tu mayoría de edad. Por mí, ten la edad que quieras. Solo deberías saber qué consecuencias tiene eso para ti. La libra de cocaína que llevaste hasta el avión, eso te vale de entrada dos años. Y siendo mayor de edad vas a parar a La Modelo. ¿Sabes lo que significa eso? Allá vas a vivir cosas con las que hasta ahora ni te habías atrevido a soñar. Esa cárcel no es ningún hotel de lujo, te lo puedo asegurar.
La voz del hombre ya no sonaba nada suave, soltó una risa amarga. «Lo que todavía no sabes te lo enseñan allá en un dos por tres, mi querido.»
De oídas Pepe conocía muy bien La Modelo. Junto con La Picota era la cárcel de peor fama de la capital. Las dos prisiones se parecían como el infierno y el purgatorio. Todo niño en Bogotá creía saber que detrás de los muros de esos calabozos se cometían todos los crímenes del mundo, los mismos que debían impedir: contrabando y robos, negocios con droga y con armas, violaciones y asesinatos.
—Quién sabe —dijo de pronto el hombre— en qué pabellón te vayan a meter. Los traficantes tienen un pabellón para ellos solos. El que cae por tráfico de droga puede irse acomodando allá tres o cuatro años largos. Y al que llega sin ser todavía adicto, en ese lugar lo vuelven adicto rapidito.
Pepe se pasó la mano por la frente, sudor frío. Se había encogido sobre sí mismo. Ya no contenía las lágrimas.
—No, no, mi pequeño —dijo el hombre—. Todavía no está dicha la última palabra. Tú mismo puedes darle la vuelta a tu destino. No eres más que un pez chiquito, una sardina. Tus dos o tres añitos tras las rejas no nos hacen felices. Si nos ayudas, yo intercedo por ti.
Quiere sacarme el nombre del doctor, se dijo Pepe, y se encerró en su silencio. El gordo lo mataría si lo delataba, Amanda lo odiaría.
—Yo no sé nada —dijo Pepe en voz baja.
El hombre se quedó sentado sin moverse, el silencio pesaba sobre ellos. Después se levantó, fue hacia Pepe, se detuvo frente a él, muy cerca, y lo miró a los ojos.
—Bien —dijo—. Como quieras. Entonces yo no te puedo seguir ayudando. —Le dio a Pepe una palmadita, murmuró «¡Lástima!» y salió del cuarto.
Pepe se quedó solo, se sentía abandonado y más solo que nunca. De un momento a otro lo asaltó un cansancio de plomo. Se protegió los ojos de la luz cruda. De pronto había otro policía parado a su lado. Acercó una silla, se sentó y le giró la cara a Pepe hacia la luz.
—Así que —le espetó a Pepe— se acabó el tono suave. Tengo poco tiempo. En cinco minutos sé lo que tengo que saber, o tú quedas hecho un hombre enfermo. —Pepe no albergaba ninguna duda de que el que tenía enfrente haría lo que acababa de anunciar—. ¿Quién te dio el encargo?
—No sé cómo se llama.
Sin decir una palabra más, el hombre le pegó. La cabeza de Pepe voló hacia atrás. Sintió un dolor ardiente en la cara. El hombre le había dado con el revés del puño en plena cara. Pepe boqueó buscando aire. La mano con que se pasó por la nariz se le tiñó de rojo.
—¡El nombre! ¡O te rompo todos los huesos!
—Él nunca me dijo su nombre.
—¿'Él', dices? Ajá, entonces fue un hombre el que te dio el encargo. ¡Bien! Lo viste, hablaste con él. Sabes cómo es. ¿Dónde te encontraste con él?
—No conozco la calle.
—Entonces alguien te llevó hasta allá. ¿Quién fue?
Pepe calló.
—¿Quién fue el que te llevó donde el que te dio el encargo? —repitió el policía en tono amenazante—. ¡Habla ya! —gritó. Ninguna respuesta. Entonces agarró a Pepe por el pecho, lo levantó y lo tiró de vuelta sobre la silla con tal fuerza que la madera crujió.
—Ahora ya sabemos esto: un hombre te dio el encargo y alguien te puso en contacto con él. O sea que ya tenemos tres: a ti, al hombre del contacto y al que mueve los hilos. Y otra cosa: tú puedes describir al que te dio el encargo, porque lo viste. ¡Cuenta! ¿Cómo es, cómo fue la cosa allá?
A Pepe le daba vueltas la cabeza, los pensamientos se le atropellaban. ¿Cómo salvarse sin delatar a nadie? El hombre daba vueltas alrededor de la silla de Pepe, una y otra vez. Parecía estar pensando. De repente lo agarró por detrás, le cogió el brazo y se lo torció contra la espalda. Pepe soltó un grito. Un dolor enloquecedor. Ahora el hombre le apretaba el cuello. Pepe boqueó, respiró con estertores.
Después todo se le puso negro, relámpagos rojos. Jadeos. Estuvo a punto de asfixiarse. El brazo: le colgaba flojo, adolorido.
—¡Así! —el hombre soltó una risa malvada—. Esa fue apenas una primera probadita, amiguito. —Miró el reloj—. Creo que nuestro héroe todavía no conoce las reglas del juego. ¿Quieres que te las explique? Pues bien, hijo mío: cuando los peces chiquitos están atrapados, se vuelven carnada para los peces grandes. ¿Entiendes?
Un fósforo se encendió y se apagó poco después. El hombre chupó con ansia el cigarrillo. Al cabo de un rato dejó salir el humo por la nariz, el resto lo botó por la boca. Silencio. Luego una risa despectiva: «¿Te parezco brutal? ¡No me hagas reír! ¡Pura habladuría! Yo no soy el brutal, el brutal eres tú. Con tu terquedad me obligas a molerte a golpes y a romperte los huesos. Yo no tengo la culpa. Si fueras razonable, nos entenderíamos bien. En realidad, tú no me caes tan mal.»
El hombre dejó la mirada puesta largo rato en Pepe. Después hizo un movimiento con la mano, como si quisiera espantar un pensamiento molesto.
—El trabajo es el trabajo —dijo—. Yo no le voy a sacar el cuerpo a mi deber. Tú eres un bobo, y yo no soy más que un pobre policía de investigación. —De nuevo el hombre chupó con ansia el cigarrillo—. Bueno, por última vez: ¿quién te dio el encargo? ¿De dónde salió la coca?
Pepe se había encogido por completo sobre sí mismo.
—El dueño de tu destino eres tú mismo, todo depende de ti —dijo el hombre—. Si te quedas callado, me obligas a usar la fuerza.
El cuerpo de Pepe se independizó, se estremecía, el temblor ya no se dejaba reprimir.
El hombre esperó un rato. «Bien —dijo—. Tú lo quisiste así. Tú asumes la responsabilidad. ¡Fíjate bien en lo que va a pasar ahora!»
Sin decir una palabra más lo agarró de la chaqueta y del pantalón, lo levantó, lo tiró al suelo y lo arrastró por el cuarto. Pepe colgaba de sus puños como un animalito, sin fuerzas. Al llegar a la pila de agua, el hombre abrió la llave y el agua empezó a correr.
—¿Es viejo o joven, gordo o flaco, alto o bajo el que te dio el encargo? ¿Dónde te encontraste con él?
Pepe apretó los dientes. Entonces el hombre le metió la mano por detrás en el pelo, le empujó la cabeza hacia abajo, la frente golpeó contra la pila. El agua, helada. Golpes en el cráneo, un zumbido sordo. Pepe manoteaba, pateaba con los pies. ¡Aire! La mano no aflojaba. ¡Aire, aire! Ahora sí se iba a asfixiar. Ya no había fuerza, ya no había voluntad. Se iba a morir. Pepe se rindió. Sus músculos se aflojaron. Oscuridad.
Cuando volvió en sí estaba tirado en el suelo. Sentía algo húmedo en la cabeza, en todo el cuerpo, temblaba. Dos hombres estaban parados a su lado.
—Se está moviendo —dijo el uno.
—Ahí tienes —dijo el otro.
—Ya tuvo suficiente.
—Esperemos a ver.
Uno de los hombres se agachó. «Así que —dijo— ya sabes cómo son las cosas aquí con nosotros.»
—Te doy una última oportunidad —dijo el otro—. Deberías aprovecharla.
Agarró a Pepe, lo levantó y lo dejó deslizarse sobre la silla. Su voz sonaba como si viniera de muy lejos: «¡Bobo! A nadie le sirve que te dejes matar a golpes. Al que te dio el encargo lo conocemos hace rato. No tienes ni que delatarlo. Ya lo tenemos. El lazo está bien apretado alrededor de su cuello.» El hombre sonrió con amabilidad. «Solo una cosa quisiéramos: tu confirmación. De verdad, una nadería. Para nosotros es pura formalidad, pero a ti te salvaría la vida.» El hombre le dio a Pepe unas palmadas de aliento en la espalda. «Acuérdate —siguió—, nosotros sabemos todo. Nada, nada se nos escapa.» Su cara se le acercó mucho a Pepe. «Hasta a tu novia la conocemos. ¿No quieres hacer algo bueno por ella?»
Como alcanzado por un rayo, Pepe se enderezó de un salto; una vida nueva había vuelto de pronto a su cuerpo maltratado.
—¿Ustedes conocen a Amanda? —De inmediato se mordió los labios. Era demasiado tarde, había soltado su nombre.
—¿Ves, muchacho? —dijo el hombre con voz suave—. Deberías pensar en Amanda. No querrás hundirla en la desgracia, ¿cierto? ¡Entonces haz algo por ella!
A Pepe se le subió la sangre a las mejillas. Se ponía rojo y pálido, una y otra vez. Primero había puesto en peligro a Carlitos y ahora había denunciado a Amanda.
—Si nos confirmas el nombre del que te dio el encargo, podemos dejar en paz a tu novia. Y a ti mismo también te va a servir.
La Modelo
La lluvia empezó con goterones que sembraron el asfalto de las calles y las plazas de manchas de agua del tamaño de una mano. Después se levantó un viento y el agua caía ahora tan rápido que la gente se refugió en las entradas de los almacenes, de los grandes bancos y de los centros comerciales. En un momento las calles quedaron trancadas de carros, sobre todo de taxis y de buses. El que todavía tuviera que cruzar la calzada llevaba las de perder. Porque apenas los carros avanzaban aunque fuera un poco, el agua que corría por los bordes de la calle saltaba en chorros. Los vendedores ambulantes amarraron bien los plásticos que habían tendido sobre sus carretas, y después todos buscaron refugio bajo los árboles de los parques.
Por fin, en el andén frente a la iglesia, construida en el estilo colonial del siglo XVI, se desprendió de unos plásticos y unas cobijas un hombre que había estado durmiendo allí a pesar del ruido del tráfico, enrollado como un niño o como un animal. El agua, que se había filtrado por sus envolturas y lo había empapado hasta los huesos, lo había despertado. Miró a su alrededor de mal genio, se limpió la humedad de los ojos, se levantó pesadamente y recogió los pedazos sueltos de cobijas y de plástico. Luego le pasó una cuerda al bulto, se lo echó al hombro y se dispuso a cruzar trotando al otro lado de la calle.
Los carros que frenaban en seco delante de él no le importaron. Se formó un pequeño trancón, empezó un concierto agresivo de pitos. El hombre siguió caminando sin inmutarse, mirando hacia abajo, hacia sus pies descalzos, como si fueran de otra persona. La lluvia, que le ponía pesada la bata raída, no parecía sentirla. Vadeó el agua que bajaba por la calle, alcanzó el andén de enfrente y se metió entre los transeúntes que se habían refugiado bajo el techo saliente sobre el portal del edificio de Avianca. En realidad ya no había puesto para él allí, pero la gente, apretada una contra otra, se hizo a un lado ante el olor que despedía.
Quien lo miraba de cerca se daba cuenta de que, al contrario de lo que había parecido desde lejos, no era un hombre viejo sino un hombre joven, en esa etapa indefinida de tránsito entre la juventud y la edad adulta. Nadie se hacía más pensamientos sobre él; al fin y al cabo, incontables figuras parecidas, echadas a perder, sucias, hediondas, poblaban las calles de la capital.
Probablemente ni Amanda ni Carlitos ni sus padres habrían reconocido a Pepe detrás de esa aparición. A veces Pepe ya no se conocía ni a sí mismo. Había dejado de hacerse una imagen de sí mismo y hasta de pensar en sí. Ya no se encontraba tan importante. Esa indiferencia frente a la propia persona, frente a su aspecto y frente a su destino, se le había instalado en la cárcel. En algún momento, mientras perdía el tiempo en la espera, se había perdido a sí mismo. Al principio todavía se había rebelado, desesperado, rabioso. Había creído que no podía seguir viviendo. La añoranza de Amanda amenazaba con volverlo loco. Todo le dolía, el cuerpo, la cabeza. «Me haces falta —le había escrito—, y no puedo vivir sin ti.» Pero después toda esperanza se derrumbó, de un momento a otro se sintió como sin vida. «Cada día me muero un poquito más.» Le juraba que no la había traicionado, todo lo contrario. «Yo te salvé. Te querían llevar. Te habrían roto los brazos y te habrían ahogado en el agua.» El miedo de perderla lo atormentaba día tras día. «Tú me quieres, entonces entiendes mi angustia. ¿Todavía me quieres? Si no, mañana estoy muerto.» Respuesta a sus cartas no recibió.
Si mantenía los ojos cerrados, la veía frente a él. Mientras escribía tenía la sensación de estar hablando con ella. Le habían rebajado la condena de dos años a un año. Después le hicieron ver la posibilidad de partir en dos ese único año. En lugar de los 730 días que le habrían tocado quedaban entonces —según calculaba él con esfuerzo y exactitud— 182 días y medio. «Yo no delaté al doctor», juraba Pepe en una de sus cartas. «No dije cómo se llama, ni dije dónde vive. Ellos ya lo sabían. Le venían siguiendo el rastro. Yo solo tuve que asentir cuando dijeron su nombre.» Se pintaba la 'vida nueva' que quería empezar con Amanda después de salir. «Cerca de Santa Marta hay un pueblito. Allá vamos a vivir, vamos a tener un bote, vamos a salir a pescar.»
La cárcel La Modelo se le había aparecido como el infierno, sin tiempo, sin esperanza. Los presos le decían a la cárcel 'Casa blanca'. Porque allá todo estaba pintado de blanco: las paredes, el patio interior, los techos. Tenían que estar limpiando a toda hora; limpiaban incluso cuando no había nada que limpiar. «¡Pura jodedera!», refunfuñaban los presos.
En esa cárcel la vida estaba llena de sorpresas y de peligros. Antes de encerrar a Pepe en la celda tuvo que desnudarse por completo. Le revisaron las medias y los calzoncillos buscando droga y armas. «¡Ese procedimiento da risa!», decían los presos. Porque en la cárcel de todos modos había de todo. Marihuana y basuco eran más fáciles de conseguir que afuera, en libertad. Con el tiempo Pepe comprobó que en La Modelo nada era imposible, siempre y cuando uno tuviera plata suficiente. En el patio interior había un kiosco. Allí compraban los presos comida, velas, loza, cigarrillos, casetes de música. Las armas y la droga, en cambio, se negociaban en secreto. Los guardianes conseguían lo que los presos quisieran. Cobraban el doble.
Los viernes y los sábados se recibían visitas. A las nueve dejaban entrar a los visitantes, sobre todo mujeres y niños. El resto de la semana los presos tenían que conformarse con sus fotos. Los compañeros de celda de Pepe habían decorado las paredes con ellas: fotos de desnudos sacadas de revistas colgaban al lado de retratos de sus esposas, fotos de sus amantes al lado de imágenes de la Virgen María. Pepe no tenía ninguna foto de Amanda, y la única estampita del Divino Niño Jesús que le quedaba no se atrevía a colgarla, porque temía las burlas de sus compañeros de desgracia.
En las noches de jueves a viernes los hombres hablaban más que de costumbre de sus mujeres. Así trataban de dominar su excitación.
—Yo conozco presos —dijo un compañero de celda— que hacen entrar la coca escondida dentro del cuerpo de sus mujeres. Como los guardianes sabían eso, las visitantes tenían que llevar un pedazo de tela blanca. Antes de dejarlas entrar les ordenaban desvestirse. Todo lo revolvían: bolsos, ropa, regalos. Una policía le ponía la tela sobre un dedo y con él las hurgaba por el ano y por la vagina. A Pepe se le erizaba la piel cuando se imaginaba esa requisa.
Amanda no se dejaba ver, Pepe no supo nada de ella. Horas enteras se quedaba acostado en su camastro mirando fijamente las tablas de encima. Cuando se volteaba de un lado al otro, el colchón duro, relleno de trapos, se le clavaba. Entonces chocaba con los pesados postes de concreto en los que estaban empotrados los camastros toscos. Si se volteaba hacia el otro lado, el frío de la pared pelada, encalada de blanco, se le metía en el cuerpo. Entre la cama y la pared quedaba apenas una franja angosta, en la que solo cabía una persona de pie. En la pared, a los pies de las camas, habían clavado puntillas, dobladas a golpes, oxidadas. Allí colgaban la ropa.
No había puerta, no había ventana. El frente de la celda estaba cerrado por una reja pesada. A las cuatro de la mañana la corrían hacia un lado: chirrido de hierro. El trueno del golpe contra la pared les caía a los que dormían como un fustazo. Pepe salía disparado de las sábanas revueltas, y sobre el desamparo de su sueño se posaba el espanto. Abría los ojos de par en par para volver a apretarlos enseguida en la luz deslumbrante.
Se caían de las camas, se tambaleaban, buscaban la ropa medio dormidos, y ya los arreaban con pitazos chillones. Después, al trote, hacia las duchas. El cuerpo se movía como una máquina. Solo el agua convencía a Pepe de que su propio cuerpo no era un autómata. Cuando el chorro helado le golpeaba el cuero cabelludo, dolía. Se sentía indefenso frente a ese suplicio. Un nuevo día sin esperanza.
Después había un café turbio y aguado y pan blando como caucho. Se sentaban en filas largas, algunos sorbían y masticaban con ruido. La rutina tenía algo de consuelo. Uno aprende a aceptar las cosas como son, se decía Pepe. Entre el desayuno y la noche no había un solo instante sin vigilancia, nunca estaban solos. A toda hora se oían de alguna parte gritos, golpes. ¿Quién es peor?, se preguntaba Pepe: ¿los guardianes con los presos o los presos entre ellos mismos? El embrutecimiento no se detenía ante nadie. Unos se defendían con brutalidad, otros huían hacia la resignación.
Al segundo o tercer día de su estadía en La Modelo, uno de los reclusos se le plantó a Pepe delante: «¡Oiga, chino!» Era un tipo gigantesco, la cara surcada de viruela y de cuchilladas. «¡Bonitos zapatos! Me gustan.» El hombre le dio la vuelta a Pepe. «¡Mmh!» Admiración fingida.
Pepe miró al suelo. Silencio.
—Bueno, no se haga rogar. ¡Démelos!
—¿Mis zapatos? No tengo sino estos.
—¡Ja! ¡No tiene sino estos! —El gigante remedó el tono de Pepe—. No quiere soltar nada. ¡Tacañito! —El hombre se rió mirando a los demás.
Otros presos se acercaron. «¡Oiga, qué hay!» Los que se apretujaban formaron un círculo. Caras a la expectativa, risitas burlonas.
¿Nadie me va a ayudar?, pensó Pepe.
—¡Démelos ya! ¿O quiere que se los quite yo?
Pepe retrocedió, uno de los hombres lo empujó: «¡Dele, chino, muéstrele!»
El gigante se rió. «No entiende nada —dijo por encima de Pepe—, ¿será que necesita una ayudita para decidirse?» Con toda parsimonia se abrió la chaqueta y sacó del bolsillo interior un cuchillo. «Bueno, ¿qué pasa?»
Pepe se agachó, se quitó un zapato y después el otro. Luego, de vuelta a la celda en medias, con las carcajadas burlonas a la espalda.
Más tarde uno se le acercó a Pepe. «No aguantan las ganas de que se arme la pelotera», dijo. Un hombre melancólico, flaco, con barba. «Usted les dañó la diversión. Más que los zapatos, a ese le habría gustado una buena pelea.» Se sentó al lado de Pepe en la cama. «Lo van a seguir provocando, la cosa se va a poner más dura.» Pepe puso cara de angustia. «¿Quiere que yo sea su 'padrino'?», preguntó el hombre.
A partir de entonces dejaron a Pepe en paz.
—Mientras esté conmigo, Pepe —dijo el flaco—, no le va a pasar nada.
Pepe se sentía incómodo. El padrino le pasó el brazo por encima. Pepe se corrió a un lado. En la primera oportunidad que tuvo, le metió la mano en el pantalón. Pepe quedó confundido; después salió corriendo y vomitó el asco en el sanitario. Se despreciaba a sí mismo. Soy como un pedazo de mierda, pensó. ¿Qué pensaría su padre de él? A Amanda le escribió: «Me humillaron y me maltrataron. Yo no me defendí.»
El aburrimiento llevaba a los presos a la desesperación. A veces se sentaban juntos, tres o cuatro hombres, ninguno quería quedarse solo. A Pepe le dieron marihuana. Un paquete al precio de 1000 pesos alcanzaba para cincuenta cigarrillos. «¡Tome! No le cuesta nada.» Pepe se fumó uno, después un segundo. Se sintió mal, pésimo, como un perro. Con el tercer cigarrillo, por fin, el efecto esperado. «Puedo volar.» Pepe flotaba fuera del patio, por encima del pabellón de las celdas, más alto que la torre de la cárcel; ahora veía la ciudad debajo de él. «¡El mundo, qué bello es!» Maravillosos le parecían los colores y las formas de las cosas. Creía oír música, sonidos que parecían venir de los coros de los ángeles. Después le dio tristeza, de nuevo lo llenó la añoranza. La pena lo hundió más hondo que nunca. «Me dejas atrás —dijo, y vio a Amanda frente a él—, herido de amor. La herida está abierta, toda la fuerza se me escapa. Yo me quedo como una cáscara vacía.»
Cuando le ofrecieron basuco, Pepe también lo aceptó. Los guardianes se dieron cuenta y miraron para otro lado sonriendo. Primero los presos tomaron cerveza. Después uno pasó aguardiente, otro una botella de brandy. Se reían. Pepe se sintió un poquito feliz. Esta sí es amistad de verdad, pensó. A cada uno le tocó un cigarrillo. Los frotaban entre las palmas de las manos, el tabaco se soltaba y se caía. Uno le ayudaba al otro a doblar los papelitos con los que echaban el polvo blanco dentro de las envolturas de los cigarrillos: polvo, tabaco, polvo, tabaco. Pepe sintió la impaciencia de los otros. Apenas aguantaban a que el cigarrillo quedara torcido por la punta. Después lo sostenían sobre la llama de la vela, el papel blanco se ponía gris. Las manos les temblaban. ¡Por fin! Se dejaban caer hacia atrás, aspiraban el aire bien hondo, dejaban que el humo les entrara al cuerpo. El efecto llegaba enseguida: gozo, sentirse uno mismo fuerte, sentirse superior.
El basuco hacía mejor efecto, más rápido y más largo que la marihuana. ¿Qué le importaba a Pepe que ese fuera un camino sin regreso? Sabía que el que cae en poder del basuco casi nunca vuelve a soltarse. ¿Y para qué quiero la libertad?, se decía. Prefiero acabarme en el vicio que en la miseria. Maravilloso le parecía el efecto de la droga. Ya no había suplicio, solo luz y música. Esa sensación no debía acabarse nunca. Fumaban, rellenaban un cigarrillo tras otro, cada vez más rápido: llenar, apretar, torcer, prender, chupar. El ansia los azuzaba. Pepe temblaba de deseo. Quería más tiempo, más cantidad, un vuelo más hondo. Se fumó tres, cinco, siete, diez cigarrillos en media hora. Ni hambre ni sed sentía. Sudaba, el corazón se le disparaba. Entre más fumaba, más fuerte lo agarraba el deseo. Se sentía como una bestia de carga espoleada por una jinete demoníaca: estaba poseído por el ansia.
Al cabo de una hora: veinte cigarrillos. No podía haber un final. En algún momento el final llegó de todos modos. Quedaron tirados, cansados, sin fuerzas, pero Pepe no encontraba el sueño. Le subía la fiebre, se sentía excitado, algo se le alborotaba en el cuerpo y quería salir. Se apretaba los puños contra las orejas, los ruidos del patio de los presos lo torturaban, un estruendo chillón, taladrante, agudo. Pasaron horas. Seguían acostados uno al lado del otro, nadie se ocupaba de ellos. ¡Dormir, solo dormir! Pero no encontraban descanso.
Cuando se acercaron los últimos días en la cárcel, Pepe se espantó ante la idea de estar libre. ¿Para dónde iba a ir? ¿Donde sus padres o donde Carlitos? ¡De ninguna manera! Ellos no debían enterarse de su miseria. ¿Y Amanda?
El día en que lo soltaron, el guardián de la salida tuvo que darle a Pepe un empujoncito. «¡Dele pues! ¡Y no vuelva pronto por aquí!»
Un bolso pequeño con sus pocas pertenencias le colgaba al lado. Se fue arrastrando los pies por las calles. Pasó algunas horas sentado en un parque. Después se subió a un bus y viajó hacia el norte. Unas cuantas cuadras más a pie. Su paso se hacía cada vez más cansado. Frente al apartamento de Amanda vaciló. Por fin juntó todo su valor. Abrió un desconocido. El nuevo inquilino no sabía nada del paradero de Amanda.
En los días siguientes anduvo dando vueltas sin rumbo. Su voluntad estaba como borrada. Y de pronto despertaba el ansia y lo empujaba hacia adelante: armar un cigarrillo, llenarlo de basuco, disolverse en el vuelo; no existía sino ese deleite. Se enflaqueció, se echó a perder. De vez en cuando se le lanzaba encima a algún transeúnte. Las víctimas se defendían, casi siempre él llevaba las de perder. Entonces se quedaba tirado, ensangrentado, molido, quejándose bajito. A veces le iba bien, y entonces corría con su botín hacia el centro, más abajo de la Avenida Caracas, donde a cualquier hora del día o de la noche podía cambiar lo robado por basuco.
Malgastar plata para pasar la noche en cualquier cuartucho miserable ni se le pasaba por la cabeza. Las noches las pasaba a la intemperie. El frío, la humedad y el miedo apenas lo dejaban dormir. Solo cuando amanecía, cuando el sol secaba los cañones de las calles y lo calentaba un poco, se acostaba en cualquier parte: en la entrada de un almacén, de un edificio de oficinas, de una iglesia, y mejor todavía en la cabinita de un cajero automático. Cuando hacía buen tiempo también se estiraba alguna vez en el separador de una avenida, cubierto de pasto crecido, y se dormía de una vez, sin que lo tocara el tráfico que pasaba atronando a su lado.
A veces solo se volvía a despertar cuando algún transeúnte le pegaba una patada. Entonces iba a una de las fuentes de los parques, se desnudaba por completo y saltaba al agua sucia, tan fría que el corazón se le paraba. Se cambiaba de ropa y de zapatos solo cuando encontraba algo mejor en la basura. Con el tiempo la cara se le puso negra de mugre, el pelo le creció en mechones. Si veía a alguien de plata, estiraba la mano pidiendo limosna y murmuraba algo de hambre, de desempleo y de la necesidad de mantener a su familia. Así fue como casi siempre le sonaban unas cuantas monedas en los bolsillos.
Aquí en la calle, se decía, es como en una película. Las imágenes te vuelan por las orejas. No alcanzas a mirarlo todo. Y encima tienes que estar alerta sin descanso, si no, te pasan por encima.
En una de las primeras noches le habían robado los zapatos, desde entonces andaba descalzo. Los pies habían tomado un color rojo oscuro, las piernas estaban hinchadas alrededor de los tobillos, le dolían. Tosía sin parar. De la nariz le corrían los mocos en hilitos y le formaban encima de la boca una costra pequeña y amarilla. Era tan dura que ni siquiera la lluvia permanente la deshacía.
Lluvia por la mañana, lluvia por la tarde. La gente miraba impaciente hacia el cielo. Las nubes se amontonaban sobre Monserrate, pero desde la sabana se iba acercando cada vez más una franja azul con la luz rosada del atardecer. Pepe se echó el bulto al hombro y fue uno de los primeros en dejar el techo saliente sobre el portal del edificio. En el agua que bajaba por la calle como por el lecho de una quebrada, los dedos de sus pies se encogieron sin querer.
Los 'vendedores ambulantes' volvieron a abrir sus casetas. Pepe se quedó parado frente a una fritanguería. La peste a manteca vieja colgaba sobre la calle. Los trocitos de chicharrón tomaban formas extrañas. A Pepe se le hizo agua la boca. «¡Siga derecho, hombre!», le siseó el vendedor.
Los empleados de los restaurantes empezaron a sacar a la calle las basuras del día en grandes bolsas negras. Pronto pasaría el carro de la basura. Pepe tenía que apurarse. En una de las bolsas de plástico rasgó un hueco del tamaño de un puño. Entonces brotaron los restos de comida: primero salió un líquido amarillo. La salsa aguada arrastró arroz, y en medio huesos de pollo roídos, restos de verdura, papas. Pepe metió la mano en el caldo frío, pescó unos cuantos pedazos que le parecieron especialmente sabrosos, sobre todo restos de carne y huesos que no habían quedado del todo limpios. Los olió para saber si no estaban podridos y después se metió adentro todo lo que pudo.
Juana la del basurero
Por las noches Pepe se quedaba en el barrio de peor fama de toda la ciudad, en El Cartucho. Las casas estaban arruinadas, de su antiguo esplendor no quedaba nada. Dentro de los cuartos y en los patios se apiñaba la gente. Afuera, en la calle, la basura había crecido hasta formar lomas planas sobre las que la gente se sentaba a ofrecer en venta lo que hubiera recogido. Algunos cocinaban arroz; se comía con la mano, en hojas de plátano. La gente se dormía por la noche donde había trabajado durante el día, y ahí mismo hacía sus necesidades.
Nunca se veía el carro de la basura en El Cartucho, y la policía tampoco se dejaba ver, salvo cuando había que sacar por lo menos tres o cuatro muertos de una vez. Eso pasaba casi siempre después de los días de fiesta, los civiles y los religiosos. Porque entonces la gente se hundía en la borrachera. Se ponían violentos, se lanzaban unos contra otros y se mataban a golpes entre ellos. Los sobrevivientes tiraban los cadáveres a la calle y los dejaban ahí tirados hasta que los policías se atrevieran a entrar al barrio.
En un edificio que ya había empezado a desplomarse pasaba Pepe las noches, piel contra piel con una ocupación siempre cambiante. Le costaba apenas unos pocos pesos. De esa casa había un paso hasta la montaña de basura que se había formado en la mitad de la placita donde terminaba El Cartucho y se cruzaban varias calles. Entre los recicladores ese lugar gozaba de cierta popularidad, porque todos los días llegaba material nuevo: bolsas de basura llenas, verduras de la plaza de mercado cercana, fruta podrida, empaques vacíos y, de vez en cuando, también llantas viejas, tablas de madera, pedazos de hierro y botellas.
Pepe estaba de mal genio. Con esa clase de trabajo no salía casi nada. Los compradores de chatarra a los que les quería vender papel, cartón, hierro y botellas eran ellos mismos unos pobres diablos. Pepe tiritaba de frío, se agachó más, de pronto alcanzó a agarrar una bolsa plástica llena de botellas y haló de ella para sacarla de entre los cachivaches.
Y de repente había alguien parado a su lado. Una mano, pequeña y ágil, salió disparada, agarró: ella halaba de un lado, Pepe del otro lado del hallazgo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —Pepe levantó la mirada. ¿Quién se atrevía a meterse en su camino? Una muchacha—. ¡Quita las manos! —Ojos negros, furiosos; pelo revuelto, encrespado sobre la frente—. ¡Saca tus garras de mis botellas!
Pepe no había notado antes a la muchacha; su figura casi no se distinguía de lo que la rodeaba. Con el sudor o con la lluvia, la mugre de su cara se había corrido formando sombras negras. Podía tener diecisiete años, pero era pequeña, apenas más alta que una niña de doce. Mientras ella halaba hacia un lado y Pepe hacia el otro, ella bufaba como una gata. Pepe parecía ir ganando, pero de pronto las uñas afiladas de ella se le clavaron en la mano. Pepe la empujó lejos de él y entonces lo atravesó un dolor violento: la muchacha le había mordido el dorso de la mano. Él la soltó, y ella se quedó ahí parada, triunfante, con su botín.
Pepe sintió cómo le subía la rabia. «¡Mocosa!», le gritó. Le dio un empujón y ella se fue de espaldas al suelo. Más rápido de lo que había caído se volvió a parar de un salto, voló hacia Pepe y sus puñitos empezaron a tamborilearle encima. Entonces le llegó el golpe de Pepe. Se detuvo, se llevó la mano a la cabeza, con lágrimas de rabia en los ojos.
—¡Zorra! —Pepe miró desde arriba a esa criatura mugrienta. ¡Cómo podía una muchacha mostrarse así en público, tan salvaje, tan echada a perder! Llevaba un pantalón ancho que alguna vez debió de haber sido parte de una sudadera. Encima se había puesto una falda larga. Sobre la cintura le colgaba la parte de abajo de un chaleco de lana, y el torso se lo envolvía una chaqueta ancha, con las mangas demasiado largas, que parecía venir del vestido de un hombre.
—¡Dame eso acá! —Pepe haló la bolsa—. ¡Quita las manos de mis cosas!
—¡Quita tú las garras de mis botellas! —le gritó ella de vuelta.
Lo miró con rabia, y Pepe no dudó de que estaba decidida a hacer valer lo que ella creía su derecho. Pepe tomó impulso para darle una patada y ella se le vino encima volando. Fue como si un ave de rapiña le cayera. Sus puños le tamborileaban en la cabeza, en la barriga, en el pecho. Un poco divertido con su rabia, la agarró por la cintura, la levantó del suelo y la sostuvo así un rato.
Ella pataleaba, le daba patadas en las piernas y soltaba los insultos más bravos: «¡Hijo de puta! ¡Malparido! ¡Brinca la madre! ¡Cabrón de mierda!»
En ese momento sus caras quedaron muy cerca la una de la otra. Él le miró los ojos negros, que echaban chispas salvajes. Y entonces sintió, debajo de la ropa, sus senos pequeños y firmes.
—Espera un momento —dijo. La volvió a poner en la tierra—. Seguro que nos podemos arreglar.
Ella se quedó parada frente a él con los puños apretados. «¡Marrano! ¡Ladrón!»
—Mira —dijo él, rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pedacito de queso. Lo limpió contra la manga sucia y se lo puso debajo de la nariz—. ¡Toma!
Ella lo agarró rapidísimo, se lo metió en la boca: un mordisco, y ya se lo había tragado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—No es asunto tuyo.
—Yo soy Pepe.
—¿Y qué?
—¿Tienes hambre?
—¿Y a ti qué te importa?
—¿Quieres más queso? ¿Y un pedazo de salchichón?
—Mmh.
Así transcurrió el primer encuentro entre Pepe y Juana. Al día siguiente se volvieron a ver, y al otro día también, 'por pura casualidad', como se juraban el uno al otro. Después del cuarto o quinto encuentro, cuando llegó la noche, salieron juntos a buscar un sitio donde dormir los dos. Más adelante se ayudaban mutuamente con plata, con comida y con basuco. Pero pasaron todavía semanas antes de que Juana empezara a contar una que otra cosa de su vida.
Ella misma no sabía con exactitud cuántos años tenía. ¿Y a quién le habría podido preguntar? A su padre nunca lo conoció. Los hombres en la casa de su madre cambiaban todo el tiempo. Casi ninguno se fijaba en ella. Con apenas diez u once años la entregaron como empleada del servicio a una familia. Allí trabajaba de la mañana a la noche. Ayudaba en todo lo que hubiera que hacer en la casa: lavar, limpiar, cocinar, hacer el mercado, cuidar a los niños. En la noche le quedaban cuatro o cinco horas de sueño, no más. Su 'cuarto' era un cuchitril de tablas en el patio, su cama un colchón viejo de espuma sin forro. Cada dos fines de semana tenía libre, el sábado por la tarde y el domingo, si no se atravesaba nada. Lo que ganaba se lo quitaba la madre.
La señora de la casa, que trabajaba ad honorem en varias instituciones de beneficencia, salía con frecuencia. Fue entonces cuando el señor le echó el ojo a la muchacha que estaba floreciendo. La engatusó con cumplidos, le pasó el brazo con ternura por los hombros y la sedujo. Con regalos de plata le compró el silencio. Cuando ella se armó de valor y empezó a defenderse, la violó.
La señora se olió el asunto y sin más echó a Juana a la calle. Y ahí quedó: en una mano una bolsa deshilachada con todo lo que poseía, en la otra un billete de cien pesos para el bus. ¿Adónde podía ir?
Por lo pronto encontró dónde meterse en el apartamento de su madre. Pero allí no hacía sino estorbar, les quedaba en el camino a los clientes. La madre estaba decepcionada por la 'desgracia' de Juana en la casa de la familia rica; le dolía la pérdida de su ingreso mensual.
A veces Juana no llegaba a dormir, se quedaba callejeando por fuera, pedía limosna, ayudaba aquí y allá. Cuando un día volvió después de andar mucho tiempo vagando, su madre había desaparecido. Uno de sus clientes se había instalado en el apartamento y había traído a su familia: mujer, madre, cinco hijos. Miraron a Juana con malos ojos. Dónde estaba su madre, o si todavía vivía, según ellos nadie lo sabía.
Eso había pasado hacía tres o cuatro años. Desde entonces Juana no tuvo más casa, se quedó en la calle. Allí se unió a una gallada, una pandilla de niños de la calle. Entre los miembros de esa gallada había encontrado un protector, Maroquín. Él había sido uno de los muchachos mayores del grupo. Hacía como un año la policía lo había matado a tiros.
—En ese tiempo dormíamos en el Parque Nacional —contó Juana—. Por culpa de los escuadrones de la muerte vivíamos con miedo permanente. —Cada vez más niños de la calle e indigentes, prostitutas y homosexuales caían víctimas de las 'labores de limpieza' de las bandas de sicarios. Decían que querían combatir la criminalidad y exterminar la 'escoria' de la ciudad. Había que limpiar las calles de los engendros de la miseria y de la pobreza.
Muchas veces se mezclaban policías y soldados con los grupos de asesinos. Recogían niños de la calle, los apiñaban como ganado en camiones, los sacaban de la ciudad y los abandonaban en cualquier parte; muchas veces, sencillamente, también los mataban.
—Serían las dos o las tres de la mañana —siguió contando Juana— cuando se nos vinieron encima. Nosotros nos levantamos de un salto del escondite y queríamos huir. Pero Maroquín se defendió. Con un palo le pegó a uno de los atacantes en la cabeza. Ese era un policía. Otro policía debió de ver eso. Le disparó a Maroquín. Él se cayó sin soltar un solo sonido. No se volvió a mover.
Juana se pasó la mano por la cara. «Nosotros seguimos corriendo. Yo di una vuelta y ahí vi cómo lo arrastraban hasta el carro. Cerraron la puerta de un golpe y desaparecieron. Nadie lo volvió a ver, nunca más se supo nada de él.»
Todo el mundo sabía que los escuadrones de la muerte tiraban a sus víctimas a un río o a cualquier basurero. A veces se encontraban los muertos debajo de la basura. «¿Quién sabe? —dijo Juana—. ¿Tal vez no quedó muerto de una vez con el primer tiro? Entonces lo habrán acabado de matar a golpes en el camino.»
La banda «La Soledad»
Lluvia, siempre nada más que lluvia. Pepe y Juana recogieron sus pertenencias y las metieron debajo de la reja del hueco de una ventana. Bajaron corriendo hasta la Avenida Décima y en el último momento se metieron a empujones por la puerta trasera de un bus que iba en dirección a Usaquén. Desde la muerte de Maroquín el contacto de Juana con su gallada se había roto; al escondite en el Parque Nacional no había vuelto.
Un día le había dicho a Pepe de repente: «Los muchachos y las muchachas de la gallada, esos sí eran amigos de verdad. Vivíamos juntos como hermanos. Ellos me enseñaron cómo se sobrevive en la calle.» De cada uno del grupo sabía contar alguna aventura.
—¿Y por qué no vamos, así no más? —había preguntado Pepe al cabo de un rato—. ¿Será que los encontramos en el sitio de antes?
Ahora iban apretujados entre otros en el pasillo del bus y se agarraban del tubo de hierro. Al cabo de media hora se bajaron de un salto. Las nubes de lluvia trepaban por las laderas verde oscuro de los cerros, se quedaban colgadas de las cumbres y se amontonaban unas sobre otras como monstruos de algodón gris. La luz ya perdía fuerza, pero el cielo se extendía azul y rosado sobre la ciudad. En las calles los primeros avisos de neón atraían la atención de la gente. Subieron de la Avenida Caracas hasta la Séptima y atravesaron el Parque Nacional. Al final del parque las zonas verdes se convertían en matorral descuidado. Allí se salieron del camino de piedra, caminaron entre la maleza y treparon por lomitas de escombros y de cascajo.
—Allá atrás —dijo Juana—, allá estaba nuestro escondite. —Al cabo de un rato les llegó a la nariz un olor picante—. ¡Ahí! ¡Mira!
Apartaron los arbustos y de pronto vieron una fogata pequeña. Alrededor del fuego estaban en cuclillas unas cuantas figuras oscuras; una iba y venía.
—¡Ese es Pinocho! —susurró Juana.
El muchacho flaco, de unos quince años, regañaba en voz alta: «¿Ustedes tienen mierda en la nariz? ¿Van a cocinar la comida sobre caucho quemado?»
—Ese es nuestro jefe —explicó Juana en voz baja. Salieron de detrás de los matorrales.
—¡Oigan! ¿Qué pasa? —Como un remolino, las figuras se pararon de un salto; Pinocho agarró una rama, nervioso, asustado, tenso.
—¡Soy yo! ¡Juana!
Asombro. Alivio. Todos se acercaron. «¡La Pulga! ¡La Pulga! Bienvenida.» Preguntas y más preguntas. «¿Cómo estás? ¿Dónde has estado?» Pepe se quedó a un lado.
—¿A quién traes? —Miradas desconfiadas se dirigieron hacia él. Los primeros que le hablaron fueron los dos más pequeños—. Estos son Nacho y Pacho —dijo Juana.
Se le pararon a Pepe enfrente y preguntaron sin rodeos: «¿Tú eres el nuevo novio de Pulga?»
Los dos se parecían como dos gotas de agua. Sobre el pantalón llevaban la camisa abierta, de modo que se les veía el pecho desnudo. La mirada de Pepe se quedó prendida de las cadenitas con los crucifijos de plástico, cuyo azul resaltaba bien sobre la piel morena y sucia.
La desconfianza de Pinocho se mantuvo, pero Juana salió en defensa de Pepe. «Traigo a 'uno nuevo'. Se llama Pepe y puede ocupar el puesto de Maroquín.»
Con el tiempo Pepe fue conociendo mejor a toda la banda y aprendió a apreciarla. A Nacho y Pacho, que apenas pasaban de los ocho años, les decían solamente 'los chiquitos'. Siempre actuaban juntos. Con sus canciones, unos cantos hablados y tristes que presentaban de día en los buses y de noche frente a las entradas de los cines de la calle veinticuatro, eran una fuente de ingresos segura y previsible para el grupo.
Poco mayores que ellos eran Pulpo, Cacao, Pitufa y Pihi. Según decían, ninguno se acordaba ya de su nombre verdadero. Cuando habían llegado a la gallada los habían 'rebautizado'. Además estaba Quinto Piso, que les sacaba a los otros una cabeza de altura, y El Negrito, que se destacaba como artista del fuego. En sus presentaciones en la placita entre el Museo del Oro y la iglesia de San Francisco siempre se juntaban grandes multitudes. Aplaudían cuando, de ñapa, rompía unas cuantas botellas de cerveza vacías y se acostaba con el torso desnudo, cubierto de cicatrices, sobre los vidrios y se revolcaba encima de ellos.
Gallego era un hombre joven, pequeño, de edad indefinible, que caminaba un poco torcido por un daño en la cadera. De día y de noche llevaba unas gafas de sol que, según él, le había quitado a una dama distinguida en un viaje por el Caribe. Esa historia no se la creía nadie. Cuando la contaba, los otros se reían y aprovechaban la ocasión para relatar sus propias aventuras fantásticas.
De día Gallego se quedaba casi siempre en el norte de la ciudad, entre la calle 78 y la calle 100. «Allá —decía— es donde sale a pasear la mayor parte de la plata.»
Antes de pedir limosna solía observar bien a sus víctimas. Frente a unos se mostraba miserable, enfermo y necesitado, y apelaba a su lástima y a su misericordia; frente a otros, en cambio, se comportaba como un salteador peligroso, los amenazaba y solo se daba por reconciliado y satisfecho después de una limosna que a él le pareciera adecuada. Con los éxitos de Gallego no competía nadie del grupo, él los superaba a todos.
Además de Pulga había otras tres muchachas en la banda: la Gorda, la Brujita y la Pulpa. «Las viejas —decían los muchachos— son nuestra perdición.»
Y al decirlo se reían, y sabían muy bien que era todo lo contrario. Es cierto que las muchachas peleaban entre ellas sin parar, tanto que muchas veces sus gritos delataban desde lejos dónde se había instalado la gallada. Pero también traían al grupo un soplo de calor y de ternura. Los muchachos apreciaban que Brujita, de diecisiete años, 'hiciera magia' con restos de comida desagradables y medio podridos para sacar de ahí platos deliciosos.
Cuando ella murió, lloraron todos, hasta los largos, los mayores. La desgracia ocurrió unos meses después de que a Pepe lo recibieran en el grupo. Brujita se había subido de un salto a un bus en marcha. Había llovido y ella resbaló, cayó a la calzada y un bus que venía detrás la arrolló. Quedó ahí tirada, aplastada y bañada en sangre. Ningún conductor estuvo dispuesto a llevarla al hospital. La sacaron de la calzada y la acostaron en el andén. Poco a poco se desangró.
Pero la vida seguía, ningún día se cuidaba solo. El hambre y el afán de sobrevivir los sacudían. Pepe y Juana andaban juntos por las calles. Les pedían plata y comida a los transeúntes. Uno tras otro visitaban los mercados de Paloquemao y Corabastos y allí revolvían los montones de basura buscando frutas que los vendedores hubieran botado. De la basura pescaban lo que les parecía que valía la pena limpiar y arreglar: una herramienta, un canasto, un cable eléctrico con enchufe, una reja de hierro. Los domingos se sentaban desde temprano en la mañana a la entrada del 'mercado de las pulgas', frente al Museo de Arte Moderno, y extendían sus tesoros sobre un pedazo de tela.
Después del trabajo del día se volvían a encontrar en el borde del parque. Cuando Juana se había lavado, se acostaba boca abajo y dejaba que Pepe la despiojara. Con movimientos largos y pacientes le pasaba el peine por el pelo negro y húmedo, que brillaba con el reflejo del fuego, y aplastaba los piojos entre las uñas.
Nacido muerto en la calle
—Estoy embarazada.
—¿Cómo?
—Voy a tener un hijo.
—¿Un hijo?
—Sí, un hijo.
—¿Quién es el papá?
—Ni idea.
—¿Cómo que no lo sabes?
—¿De dónde iba a saberlo?
—Podrías acordarte de con quién te has acostado.
—Pues me acosté con Gallego, con Pulpo, con Cacao, con Pitufa y contigo. Con todos me acosté. ¿Qué te creías?
Pepe se quedó callado. ¿Para qué le hago esas preguntas?, pensó. Así es la cosa entre nosotros. Uno se quiere, uno tiene un hijo. En el mundo entero es así.
Si no en el mundo entero, en la calle sí era así en todas partes. Pepe sabía muy bien cómo se trataba a las muchachas que vivían en la calle. Antes de que las recibieran en una gallada tenían que 'probarse'. Nadie quiere gente débil ni boba. Todos y todas debían servirle de algo a su banda y no ser una carga para ella. Por eso era costumbre que, antes de admitir a una muchacha, primero se le hiciera una 'prueba'. Los muchachos mandaban a la aspirante, por ejemplo, al supermercado Ley a hacer una 'compra'. O la ponían a pedir limosna un domingo frente a la plaza de toros. O sometían su destreza de carterista a un examen serio.
La 'ceremonia de ingreso' final se cumplía de noche. La 'nueva' tenía que acostarse con todos los miembros de la banda.
—Tampoco fue tan grave —dijo Juana cuando Pepe una vez le sacó el tema—. Todas nosotras hemos tenido que aguantarlo. Y los chinos de aquí —miró hacia los chinos, que se afanaban junto al fuego—, ellos no tenían ni idea. No sabían para nada cómo era la cosa. No sabían qué hacer con su pipí, pero querían a toda costa no quedarse atrás. —Juana se rió un poquito—. Cuando todo pasó, me pusieron un nombre nuevo. Pulga la llamaron, porque era tan chiquita y tan ligera.
Después de la iniciación lograda en el grupo hicieron una fiesta: a los gamines les encantaban las fiestas. Cualquier motivo les venía bien. Con los papeles y los cartones sobre los que habían dormido prendieron una candela, bailaron alrededor, tomaron aguardiente y cerveza, inhalaron pegante y fumaron marihuana.
Poco después, Maroquín había 'adoptado' a Pulga. La había convertido en su novia. Él era fuerte y le iba bien. Ella, la amante, le redondeaba el prestigio dentro del grupo. Que a veces le pegara y que ella tuviera que servirle en todo no la molestaba gran cosa. «Entre nosotros», le dijo Juana a Pepe, «aquello era como un matrimonio de verdad.» Ella estaba 'protegida', nadie podía volver a tocarla. Eso valía tanto para los menores como para los adultos, por ejemplo para los policías que andaban detrás de las muchachas de la calle para agarrarlas, robarlas y violarlas. Los uniformados perseguían sobre todo a aquellas muchachas de doce, catorce y quince años que se ganaban la plata en la prostitución. Con cualquier pretexto las detenían, las metían a empujones en sus carros, abusaban de ellas y encima les quitaban lo que habían ganado. De esos peligros estaba ahora Pulga a salvo. Nunca más un policía le pondría la mano encima. Si lo hacía, Maroquín y sus amigos lo matarían.
Muy distinto sería si Pulga misma aceptaba una relación. Como todos los niños de la calle, también los muchachos y las muchachas de la banda «La Soledad» eran partidarios del 'amor libre'. Al comienzo a Pepe no le había resultado fácil entender la manera en que ellos empezaban o terminaban una relación. Se querían sin reservas, con entrega y sin miramientos. Cada vez era algo nuevo para ellos, único y sin límites. Así se regalaban cercanía, calor y esperanza. La dicha del amor la preferían a la dicha de las drogas, aunque casi siempre lo uno iba de la mano de lo otro.
—Entonces —repitió Juana—, ¿cómo voy a saber quién es el papá del niño?
Pepe se quedó callado. Más tarde, cuando estaban sentados junto al fuego, preguntó preocupado: «¿Cómo te imaginas eso: vivir en la calle con un hijo?»
Silencio. Juana solo contestó al cabo de un rato. «Traer un hijo al mundo... no puedo responder por eso», dijo. «Hoy no sé cómo voy a sacarlo adelante mañana.» Juana echó un pedazo de leña a la candela. «Con la friega de todos los días ya tengo bastante. Siempre detrás de algo que llevarse a la boca. Siempre este miedo de que lo maten a uno. Siempre durmiendo a la intemperie con esta lluvia, con este frío. Eso ya es demasiado para mí sola, y mucho más para un hijo.» Se apartó un poco de Pepe. «Dime, ¿qué le podemos ofrecer a un hijo? ¡Nada! Un bebé en la calle no tiene ninguna oportunidad. Desde el principio está casi muerto.»
Se había hecho el silencio. Los otros se habían sentado junto a Juana y Pepe al lado de la candela. Nadie decía una palabra. De lejos llegaban los ruidos de la ciudad, apagándose poco a poco. Todavía se oían unos carros pitando, el traqueteo de una carreta, de vez en cuando el chillido de los frenos de un bus. Pepe hundió la cara en la cobija.
La ciudad de los niños de la calle
Pocos días después, Pinocho dijo: «¡Oigan! Hoy me pasó una cosa rara. Un padre me habló en la calle. “Ven conmigo”, me dijo. “¿Adónde?”, quise saber. “Estamos construyendo una ciudad nueva”, contestó. “¿Una ciudad?” “Sí, la ciudad de los niños de la calle y de los pobres.” “¿Qué? ¿Una ciudad para pobres?” Lo dejé ahí parado y me volé. Imagínense: quiere construir una ciudad, el “mundo nuevo de los niños de la calle”. Recoge a los gamines de las calles y se los lleva a la selva, donde los micos, las culebras y los zancudos. ¡Ese man está loco!»
—¿Un «mundo nuevo»? —preguntaron Nacho y Pacho. Y Pihi solo murmuró—: ¡Bobadas!
Así, la idea del padre sobre la nueva ciudad de los niños de la calle chocó al principio con la desconfianza y el rechazo de la banda de Pepe. Pero en secreto ese pensamiento se les quedó clavado en la cabeza.
Cuando nadie los oía, Pepe y Juana hablaban en voz baja: «¿Cómo va a ser posible construir una ciudad en plena selva?»
«¿Cómo se puede vivir allá?»
«¿De dónde va a sacar las casas, la comida y la ropa?»
Unos días más tarde, Pepe y Juana pasaron por El Cartucho. Por allí solía moverse el padre. Tenía fama de ser amigo de los niños de la calle y de las prostitutas.
—Es un santo de verdad —decía la gente.
—Las muchachas de la calle lo quieren, porque les habla con cariño y porque en Navidad las invita a una fiesta alegre.
—Y no solo eso. Abrió un 'salón de belleza'. Allá las muchachas se pueden lavar, peinar y arreglar. Y cuando aparecen bien bonitas, con los labios pintados y los rizos frescos, les pueden cobrar a sus clientes el doble o el triple por un servicio.
—Además les puso un puesto médico. Allá va un médico que les pone el dispositivo a las muchachas. Así quedan protegidas y no salen embarazadas.
Mientras la gente del Cartucho todavía hablaba, vieron al padre. Muchas personas se juntaron y cada una quería darle la mano.
—Padre Francisco —preguntó Pepe—, ¿es cierto lo que dice la gente de la nueva ciudad en la selva?
—Sí, es cierto. El que quiera puede venir. Usted también. Piénsenlo, ustedes mismos tienen que decidir —contestó el padre.
—Voy a tener un hijo —dijo Juana.
—Qué bueno —dijo el padre—, entonces ya sabe de qué se trata.
Las semanas siguientes se estiraron. Después, por fin, llegó el día. Se encontraron temprano en la mañana. Frente a la catedral, en la Plaza Bolívar, había tres camiones parqueados: uno lo cargaron con víveres, agua y gasolina; los otros dos, con muchachos. La mayoría eran hombres, también había mujeres, entre los dieciocho y los veintidós años, que llevaban años viviendo en la calle; además iban unos cuantos bien chiquitos. Fuera de Pepe y Juana se habían decidido a partir los chinos Pacho y Nacho, y también Brujita y la Gorda: en total unos cincuenta niños y jóvenes.
Primero los llevaron a un pequeño estadio. Bajo las duchas humeantes se calentaron y se quitaron con espuma espesa y suave la mugre de la calle de los últimos meses. La ropa de ellos voló a un montón. Pepe hundió la nariz en la tela clara y blanda de los pantalones nuevos y del saco nuevo; el olor era una promesa.
—Dos condiciones tienen que cumplir —dijo el padre—. Primera: ¡nada de violencia! Segunda: ¡nada de drogas! —Les prohibió fumar basuco y a cambio les repartió cigarrillos.
Después se acurrucaron callados en los platones de los camiones. Cayó la noche; la oscuridad los dejó solos. Pepe corrió un poco la carpa pesada. La ciudad ya quedaba atrás. Sus luces titilaban a lo lejos; después de una curva desaparecieron de su vista.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que llegó a esa ciudad con sus papás y con Eva María? ¿Cómo les habría ido entre tanto a los suyos? Como desde muy lejos aparecieron imágenes del recuerdo, y con las imágenes, sentimientos olvidados hacía mucho. Aquella vez, al llegar a la ciudad, la emoción le había sacudido el cuerpo como una fiebre; la primera mirada a las casas, a las calles y a la gente lo había estremecido. Ahora sentía cómo la inquietud le subía de nuevo por dentro: otra despedida. ¿Adónde los llevaría el camino?
En las curvas los motores rugían. Más y más arriba se atornillaban los carros dentro de las montañas. Un viento helado se colaba por las rendijas de las carpas. Se acostaron, sintieron las tablas duras bajo el cuerpo y se subieron las cobijas delgadas hasta los hombros; temblaban de frío. Les habían puesto un piso doble a los platones, así que podían acostarse 'en dos pisos', unos encima de otros, y estirarse siquiera de verdad; pero de dormir, ni hablar.
Que no los esperaba ninguna tierra de jauja ya lo intuían. La falta de droga empezó a atormentarlos. De la oscuridad brotaban llamitas de fósforos; chupaban con ansia el humo de los cigarrillos.
—El trabajo —les había dicho el padre— es la única terapia que les puedo ofrecer. Es una cura dura. Los va a sanar. Solo tienen que aguantar.
La lluvia empezó cuando cruzaron la cumbre de la cordillera a tres mil metros de altura. A la luz de los faros pasaron volando unas casas campesinas, viviendas pequeñas y bajitas. Allá vivían los campesinos de la montaña, los que se calaban hasta la frente sus ruanas y sus gorros tejidos y arreaban por delante sus caballitos. Después vino la bajada por curvas cerradas, hora tras hora, sin fin. La lluvia paró, el aire se fue poniendo más y más caliente y al final todos se quedaron dormidos.
De pronto, un chirrido de frenos que partía el alma, un golpe duro, y quedaron quietos. A Pepe, arrancado del sueño, lo aventó por los aires varios metros, se estrelló contra la reja delantera del platón y de ahí cayó al piso. Los otros rodaron enredados unos con otros. Pepe se palpó las costillas.
Gritos, quejidos por todas partes: —¡Ay, mi brazo!
—¡Mierda, mi ojo!
—¡Mi cabeza, marica!
—¡Estoy sangrando!
A través de las carpas vieron lo que había pasado: un derrumbe les había cortado el viaje de golpe. En época de lluvias las laderas empinadas de los Andes se llenaban de agua, se ponían más y más pesadas, y entonces se desprendían masas de tierra que bajaban por la ladera, a veces del largo de todo un maizal; tapaban las carreteras y no era raro que enterraran carros y buses. Pero dentro de la desgracia tuvieron suerte: los camiones habían alcanzado a frenar antes de las montañas de barro que atravesaban la vía. Se bajaron de un salto, echaron madre, se mostraron unos a otros sus magulladuras y parpadearon frente al día nuevo.
De una de las cabinas se bajó el padre. Se estiró y bostezó. Lo rodearon; cada uno quería tocarle la mano.
—Buenos días, padrito.
Tendría unos sesenta y cinco años. El esfuerzo de la noche no se le notaba. Se quitó la cachucha negra y le sacudió el polvo contra la rodilla. Después rebuscó una papaya debajo del asiento, la peló, cortó la fruta en pedacitos y la repartió entre los muchachos y las muchachas.
—Padre Francisco —dijo uno—, este obstáculo nos puede costar horas, tal vez hasta días.
—¿Y qué, Pitufa? —dijo él—. No tenemos afán. Un viaje así necesita su tiempo. ¡Tengan paciencia! Si vamos muy rápido, a lo mejor de tanta prisa tropezamos y no podemos seguirle el paso.
—¿Cómo así 'seguirle el paso', padre? Si nosotros ni siquiera caminamos, nos llevan.
—Tiene razón, ¡Pitufa! Usted va sentado en el platón y se deja llevar: montaña adentro y después abajo, a los Llanos. No tiene que preocuparse por nada, al menos en apariencia. —El padre sacó una pipa del bolsillo y empezó a cargarla—. Tiene razón, y no tiene razón. Porque usted no va de viaje solo por fuera. En realidad está haciendo también un 'viaje interior'. Y eso quiere decir que por dentro le tiene que seguir el paso al viaje de afuera. Ha tenido que despedirse, tiene que orientarse de nuevo, tiene que cambiar. Esa es una tarea difícil, es agotadora y necesita tiempo, mucho tiempo.
Los muchachos y las muchachas miraron al padre, pensativos. Él prendió el tabaco y dijo: —El derrumbe no nos cae nada mal. Quién sabe, ¿tal vez lo mandó el cielo? En todo caso nos regala una pausa, un poquito de tiempo de más.
Entre tanto se había formado una fila de carros: camiones, camperos y buses pesados. La gente se bajaba y miraba las masas de tierra y de piedra desprendidas. Unos refunfuñaban con rabia; otros se tendían al borde de la carretera y se dormían. Algunos hombres se sentaron juntos, prendieron una candelita y asaron algo de comer: maíz, plátano y papas. De algún lado apareció una mujer con una batea colgada del cuello; vendía panes de yuca, pedazos de queso blanco puestos sobre hojas verdes y miel en botellitas. Al cabo de tres o cuatro horas oyeron que se acercaba una máquina. El retumbo se fue haciendo más fuerte, y después una retroexcavadora se abrió camino por entre los carros. Desde muy cerca observaron cómo la máquina pesada empujaba las masas de barro y las tumbaba ladera abajo.
Cuando alcanzaron el pie de la cordillera andina, la vista se abrió sobre los Llanos Orientales infinitos. Allá abajo estaban las casas de Villavicencio como cubitos de madera, y bien adentro en la llanura el río Meta arrastraba las aguas que había recogido en la montaña. Los pueblos por los que pasaron después estaban hechos de casitas bajas y cuadradas, alineadas a lo largo de la calle principal y de las pocas y cortas calles transversales. En las plazas del centro, sembradas de árboles altos y arbustos, se juntaba la gente y con sus carros, sus caballos y sus puestos de venta atascaba el tráfico de paso.
En mitad de uno de esos pueblos paró la caravana. Los muchachos recogieron papeles y pedazos de madera tirados por ahí y prendieron una candela. Sobre las brasas pusieron una olla grande con sopa, en la que nadaban pedazos de carne y habas. Después calentaron una segunda olla con arroz blanco y gallina. Las patas largas y amarillas del ave sobresalían por el borde. En un momento se acabó todo; las ollas y los platos quedaron tan lamidos y limpios como si los hubieran enjuagado con agua. Solo Pepe dejó un resto de arroz; con él llenó una bolsa plástica vacía. —Quién sabe —le dijo a Juana— cuándo vuelva a haber algo de comer.
¿Habría presentido lo que se venía? Empezó a llover y la lluvia ablandó los caminos de arena y de cascajo. Hora tras hora viajaron, siempre hacia el oriente. En época de lluvias eran pocos los camiones que llegaban hasta allá. A veces pasaba por ese camino un bus que se enroscaba por la sabana hasta Venezuela. Los carros pesados cavaban surcos hondos en la arena blanda, y la lluvia los llenaba. Los choferes le sacaban el cuerpo a esos surcos, porque nunca sabían qué tan hondos eran en realidad.
—Si se mete, se hunde en huecos que le llegan a la rodilla; si los esquiva, se entierra en tierra ablandada.
Llovía y llovía; el agua cubría la tierra. El camino, un poco más alto, se extendía como un curso de agua sin fin, orillado por franjas de juncos, por aquel paisaje de agua. A lado y lado de las ruedas el agua saltaba y hacía espuma bien alto. Después de horas el cielo se despejó. El sol dejó libre el horizonte y la mirada siguió la huella plateada que, en un arco suave, partía en dos la superficie verde de los potreros y de los baldíos. Entonces la tierra se levantó en una loma suave. Hicieron un alto: la tierra les parecía un disco enorme y redondo. El verde plano lo interrumpían aquí y allá pequeños bosques de galería que sobresalían por encima del horizonte. Los grillos chirriaban agudo y encima de ellos colgaba un sol que no hacía sombra.
Al comienzo siguieron las filas interminables de estacones que los campesinos de los Llanos habían clavado en la tierra. Esos estacones no eran más que para sostener las cercas de los potreros. Pero por la humedad del aire habían retoñado y con el tiempo se habían convertido en árboles de verdad. Las vacas que pastaban detrás de las cercas levantaban a veces del suelo sus cabezas pesadas. Cuando les llegaba el ruido de los motores y el canto de los muchachos y las muchachas, que una y otra vez se volvía griterío, se daban la vuelta y se quedaban mirándolos como asombradas.
Al segundo día desaparecieron las casas, la gente y también los potreros cercados. Pero el paisaje verde y levemente ondulado no cambiaba. Echaron hacia atrás las carpas de los camiones.
Pacho iba recostado de barriga contra la cabina, el pelo le ondeaba al viento. —¡Oigan, miren! —gritó de pronto, y golpeó el techo de la cabina—: ¡Pare!
Se bajaron de un salto. —¡Un armadillo!
Uno lo agarró y lo puso de espaldas. Las paticas pataleaban.
—¡Déjenlo ir! —dijo Brujita.
—¡Qué va! —gritó el chofer. Se agachó y le amarró las patas al animal—. Esta noche lo cocinamos: una sopita fina, ¡mmh! —Tiró el animal detrás del asiento—. ¿Ustedes saben —preguntó— que con su caparazón se hace un instrumento de música, el charango?
Al tercer día volvió la lluvia, más fuerte que nunca. Los choferes iban 'a la buena de Dios' por aquella agua siniestra. Cuando las llantas giraban en el barro, se ponían nerviosos. Con la menor aceleración posible trataban de salir otra vez. Pero a veces no servía de nada toda la pericia: se quedaban clavados. En el barro blando los camiones se hundían hasta los ejes.
—¡Todo el mundo abajo!
Ahora había llegado la hora de los gamines. Saltaban de los platones, chapaleaban por el agua y empujaban con todas sus fuerzas.
—¡Dele pues! ¡Impulso!
En medio del montón de muchachos, el padre: su camisa blanca se había ensuciado, los pantalones claros estaban salpicados de manchas color tierra de arriba abajo. Sus pies estaban metidos en barro y agua más arriba de los tobillos.
—¡Uno, dos, tres!
Pepe fue el primero que cayó al suelo, después un segundo, un tercero. Los ojos les reían en las caras embarradas; se salpicaban y se tiraban tierra mojada unos a otros.
—¡No hay nada que hacer!
El padre le hizo señas al segundo carro, que se había quedado parado a unos cientos de metros; con cuidado se fue acercando. Entonces tendieron un cable largo.
—¡Otra vez, impulso!
Los motores rugieron. —¡Se está moviendo! ¡Dele, siga! —Un hurra muy fuerte—. ¡Lo logramos!
Cuando la lluvia paraba un rato, el calor se ponía sofocante. Del terreno inundado subía un bochorno húmedo. En un momento el camino volvía a estar seco. Entonces se levantaban nubes de polvo que se quedaban largo rato detrás de ellos. La arena crujía entre los dientes.
Pepe iba sentado al lado de Pitufa. —¿Qué sabes del Orinoco? —le preguntó.
—No mucho. Las casas donde vamos a vivir quedan entre el río y la selva.
—Dicen que vamos a pescar...
—... y a trabajar en el campo.
—Nos vamos a mantener nosotros mismos.
—¿Seremos capaces?
Hacía rato que los choferes ya no se podían orientar con mapas. A veces paraban, se bajaban y se ponían a deliberar.
—Yo me acuerdo bien de esta loma. ¿Pero la vez pasada cogimos a la izquierda o a la derecha?
El trazado del camino por la sabana cambiaba de un año a otro. A veces corrían dos, tres o más huellas de carro paralelas en un ancho de varios cientos de metros, y después, de pronto, se separaban en direcciones distintas.
—Cojamos la mejor huella, esa debe ser la más nueva.
De pronto uno de los camiones se quedó atrás. Los muchachos golpearon el techo de la cabina. —¿Qué pasó? —El carro se había quedado sin gasolina. Retrocedieron, sacaron una manguera para bombear combustible del tanque lleno al vacío.
—¿Seremos capaces de acostumbrarnos a la vida nueva? —preguntó Pepe.
—No sé —dijo Pitufa.
—Tenemos que lograrlo sin el padre. Él se devuelve y nosotros nos quedamos.
Miraron hacia donde él estaba: el padre iba y venía, pensativo; de pronto se agachó. —¡Vengan acá!
Un camino de hormigas cruzaba la vía. Los animalitos llevaban pedacitos recortados de las hojas de los arbustos.
—Amigos —gritó el padre—, ¡miren estas hormigas! Cuerpos pequeños, paticas minúsculas. Se ven débiles, ¿cierto? —Cogió entonces una de las hormigas entre el pulgar y el índice—. Su pocillo, ¿me lo presta? —Tomó el recipiente y lo puso en contacto con la hormiga: el animal sostuvo el pocillo.
—¿No es asombroso? —preguntó el padre a los que estaban alrededor—. ¡Qué pequeño el animalito, qué grande el pocillo! Y sin embargo lo carga. Cada hormiga levanta muchas veces el peso de su cuerpo. ¡Un milagro! —Se levantó del suelo y dijo—: Hay muchos milagros más en el mundo. Ustedes también son un milagro. Ustedes tienen una fuerza inmensa. Nadie se las cree. Pero ustedes van a sorprender a la gente. Ustedes mismos se van a sorprender de ustedes.
Al cuarto día llovió desde temprano en la mañana, hora tras hora. Los choferes estaban preocupados. —A la larga los carros no van a aguantar tanto maltrato.
La visibilidad era mala y a primera hora de la tarde uno de los camiones desapareció de repente. Rastrearon el horizonte, esperaron una hora, otra hora, en vano. Entonces dieron la vuelta y se devolvieron. Por fin el sol abrió un hueco azul entre las nubes. Encontraron el carro averiado: se le había dañado el motor. Los hombres estaban tirados en el suelo, atornillando y martillando. Pasó mucho tiempo antes de que arreglaran el daño. Los gamines se apretujaban en la sombra corta que hacían los camiones.
Al quinto día otro de los carros volvió a quedarse clavado en el barro. Al tratar de sacarlo, también el segundo se atascó; el chofer hizo rugir el motor, y de pronto se bajó de un salto y gritó: —¡El embrague, se fregó!
Ahora sí que no había manera de avanzar. Esfuerzos inútiles por arreglar la cosa. Los hombres hicieron un gesto de impotencia. Con el sol de la tarde salieron de los pantanos miríadas de zancudos. Los gamines fueron para ellos una presa bienvenida. Hacía un calor sofocante. La comida disponible era cada vez menos, el agua para beber se había acabado. El padre cogió los últimos mangos que quedaban y los cortó en pedacitos.
—Ahora vamos a repetir la 'multiplicación de los panes para los cinco mil' —dijo, y se rió—. Qué va, si no somos cinco mil, ni siquiera quinientos, sino apenas cincuenta: con un milagro bien chiquito ya quedaríamos contentos.
Despacio y con calma masticaron los pedacitos ácidos de fruta. Todos estaban un poco desconcertados. ¿Significaba esto el final del viaje, el final de sus esperanzas? ¿Habían fracasado antes de que la aventura del nuevo comienzo hubiera empezado siquiera de verdad?
Entonces uno de los choferes reunió a las muchachas y a los muchachos. —Oigan —dijo—, la cosa está seria, ustedes mismos lo ven. Tienen sed y hambre, no queda nada de comer ni nada de beber. El embrague se fregó, aquí no se mueve nada. No sé si mañana logremos poner a andar este carro. —El hombre miró a su alrededor—. Tal vez ahora estén pensando: 'Con esto se acabó todo'. ¡No es así! Les quiero decir una cosa: el padre está aquí. Él los recogió de la calle. Ustedes están bendecidos.
Entonces los muchachos y las muchachas se dispersaron. Algunos se acostaron en los platones, otros buscaron un lugar seco en la tierra. Se hizo la calma. El calor cedió un poco; la oscuridad estaba llena del chirrido de los grillos. De vez en cuando oían el grito quejumbroso de algún animal de la noche.
A Pepe lo despertó el primer rayo de sol del día nuevo. Pronto volvió a haber movimiento y las carcajadas se oían lejos, sabana adentro. Su 'baño de la mañana' lo tomaron en el caldo café que se había juntado en los surcos del camino.
—El camión —dijeron los choferes— no lo podemos arreglar aquí mismo.
—Lo dejamos aquí —decidió el padre.
Tardaron horas en desatascar el carro que estaba bueno, y otra hora más en trasbordar la carga junto con el combustible. Entonces el padre se acomodó en el platón.
—Padre Francisco —dijo Nacho—, ¿por qué tenemos que viajar tanto? ¿Para qué todo este sudor, la sed, la falta de comida? ¿Por qué queda tan lejos nuestro destino?
—Sí, la distancia es molesta —contestó el interrogado—. Pero también eso tiene su sentido. Cada kilómetro que nos aleja de la ciudad es bueno para ustedes. La distancia ayuda contra las tentaciones de la ciudad, contra la seducción de los traficantes. Ellos nos seguirían el rastro y los perseguirían a ustedes. Les dañamos el cálculo poniendo muchos cientos de kilómetros entre ellos y nosotros.
Después de un día más llegaron a un río, el río Tomó. En alguna parte, decían, encontrarían un puerto.
¿Un puerto?, pensó Pepe. Seguro que allá hay un caserío, casas, gente, cantinas. Por fin vamos a tener algo de beber y de comer y vamos a encontrarnos con otra gente.
Al llegar se decepcionaron: el 'puerto' no era más que una barranca inclinada donde se podían cargar y descargar las embarcaciones. De casas, ni rastro. Dos botes estaban listos, canoas largas, una pesada y oxidada. Esa recibió la carga, y en la más liviana se subieron los gamines. Cuando terminaron de rodar los tambores de gasolina por unas tablas largas, los taparon con cuidado con cobijas viejas.
—Los tenemos que esconder de la guerrilla que opera por aquí —le dijo el que manejaba la canoa al padre—, si no, nos exigen la mitad como tributo por dejarnos pasar siquiera.
Antes de que se subieran al bote empezó a llover otra vez. Debajo de los camiones y de las carpas esperaron a que pasara el aguacero. Después cocinaron una sopa en fogón de leña y asaron las últimas reservas de carne seca cortada en tiras.
El río se arrastraba perezoso por un paisaje de una belleza que abrumaba. Hasta el agua misma bajaban bejucos largos con flores blancas. Encima crecía un matorral tupido, socavado por el río, y hasta el cielo se estiraba la selva alta, de la que a veces llegaba el chillido de los micos. Todo era verde: verde oscuro y verde azuloso, verde grisáceo y verde amarilloso. De vez en cuando alzaban el vuelo aves de agua de colores, con un batir fuerte de alas, y después planeaban tranquilas. De repente, muy lejos delante de ellos, una pared de nubes negras cruzó el río, relampagueó, y luego se tendió un arcoíris de una orilla a la otra.
El viaje en la canoa duró un día y una noche. Tuvieron que dormir sentados, porque había poco espacio en el bote. Después llegaron a la desembocadura del río Tomó. Allí entraron a una corriente todavía más grande, el Orinoco.
El agua cambió de color, pasó de gris a café. El aguacero había hecho crecer el río. El agua corría veloz, formaba remolinos y torbellinos bravos. Arrastraba muchas ramas y tapetes enteros de plantas arrancadas. El que manejaba el bote iba alerta y esquivaba lo que bajaba en la corriente.
El sol bajaba a sus espaldas y apenas estaba más alto que las copas de los árboles cuando de pronto hubo un golpe terrible: el bote había chocado con un árbol pesado que iba a la deriva debajo de la superficie. Pepe se sintió levantado por una fuerza sobrehumana y lanzado contra la borda. El bote se inclinó hacia el lado izquierdo, el motor rugió. —¡Todos a la derecha! —gritó el motorista.
Y ahí, otro grito: —¡Mi hermano! —Nacho se paró de un salto—. ¡Miren, allá!
A Pacho lo había sacado el golpe por los aires; se iba con la corriente y manoteaba con fuerza.
—¡Pero si no sabe nadar!
—¡Dé la vuelta ya! ¡Devuélvase! —gritó el padre.
El motorista bajó el motor.
El chino se va a ahogar antes de que el bote dé la vuelta, pensó Pepe. Tampoco él nadaba bien. ¡Ahora o nunca! Se zafó los zapatos, se paró en la borda, un salto, y estaba en el agua.
Gritos fuertes, señas con los brazos: —¡Para acá, chino! ¡Aguanta!
Cuando Pepe llegó donde él, ya sentía el agotamiento. —¡No te agarres! —le gritó. Pero el pequeño se le prendió con uñas y dientes; amenazaba con hundir a Pepe—. Déjate sostener —resopló Pepe—, si no nos ahogamos los dos.
Una eternidad hasta que el bote se acercó. Muchos brazos los agarraron y los subieron a bordo. Pepe se quedó tirado en el piso, como muerto, escupiendo agua. Juana se inclinó sobre él y le extendió encima una camisa. Nacho se arrodilló al lado de su hermano y lloró de la dicha.
Cayó la noche. Cuando amaneció el día siguiente, tenían los miembros tiesos y sin vida. Esperaban con impaciencia. Pero las horas pasaban espesas. Y de pronto uno gritó: —¡Miren, allá! ¡La choza, y ahí, un embarcadero!
Al acercarse vieron un grupo de muchachos que hacían señas. Los habitantes del caserío, antiguos gamines como los recién llegados, habían bajado hasta la orilla. Habían preparado un tractor y en la mitad del remolque habían amarrado una silla. Ahí debía sentarse el padre.
A escondidas se miraban unos a otros. Ahí estaban los más pequeños; para ellos había allí una escuela propia. Los mayores recibían una formación agropecuaria, y los más grandes trabajaban la tierra como campesinos. De bienvenida, a cada uno le dieron una manzana; después se subieron al remolque y se apretaron lo más que pudieron. En medio de ellos iba entronizado el padre. Algunos corrían al lado del carro. Subieron por un camino ancho de arena. Pepe dejó correr la mirada sobre los campos y los extensos cultivos de arbolitos frutales. Estaban florecidos y pronto iban a dar fruto.
Contra el cielo rojizo se dibujaban a lo lejos los contornos de unos peñascos escarpados. Pasaron junto a chozas con techo de paja. Una mujer joven levantó la vista del fogón y saludó con la mano. Unos marranos jugaban en el patio de arena barrida frente a la casa. A cierta distancia, un muchacho estaba parado junto a un pozo, sacando agua.
—¡Bienvenidos! —gritó desde allá.
Detrás de las chozas, y hasta las lomas lejanas, se abría una llanura ancha, cubierta de pasto áspero.
—Aquí —dijo el padre— vamos a construir la 'ciudad del futuro'. Esta ciudad va a ser de ustedes. Aquí van a vivir y a trabajar en libertad. Van a formar familias y van a tomar su destino en sus propias manos. Aquí se van a levantar mil casas; mañana empezamos con el trabajo.
En ese momento pasaron por debajo de un arco en el que estaba escrito: «¡Bienvenido a la ciudad de los niños de la calle!».
Epílogo
Desde la llegada de Pepe, Juanita y los demás a su destino —el caserío de la selva junto al río, que algún día debe convertirse en una ciudad de verdad para los niños de la calle— ya ha pasado un tiempo. ¿Qué ha ocurrido entre tanto? ¿Qué fue de Pepe y de Juanita? ¿Cómo está su hijo? ¿Pudieron construir una casa, como era su deseo? ¿Qué planes de futuro están haciendo ahora?
Estas preguntas, francamente, no las puedo responder. No lo sé. Lo que sí puedo contar es lo siguiente: la ciudad de los niños de la calle existe, y se hace más y más grande. Cada vez más niños y jóvenes de la calle —sobre todo de Bogotá y de otras grandes ciudades de Colombia— se lanzan a esta aventura; quieren empezar allá una vida nueva. Sin embargo, no todos lo logran; algunos no aguantan. Para ellos el atractivo de la calle es demasiado poderoso. La ciudad los llama, quieren volver, y a su libertad no se oponen ni muros ni alambre de púas.
En Colombia hay muchas iniciativas y programas para los niños de la calle. También ocurre así en otros países. A niños de la calle repudiados, sin padres, golpeados y maltratados uno puede encontrarlos no solo en Suramérica, sino en todas las regiones del Tercer Mundo, sobre todo en África, la India, Indonesia y los países que alguna vez pertenecieron a la Unión Soviética. Desde hace poco también se encuentran niños y jóvenes sin techo entre nosotros: andan por las plazas públicas, en las estaciones de tren y en los parques, en las afueras y en las casas en ruinas de las grandes ciudades. El problema de los niños de la calle se ha convertido hace rato en un problema mundial. Si nada engaña, estamos ante una nueva era de los niños de la calle.
Hay, pues, muchos Pepes y muchas Juanitas en el mundo. A algunos de ellos los conocí personalmente en Colombia. Desde hace años viajo allá, y algunas veces he llevado conmigo a jóvenes de Alemania, estudiantes que quieren llegar a ser maestras y maestros. Los había invitado para que se encontraran con los niños de la calle de Suramérica y pudieran después contarles de ellos a sus alumnos. Durante esas estadías, en las que trabajamos en los barrios pobres de la capital colombiana, de donde vienen la mayoría de los niños de la calle, se escribió este libro.
Por lo demás, en esas mismas ocasiones surgieron también dos videos. Uno se llama “Du musst nicht in den Himmel fliegen. Kinder der Straße in Südamerika” (No tienes que volar al cielo. Niños de la calle en Suramérica). En él hablan jóvenes que cuentan su vida en la calle, sus intentos por sobrevivir, la violencia de todos los días, la criminalidad, las drogas.
El otro video se llama “Cantaré, cantarás. Mit Straßenkindern unterwegs in Kolumbien” (Cantaré, cantarás. De camino con niños de la calle en Colombia). Cuenta —en eso se parece a este libro— la historia de una «república de los niños» en la que antiguos niños de la calle han tomado su destino en sus propias manos. Allá van a la escuela y reciben formación agropecuaria, para que puedan también manejar su futuro por su cuenta. Esta película cuenta cómo cincuenta niños parten de la capital y son llevados hasta allá en camiones, a lo largo de más de mil kilómetros, por la sabana y la selva. El viaje entre el calor, el barro y las inundaciones se convierte en una sola aventura. Y en él, unas pequeñas bestias embotadas, agresivas y atontadas por la droga se van volviendo niños amables, serviciales, fuertes y creativos.
Los dos videos los puede conseguir quien quiera saber, ver y oír más sobre los niños de la calle, en la Landesbildstelle Baden, Rastatter Straße 25, 76199 Karlsruhe (teléfono: 0721/88 08 15).
También en Alemania hay numerosas iniciativas e instituciones que se ocupan de la problemática de los niños de la calle en todo el mundo y también en Suramérica. Quien quiera, puede informarse allí con más detalle.
Glosario
- Acción comunal
- Forma de organización con la que los habitantes, sobre todo de los barrios pobres, resuelven por sí mismos sus asuntos
- aguardiente
- Licor de caña de azúcar
- barrio
- Sector de una ciudad
- basuco
- Pasta base de cocaína, droga barata y muy adictiva
- bodega
- Cantina; también depósito
- centavo
- Fracción de peso sin valor alguno
- chino
- Apelativo cariñoso, como «pequeño»; en Bogotá también niño de la calle
- compadre
- Amigo, padrino de un hijo
- compañero
- Amigo, camarada
- cordilleras
- Las cadenas montañosas de los Andes; en Colombia son tres
- cédula
- Documento de identidad
- desechables
- «Lo que se tira»: término con que se designa a personas supuestamente inútiles y sin valor
- estilo ejecutivo
- Fino, caro, de lujo
- finca
- Predio rural, hacienda pequeña
- frutería
- Local donde se comen ensaladas de fruta y se toman jugos
- gamín, gamines
- Nombre colombiano de los niños de la calle
- gerente
- Administrador o dueño de una empresa
- gringo
- Norteamericano, extranjero
- guerrilla, guerrilleros
- Grupos armados que se entienden a sí mismos como combatientes por la libertad
- indio
- Nombre dado a los habitantes originarios de América Latina
- junta directiva
- Cuerpo que dirige una organización
- Loma del Progreso
- Nombre de un barrio de invasión: «la loma del progreso»
- machete
- Cuchillo largo, herramienta de trabajo
- masato
- Bebida fermentada, ligeramente alcohólica
- muchacha
- Niña, joven; también empleada del servicio doméstico
- padrino
- Padrino de bautismo; protector
- patio
- Patio interior de una casa
- patrón
- Jefe, empleador
- tierra caliente
- Regiones de clima tropical, hasta unos 1.000 metros sobre el nivel del mar; Bogotá está en «tierra fría»
- totuma
- Cáscara seca del fruto del totumo; sirve de vasija para beber y de maraca en el culto y en la música
- violencia
- En Colombia: la guerra civil y, en general, la violencia armada
- yuca
- Raíz comestible, parecida a la mandioca
Sobre esta edición
Hartwig Weber
Punto de encuentro: Plaza Bolívar
Edición original alemana: Treffpunkt Plaza Bolivar, KeRLE en la editorial Herder, Friburgo · Viena · Basilea 1997. ISBN 3-451-70216-9. Ilustración de cubierta y viñetas: Christian Kühnel.
Esta edición web reproduce el texto completo del libro. La traducción al español se hizo para el archivo de Patio 13 y sigue el original alemán párrafo por párrafo.
El libro cuenta la historia de Pepe y Juana, dos niños de la calle de Bogotá. Nació del trabajo del proyecto Patio 13 con niños de la calle en Colombia.
patio13.com · Archivo 2002–2012